40 aniversario del 23-F. El general Juste, un héroe oculto en su retiro seguntino

Por primera vez se hacía explícito el agradecimiento de la Corona al militar que impidió, junto a su superior el teniente general Quintana Lacaci, que el golpe de Estado prosperara en Madrid. El reconocimiento a ese discreto general, de carácter introvertido y caminar pausado, que alertó al Rey sobre las verdaderas intenciones del general Armada. Y que lo hizo como un servicio más a la patria, sin alardear de nada.

El héroe oculto del 23-F estuvo mucho tiempo entre nosotros, como un seguntino más, procurando pasar inadvertido. Había elegido Sigüenza como lugar de veraneo familiar en los años sesenta y hasta su fallecimiento, el 15 de enero de 2010, nunca faltó a la cita. En los meses de verano, ya retirado, salía de su chalé de la Cuesta de Lapastora en dirección al puente del Vadillo, cruzando luego la Plaza Mayor en busca del periódico.

El general Juste y su esposa, Esperanza, en las escaleras que dan acceso al atrio de la catedral, con varios de sus hijos. Verano de 1963.

Con la ayuda de uno de sus siete hijos, José Juste, arquitecto, restaurador de la catedral y autor de un libro reciente sobre su historia, nos acercamos a la figura del general y jefe de la División Acorazada Brunete durante el 23-F. Y lo hacemos con el único objetivo de dar a conocer el perfil humano de un militar que forma ya parte de nuestra historia reciente.

Aquel 23 de febrero el general José Juste Fernández viajaba de Madrid a Zaragoza acompañado por el coronel José Ignacio San Martín y en Santa María de Huerta les llegaron informaciones que les aconsejaban darse la vuelta. Algo muy grave se estaba tramando, según las noticias recibidas por su compañero de viaje. A partir de ese momento, los acontecimientos se precipitaron.

Cuando José Juste llegó a su despacho, en el cuartel general de la Brigada ubicado en El Pardo, se encontró a su antecesor, el exaltado general Luis Torres Rojas, hablando de un inminente golpe de Estado. Sin precipitarse, una vez recabados y analizados los datos que le estaban facilitando, el general puso en alerta al Rey sobre las intenciones de Armada. Su papel, como ha confirmado ahora el propio Rey Emérito, fue decisivo para parar el golpe de Estado. Ahora se explica mejor la familia aquel gran abrazo del Rey, seguido de un “Pepe, muchas gracias”, y la gran satisfacción y alegría del general cuando lo contó al llegar a casa.

Mi padre – explica su hijo – se enfrentó a una situación muy difícil y la resolvió de la mejor manera posible. Entonces, Luis Torres Rojas todavía tenía mucho predicamento en la Acorazada, pero mi padre, mucho más tranquilo y ecuánime, mucho más cerebral, fue despejando variables y ganando tiempo para hacerse una composición de la situación y para que no le quitaran el mando de la división. Luego, cuando esas variables estaban suficientemente despejadas, alertó al Rey de las intenciones de Armada”.

En cuanto a la revelación hecha por el Rey Juan Carlos respecto a la llamada que recibió de su padre el 23-F, el hijo del general asegura desconocer los detalles sobre la misma. “Yo todo lo que sabía es que mi padre quería ponerse en contacto con el Rey y que quería hacerlo personalmente, sin intermediarios. Lo que ya no sé es si aquella llamada a la Zarzuela obtuvo respuesta o si fue luego el Rey el que llamó a mi padre, porque las líneas en aquellos momentos estaban saturadas”.

Pero lo verdaderamente importante entonces, con el golpe de Estado ya en marcha, fue que el jefe del Estado y de los Ejércitos recibió una información muy valiosa del jefe de la Acorazada Brunete. “Mi padre – comenta Pepe – le abrió los ojos al Rey. A partir de ahí, el Rey lo vio todo más claro y dijo: aquí me lo juego todo”. Persona muy reflexiva - como le definió acertadamente el teniente general Guillermo Quintana Lacaci en su informe sobre los hechos del 23-F - y con mucho autocontrol – “había estudiado matemáticas antes de ir a la guerra”, recuerda el hijo -, el general Juste tenía claro que no podía correr el riesgo de dar un paso en falso.

En el citado informe de Quintana Lacaci se refiere al general Juste en estos términos: "¿Cuál habría sido la evolución de los acontecimientos, si la actitud del general Juste hubiera sido más terminante? Con toda probabilidad, las reacciones de los implicados, ante esa actitud, habría complicado gravemente el posterior desarrollo de los mismos". Insistiendo en esa idea, el responsable de la Capitanía General de Madrid termina así su informe: "la actitud, a la vez reflexiva y cauta del general Juste, hace posible la puesta en marcha de la verdadera cadena de Mando, toda vez que otra postura más concreta hubiese tenido consecuencias imprevisibles".

- ¿Cómo vivió la familia aquellos acontecimientos?

- En casa estábamos muy preocupados. Sabíamos que él estaba allí, al frente de la Acorazada Brunete, para bien o para mal, al mando de más de 12.000 soldados y teniendo a su disposición decenas y decenas de carros armados. Supo estar a la altura de las circunstancias.

Sin embargo, pese a los servicios prestados a la Corona y a la Democracia, José Juste no fue ascendido a teniente general al año siguiente, como le hubiera correspondido por el escalafón, y tomó la decisión de solicitar el pase a la reserva. La fecha de ascenso coincidió con la celebración del juicio por el intento de golpe de Estado y no se atrevieron a llevarlo a cabo, para evitar posibles críticas en aquellos momentos tan excepcionales. También influyeron los argumentos de la defensa del coronel José Ignacio San Martín durante el juicio por el 23-F, alegando la “obediencia debida”. Lo cierto es que aquello fue muy duro y doloroso para un militar ejemplar, que había defendido la legalidad y la democracia.

José Juste y su esposa Esperanza en el atrio de la catedral. Agosto de 1977.

Veinticinco años después del asalto al Congreso de los Diputados, con motivo del 25 aniversario de aquella intentona golpista, yo mismo fui testigo de una entrevista que le hizo Luis del Olmo al general Juste en Onda Cero. Entrevista en la que éste se mostró muy comedido, dejando algunas verdades en el tintero, como acabamos de comprobar ahora, tras las manifestaciones del Rey Emérito. La discreción y su timidez formaban parte de su personalidad, recuerda su hijo. “Sin embargo, en la distancia corta – explica – era distinto. Lo más importante para él era la familia, dejando en un segundo plano las relaciones sociales”.

La familia del general Juste eligió Sigüenza como lugar de veraneo en los años sesenta. Lo mismo que hicieron también tres de sus siete hermanos. El general, con su esposa, Esperanza, y sus siete hijos, empezaron alquilando una casa en la calle San Roque – junto a la Plaza de las Ocho Esquinas -, que posteriormente cambiarían por otra más grande en la Cuesta de Lapastora, propiedad de María Mendieta, hasta que finalmente compraron un chalé en esa misma calle.

Todos los hermanos del general Juste eran militares – hasta las hermanas se casaron también con miembros de las Fuerzas Armadas –, siguiendo una tradición castrense de la familia que se remonta al siglo XVIII. “Mi tío Fernando, coronel del Ejército del Aire, y Carmen, otra hermana de mi padre, casada con un militar zapador de ingenieros nacido en Bujalaro, pasaban las vacaciones en sus chalés del Paseo de las Cruces. Otro hermano más, Felipe, era general de Artillería y tenía también un chalé en el Paseo de los Arcos. Entre los recuerdos de su progenitor, Pepe se retrotrae a la tarde de autos, y subraya una frase que repetía con frecuencia el general: “a un general se le pide que gane la guerra, aunque sea perdiendo batallas”.

En la terraza de su chalé de la Cuesta de Lapastora, mientras leía libros de historia y los periódicos del día, con el sonido de las campanas de la catedral de fondo, el general debió de meditar muchas veces sobre ese 23-F que se cruzó en su camino. Interesado por la cultura y el arte, herencia quizá de su estancia en Roma y Grecia como agregado militar, no le parecía extraño que en su etapa al frente de la Acorazada Brunete le pusieran la etiqueta de intelectual.

José Juste y su esposa, Esperanza, en la Cuesta de Lapastora. Septiembre de 1998.
 

Aquello debía de parecerle casi un halago, sobre todo después de haber conocido a los mandos del ejército de países democráticos europeos durante sus etapas de agregado en las citadas embajadas. “En aquella época – recuerda su hijo - nos llevaba muchas veces a ver monumentos, hasta el punto de que aquello influyó en mi vocación por la restauración del patrimonio histórico”. Otra cosa que tenía muy clara mi padre, según cuenta Pepe, es que los militares no deben hacer política.

Durante sus largas estancias en Sigüenza aprovechaba para charlar con Pedro Olea, sacerdote josefino y doctor en Historia de la Iglesia, sobre Roma y la cultura clásica, a la vez que asistía a los actos culturales que tenían lugar en la ciudad, manteniendo una buena amistad con Juan Antonio Martínez Gómez-Gordo. Le gustaba reunirse de vez en cuando con sus hermanos, también veraneantes, y hacer un repaso a los cambios que se estaban produciendo en el escalafón o si a fulanito le habían trasladado a otro destino. Tampoco faltaba a la misa de los domingos ni a sus baños en la piscina municipal, donde se hizo famoso por sus series de largos. Y también se dejaba ver por algunos de sus bares favoritos, como “El Pecas” – que ya no existe – y “El Sánchez”.

Sigüenza era su segunda casa, su pequeño paraíso. Han pasado cuarenta años desde aquel 23-F y el reconocimiento por su actitud durante el intento de golpe de Estado – como suele ocurrir tantas veces – le ha llegado demasiado tarde.

 

 

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