Azaña. Los que le llamábamos Don Manuel. Josefina Carabias. Seix Barral.

Josefina Carabias fue una periodista de prestigio en tiempos nada fáciles. Nacida en 1908 en Arenas de San Pedro, estudió a escondidas de sus padres, terminando su formación en Madrid, ciudad en la que estudió Derecho. Con 22 años comenzó su andadura en el periodismo en la revista Estampa, alcanzando pronto cierta notoriedad y afecto popular. Pasó la guerra en París, regresando a Madrid tras la finalización del conflicto, con su marido en la cárcel franquista. Se le prohibió escribir y se ganó la subsistencia haciéndolo con seudónimos hasta que consiguió revertir la situación en unos años. Fue corresponsal en Estados Unidos para varias publicaciones, y finalizó por tener una columna diaria en el desaparecido YA. Su estilo ameno y su fácil escritura acrecentaron la consideración pública de la que fue una de las primeras periodistas profesionales de España. Falleció en 1980, cuando aún se encontraban en la editorial las páginas de esta obra póstuma que hoy ofrecemos al lector. Ofrecemos y aconsejamos, por la visión especial que ofrece del que fue Presidente de la Segunda República y su estilo de gran reportaje periodístico que seduce desde el comienzo. Maticemos: hablo de visión especial por cuanto ofrece una versión inédita del personaje público fundamentada en el trato personal y reflejando aspectos desconocidos de su personalidad. Azaña fue, entre las figuras representativas de la República, el más denostado y vituperado durante los años del franquismo. Fue atacado en lo intelectual, en lo político pero, sobre todo, en lo personal, atribuyéndole vicios y máculas en su inmensa mayoría inventadas. El odio que se le profesó llegó al extremo de llevar al embajador de España en Francia una vez acabada la contienda, acompañado de falangistas y policías franceses al servicio de los nazis, pistola en mano, al hotel de Montauban donde agonizaba para secuestrarlo y llevarlo a España para ser ejecutado. Azaña no fue un hombre simpático y cordial, tal y como popularmente se considera la simpatía en los personajes públicos. Carabias, una joven de veintidós años y todavía sin comenzar su andadura periodística, le conoció cuando era presidente del Ateneo de Madrid y un político prácticamente desconocido (su nombre sí tenía recorrido en los ambientes intelectuales), líder de un partido político de escasa o nula influencia. Comenzó a tratarlo surgiendo entre ambos una mutua simpatía que favoreció la expresión por parte del político de unas cualidades poco conocidas y, desde luego, poco exhibidas por parte del personaje. Azaña, hombre arisco, irónico y cínico, demoledor con quien no le gustaba, se nos muestra cercano, amable, comunicador y, el colmo, sonriente y con un gran sentido del humor. Carabias muestra su estima por quien consideró como una referencia ideológica propia y ofrece al lector un acercamiento a la figura del trascendental personaje muy alejada de las versiones agresivas y denigrantes observadas durante años y que han terminado por generar una imagen interesada y, no cabe duda, distorsionada por un hombre que entró en política en la idea de modernizar a España, sacándola de su atraso secular y adecuándola a los tiempos que entonces corrían.

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