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La Rueca nos permite conocer, muchos años después, esta novela perdida en uno de los cajones del autor, Fidel Vela, nacido en Arcos de Jalón (Soria), allá por 1934, pero criado en Sigüenza, a donde llegó con su familia en 1936 y vivió hasta 1971, en que se trasladó a Alcalá de Henares. Autor de libres de viajes, novelas y relatos cortos, Vela se dio a conocer con sus obras Por tierras de Guadalajara y Soria, Cuentos del Henares o El túnel. Su estilo ha venido a catalogarse como perteneciente a la corriente del realismo literario. Los años en que transcurre la acción de la novela (escrita en los primeros años sesenta del siglo pasado), así como los de otros escritos del autor, pueden confirmar tal catalogación, si en ella consideramos encuadrarse la especialidad del realismo español de la postguerra. Vela entronca perfectamente con aquella generación que comenzó a expresar su idea del mundo y de la literatura a través de las vivencias personales en un entorno asfixiante, cerrado el horizonte para los jóvenes que querían abrirse paso en el mundo de la cultura y del conocimiento. Luis Martin Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Alfonso Grosso, Armando López Salinas, Carmen Laforet, las primeras obras de Delibes y Cela, por mencionar unos pocos nada más, pertenecen a aquella pléyade cuya lectura de sus obras no parece deba contemplarse como agua pasada, sino estimarse como una referencia que, hoy día, puede llegar a ser de palpitante actualidad, si terminamos por ver que no hemos cambiado tanto como para regodearnos de nuestra excelsa contemporaneidad. El libro nos sumerge en el día a día de un pueblo castellano allá por aquellos tiempos (no figura el nombre de la localidad, pero resulta sencillo adivinar por dónde van los tiros), en que tres muchachos, de apenas veinte años, buscan una explicación al mundo que les rodea, intercambian sus inquietudes y aspiraciones, que tienen como nexo la lectura de Machado, Unamuno, Ortega y otros intelectuales que conforman el pensamiento de los jóvenes a través de las experiencias vividas en el entorno y del tramado social al que pertenecen. Junto a ellos, personajes secundarios contrapunto de los protagonistas, desde chicas casaderas de misa diaria hasta mozos con ganas de juerga constante y adultos revenidos por una guerra cruel, guardianes de las esencias más puras de unos valores inamovibles y excluyentes. Y los jóvenes van tomando su camino entre la incomprensión, el desprecio y la agresividad de sus paisanos, víctimas todos los protagonistas de la historia del entorno que los aprisiona. Los mejores momentos del libro están en los diálogos entre los muchachos y las descripciones del lugar, que dan muchas pistas sobre el territorio que están pisando. La descripción de aquella atmósfera es asimismo brillante, especialmente para los que hemos vivido aquellos años, con un elevado conocimiento de los cimientos sobre los que se sienta la convivencia en un pequeño universo, como el que se muestra en la novela.