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Opinión

Dominio: una nueva historia del cristianismo. Tom Holland. Ático de los Libros.

A Tom Holland le hemos apreciado por sus trabajos sobre los primeros tiempos de la gloria romana (Rubicón y Dinastía) o el premiado Fuego persa. Miembro destacado de la pléyade de historiadores británicos, logró merecido reconocimiento asimismo por Milenio, aclamado estudio de la civilización occidental al llegar al año 1000, en que el imaginario popular esperaba el fin del mundo, y en el que muestra cómo falla el pronóstico y el cambio de siglo alumbra el comienzo de la identidad y prosperidad de Europa, a pesar de la pretendida desventaja sobrevenida ante el repunte de florecientes imperios como el islámico o el  bizantino. Dominio, una nueva historia del cristianismo nos viene a mostrar el camino del cristianismo en la historia del universo. Estudia profundamente cómo se constituye como un motivo que adorna el devenir de la historia desde su nacimiento hasta nuestros días. Se convierte en un nexo de unión a través de los avatares de sus veintiún siglos de existencia, impregnando las culturas occidentales a veces de forma inconsciente, a veces expresamente y a veces a la contra. La pregunta que el  autor se plantea en las páginas de este interesante estudio es por qué el mensaje de esta religión cala profundamente en nuestra cultura, especialmente en los más humildes, que terminan por ser los pioneros entre sus muchos fieles. Tal vez sea al comprobar que todo un Dios “se convirtiera de repente, desprovisto de poder, en un ser humano más, uno de los débiles, para luego elevarse de nuevo en todo su poder. Esto demostró a la gente sencilla que ellos también podían lograr un propósito elevado”. Son palabras del autor.  El libro nos lleva desde la antigüedad (guerras entre persas y griegos) hasta los campos de refugiados en Europa en la época actual con la acogida efectuada en la Alemania de Merkel. Repasa la influencia más o menos reconocida en nuestras costumbres, nuestra filosofía e incluso nuestro lenguaje, impregnado de términos acuñados por el cristianismo a lo largo de los siglos. Al caer el imperio romano, es la religión la que da sentido al conjunto de los pueblos que han quedado abandonados a su suerte. Triunfa sobre otras formas de pensamiento y vertebra la sociedad que nace por entonces y cimenta sus estructuras sociales. De alguna forma, somos herederos de aquella cultura creada a partir de la derrota del imperio que, a su vez, había sido estructurado por el cristianismo. Para el autor esto no es el responsable de la caída del imperio, puesto que contribuyó a su conformación y mantuvo su legado una vez desaparecido. ¿Y el futuro? Podría pensarse que la vieja religión está dando sus últimas bocanadas y va camino de su desaparición, pero el autor cree que estamos ante un error de apreciación, por cuanto este descenso en la feligresía puede ser contemplado en Europa o el mundo occidental, pero no en otros lugares, como dan fe el número de adeptos que van ganando en continentes distintos, como África o incluso Asia, sin dejar de mencionar el auge de las creencias evangélicas en América del Sur o Central.

Flanagan