El verano en Sigüenza

Durante muchos años he pasado el verano (o parte) en Sigüenza, pero ahora, al estar instalado aquí de forma permanente, cuando llega julio y agosto escapo a sitios más tranquilos. No llevo bien el bullicio de tanto tráfico, ruido gratuito de todo tipo, colas, ritmo acelerado, etc. Creo que si hasta la fecha me llamaban “veraneante”, ahora soy “otoñante-invernante-primaverante”.

A lo largo de muchos años el verano seguntino fue para sus habitantes una inyección de gente de ciudad que atenuaba la excesiva tranquilidad del resto del año, aportaba ingresos económicos y trasformaba muchas costumbres, pero ahora observo bastante actividad en cualquier época, de manera que el verano puede resultar desmesurado incluso para los llamados veraneantes. Y me refiero al exceso de actividades que se intentan programar para el estío; cuando, por ejemplo, vi anunciados cinco eventos musicales para la tarde-noche del 2 de agosto me quedé sorprendido y, por supuesto, de haber estado aquí, no habría podido acudir a más de dos. Las fundaciones, asociaciones, ayuntamiento, etc, batallan por presentar sus propuestas con la idea de que al haber más gente es cuando se debe aprovechar; ¿se podría coordinar tanta actividad?

Con el paso del tiempo, verano tras verano, la música al aire libre ha ido cambiando del sonido natural (instrumentos y voz sin amplificar) a “sonidos tecnológicos” tratados por ordenador y elevados a un volumen como para que lo escuche toda la provincia sin necesidad de emitir por radio o televisión. Hemos saltado de una orquesta clásica de baile a un “show” trepidante donde lo importante es que la gente salte (no baile) y no hable (no se puede) ¿Quién es el guapo que aguanta en la pista de baile de la alameda más de 5 minutos cuando toca la orquesta o grupo de turno hoy día?

Cuando hablamos de decibelios o vatios de sonido (volumen de sonido), cabe preguntarse si existe alguna regulación en las ordenanzas municipales y, de ser así, cómo se aplica; porque, además, cualquier bar, quiosco, caseta, noria, cochecitos, etc, también creen necesario “ambientarnos” día y noche con la música o la televisión sin tener que pedir permiso a nadie y sin control de los decibelios. Si con ello consideran que “dan ambiente”, sería mejor inculcarles algo de “medio ambiente”. Luego nos extraña que los niños chillen y que hablemos a voces.

No veo fácil conjugar ese hermoso y florido mensaje de “ciudad de ecoturismo y tranquilidad” con el descontrol acústico y el salvajismo urbano actual. Ya va siendo hora de pensar calmadamente en estas cosas y tratar de mejorar la calidad del entorno de residentes y visitantes.

Antonio López Rojas

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