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Historia

La despoblación y la recuperación de los archivos municipales

En los manantiales cercanos a Horna nace el río Henares, cuyas aguas se enriquecen con la aportación de afluentes como el Dulce y el Salado. Los tres ríos enlazan paisaje y paisanaje tejiendo identidades propias, que se reflejan con acierto en crónicas y testimonios literarios, algunos ya centenarios. El río en su largo recorrido atraviesa villas y ciudades cuyo rancio sabor a historia lo convierten en hilo conductor de la cultura de estas tierras. En su primer tramo el joven río fluye vertebrando un valle, el Alto Henares, entreverado de pequeños núcleos dispersos, apenas poblados y con una modesta economía, dedicados a una agricultura extensiva de girasol y cereales, hasta llegar al Bajo Henares, donde el  desarrollo industrial ha favorecido el crecimiento urbano y el establecimiento de  una gran masa de población.

Fue durante la segunda mitad del siglo XX cuando el crecimiento industrial y los planes de desarrollo económico y social provocaron la salida masiva de mano de obra joven y femenina, desde las zonas rurales, hacia los nuevos focos de atracción de población en núcleos industrializados, que ofrecían mayores y mejores oportunidades. En numerosos municipios quedó sólo un escaso número de habitantes, ligados a las tareas agrícolas y ganaderas. El éxodo produjo el descenso, envejecimiento y masculinización de la población y el declive económico de unos municipios que, sin apenas recursos para poder hacer frente a los gastos que suponía la prestación de servicios administrativos, sanitarios, educativos y asistenciales, asistieron al cierre de la escuela, de la casa consistorial, del consultorio y a la suspensión de todo tipo de servicios. El tributo a la industrialización dejó sin efectivos suficientes para garantizar el relevo generacional, mientras empezaba a dibujarse un  triste panorama de abandono, vacío y olvido.

Pero la población que permanecía en aquellos núcleos rurales, tenía unas necesidades que no se podían desatender. Para hacer frente a su penuria, entre los años 1963 y 1970, se inició una reestructuración geográfico-administrativa en la provincia, apoyados en el texto publicado en dos decretos que proponían la creación de una capital administrativa comarcal, Sigüernza, a la que se incorporaban aquellos municipios cercanos, pequeños y poco poblados, que habían perdido su capacidad administrativa por falta de recursos económicos. La incorporación de municipios suponía la prestación de servicios comunes y la asimilación de todas las funciones administrativas, incluido el archivo municipal. Sin embargo, muy pocos se depositaron en Sigüenza. En la mayoría de los casos, los archivos no salieron de sus localidades de origen, donde permanecieron muchos años almacenados sin un tratamiento técnico adecuado, sin medidas de conservación y preservación frente a plagas, expuestos al riesgo de sufrir un deterioro y daños irreversibles.

Daños que también afectaron al propio archivo municipal de  Sigüenza. A finales del año 1997, un alto grado de humedad había provocado una infección de hongos y bacterias que afectaba a las paredes y, lo más grave, también a los documentos. El fuerte olor que desprendía hacía desagradable el acceso a aquel espacio insalubre y la infección ponía en serio peligro la estabilidad y conservación de los documentos. Fue mi primer encuentro con el Archivo Municipal. Decidí limpiar, eliminar hongos, secar, aplicar medidas correctoras del grado de humedad, sanear las instalaciones  y reinstalar la documentación en cajas nuevas. A continuación llevé a cabo la organización del fondo documental y un día, encontré documentación procedente de otros municipios, cuya razón de ser no comprendí, hasta que llegaron a mis manos los expedientes de incorporación de municipios, que me hablaban de una historia que se estaba perdiendo y era necesario recuperar.

Así empezó una tarea que aún no ha terminado, pero que nos ha dejado en el recuerdo episodios tan gratos como la visita a El Atance. Todo estaba a punto para embalsar las aguas del río Salado en un pantano sobre este municipio, cuando el Ayuntamiento de Sigüenza me encargó una visita de inspección para localizar el archivo municipal y  trasladarlo a Sigüenza. Llegué acompañada por los alumnos de la Escuela-taller, en la plaza nos esperaba Rufo, durante muchos años alcalde de un pueblo en el que apenas quedaban habitantes y muy pocas casas abiertas. En su mirada se había fijado la tristeza ante la pérdida del pueblo donde siempre había vivido. Con gran amabilidad nos acompañó al interior del edificio que durante casi un siglo había albergado el Ayuntamiento y las escuelas.

En la planta superior estaba depositado el archivo que no dudamos en recoger. Meses después las casas del pueblo desaparecieron bajo las aguas del pantano, pero su documentación histórica se salvó y hoy podemos conocer su historia desde mediados del siglo XIX.

Aquella experiencia nos animó a continuar la tarea de recuperación y traslado de los archivos locales que, sin embargo, no estuvo exenta de anécdotas, dificultades y alguna sorpresa inesperada. Los escasos vecinos que quedaban asistían con preocupación al vacío poblacional de los meses de invierno y a la falta de seguridad de los edificios locales. Mientras unos daban facilidades, otros manifestaban sus recelos y su intención de no desprenderse de  aquellos papeles y libros, pese a que se almacenaban sin ningún interés, con descuido y desorden, cubiertos de polvo y suciedad en los lugares más variopintos y abandonados: la  antigua casa consistorial, prácticamente cerrada, la desmantelada escuela, donde sólo quedaban algunos muebles, libros de la biblioteca escolar y los recuerdos de la infancia; el olvidado consultorio médico, donde ya apenas se prestaba atención médica y los documentos se apilaban al lado de viejas camillas y armarios de instrumental; el bar del centro social donde, junto a muebles con vitrina de cristal que guardaban libros y documentos, echaban la partida los pocos hombres que quedaban e incluso un almacén agrícola o el pilón de la matanza guardado en una cueva. Todos aquellos espacios se habían convertido, seguramente con la mejor intención y las modestas posibilidades que tenían, en improvisados depósitos de la historia local, que el paso del tiempo y el abandono se encargarían de ir marcando en ellos su huella. Condenados al abandono, al deterioro natural y al olvido, los archivos municipales de aquellos núcleos incorporados eran el último testimonio de un pasado que sólo la colaboración de todos podía ayudar a salvar.

Así sucedió en Alcuneza, Horna, Moratilla de Henares, Olmedillas y Villacorza, donde  finalmente, se permitió la recogida de la documentación que, en la mayoría de los casos, alcanzaba la última veintena del siglo XIX. Un caso diferente fue el archivo de Bujarrabal que  nos llegó en un arca de tres llaves, de apenas medio metro de longitud, que sólo se podía abrir con el consentimiento de las tres personas que custodiaban aquellas llaves. Conservaba en su interior la documentación histórica de la localidad. Hoy ha sido digitalizada con el fin de garantizar su preservación.

En el momento de su ingreso en el archivo central de Sigüenza, fue necesario someter la documentación a un proceso de limpieza, desinfección, desinsectación y estabilización del grado de humedad, aplicando el tratamiento adecuado que precisaba cada uno. Según su estado de conservación, se procedió a una simple limpieza y eliminación de insectos, o a restituir su nivel adecuado de humedad, mediante la realización de un proceso de aireado, limpieza y eliminación de hongos, intercalando papel secante entre aquellas hojas más húmedas, hasta lograr el secado. A continuación y con la colaboración de algunos planes de empleo, se realizó la selección, clasificación y descripción de los documentos guardándolos finalmente en cajas en el depósito del archivo. 

Transcurridos veinte años desde el incio de la tarea descrita, los archivos de los núcleos incorporados a Sigüenza gozan de buen estado de salud, están correctamente instalados, son objeto de consulta por sus habitantes y, una vez perdido su valor administrativo, jurídico y legal,  por su antigüedad, empiezan a formar parte del patrimonio documental histórico.

Amparo Donderis Guastavino
Archivera de Sigüenza

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