A vueltas con los molinos: aquel molino de mi niñez

Pocos pueden decir que su niñez haya estado relacionada con un molino, además un molino muy especial. Yo sí. Veamos.

Yo nací en Granada, de esa ciudad inabarcable es mi familia materna y, entre idas y venidas, allí me crie. Mucho antes de que mis padres descubrieran las delicias de Sigüenza como lugar de veraneo, ellos y sus primeros vástagos huíamos del pegajoso calor del verano granadino subiendo a Víznar, un pueblo serrano próximo a Granada, al que refrescaban los aires de La Alfaguara y las aguas de sus manantiales. Allí pasábamos los meses de verano alojándonos en una propiedad que poseía la familia de mi abuela materna, consistente en un viejo molino en desuso desde hacía años que había sido ampliado en tiempos de la República adosándole un pabelloncito destinado a residencia veraniega de grupos escolares.

Aquella pequeña finca estaba situada a las afueras del pueblo, en un lugar algo apartado y discreto, tal y como suele suceder con muchos molinos. Se hallaba junto a una carretera sinuosa que conduce al pueblo cercano, Alfacar, bordeando a media ladera una espaciosa hondonada a la que rodean, majestuosas, las estribaciones de la sierra de Huétor, y que se asoma a la inmensidad de la vega granadina. Por encima de la carretera están los enormes peñones grises, y por debajo, las lomas redondeadas que se pierden en el fondo del valle, moteadas por infinidad de olivos dispuestos según los vértices de una cuadrícula virtual que lo cubre todo hasta perderse en la lejanía. Es aquel un lugar de una belleza sobrecogedora.

En pleno día de verano, aquel panorama de mi niñez reverberaba bajo una cegadora luz blanca, mientras que las cigarras -allí eran chicharras- competían entre sí con su chirrido delirante y obsesivo. En las noches sin luna caía sobre el lugar una oscuridad total, rota solo por las estrellas en el cielo negrísimo, y por los cansinos parpadeos de alguna bombilla de 25 watios situada sobre la puerta de alquerías lejanas. La noche era además el gran momento de los grillos y demás animales nocturnos, pero sobre todo de los perros, que con sus ladridos hacían reaccionar a otros perros, en una cadena de infinitas variaciones que llegaba hasta la vega.

Víznar (Granada). Antiguo molino de Las Pasaderas, demolido en los años ´70 del siglo XX.

El conjunto del molino era ciertamente singular. Desde la carretera de tierra batida se bajaba por un cómodo camino a una plazoleta situada frente a la fachada principal de la edificación. Poco antes de llegar a ella, el camino cruzaba la acequia que traía el agua con que se movían las muelas del molino mediante un puentecillo rústico que, junto con otro más situado en la parte posterior de la finca, motivaba el nombre del lugar: Las Pasaderas. La pequeña explanada estaba bordeada por un balate de fuerte pendiente que descendía luego hacia las tierras inferiores, formando incontables ondulaciones. El edificio tenía dos plantas, y las agregaciones más recientes habían acabado por trastocar la fisionomía popular del viejo molino para conferir finalmente al conjunto cierto aire pretencioso y adusto, como de edificio dotacional.

Un portalón central presidía la planta baja. Por encima, y separado de este por un rótulo que proclamaba el nombre de la finca -Villa Concha- se abría un amplio mirador acristalado. El cuerpo del antiguo molino se situaba a la derecha del alzado principal, en ángulo recto, y albergaba las dos cuencas tenebrosas, a través de los cuales se precipitaba, con gran estruendo, el agua que antaño había movido a la maquinaria del molino. Después el agua se remansaba en una pequeña poza donde se ponían a refrescar el melón y el pipo, el botijo. Nuestra casa estaba encima de aquellos profundos arcos, y se accedía a ella por medio de una hermosa escalinata que arrancaba del lateral de la placeta. Dispersas por allí había varias piedras de molino, las cuales parecían de mármol de tan suaves como eran al tacto. En una de ellas se había vaciado el hueco de una pila para lavar la ropa, con su plano estriado y todo labrado en la piedra. En ese espacio, a la sombra de los nogales que crecían junto a su borde exterior y con la presencia permanente del fragor del agua manando en cascada por las cuencas del molino, se desarrollaba la vida cotidiana de la pequeña comunidad.

La guardesa iniciaba la jornada barriendo y baldeando la placeta, y esa humedad que apelmazaba la tierra proporcionaba frescor al ámbito para todo el día. Allí se cosía y se hacía punto, se lavaba la ropa y se preparaban los ingredientes del guiso. De vez en cuando pasaban personajes que llamaban la atención de la chiquillería: vendedores ambulantes con burros cargados de frutas y hortalizas, buhoneros, el pescadero que traía en bicicleta el pescado desde Granada, el pobre de solemnidad que se conformaba con unos mendrugos, el hojalatero que confeccionaba ante nuestros ojos estupefactos maravillosos recipientes de lata, la pareja de la Guardia Civil con sus tricornios de charol y sus fusiles al hombro…

Año tras año yo esperaba impaciente el momento en que mi familia se trasladara al molino de la tita Concha para pasar aquellos veraneos que parecían interminables. Allí yo era libre para dedicarme a mis aventuras. Aprendí a identificar las ramas de mimbre más rectas para hacer arcos y flechas, y a reconocer las mejores horquillas para los gomeros, los tirachinas. Sabía hacer barquitos de juncos que navegaban sin volcarse en la corriente de la acequia, y cometas de caña y papel de seda de colores. Conocía los escondites de los lagartos, y sabía identificar por su librea todo tipo de cigarrones, los saltamontes. Aprendí a localizar los sitios perfectos para cazar con liga a los colorines, los jilgueros. Por la noche cogía luciérnagas que guardaba luego en botecitos de cristal y así poder ver su luz en la oscuridad. Y muchas otras maravillas más.

Tenía dos sitios favoritos. Uno era un lugar pelado y de formas redondeadas por la erosión, que estaba surcado por múltiples torrenteras; allí iba yo a coger fósiles (más tarde supe que aquel lugar era conocido como El Caracolar). El otro era la acequia, con su inagotable universo habitado por ranas, libélulas, caballitos del diablo, zapateros, mariposas y demás seres fantásticos. (Aún hoy, la combinación del sonido del borboteo del agua de una corriente con la visión de los reflejos temblorosos del sol en su superficie y con el olor de la menta de sus riberas, me remiten al instante y de la manera más nítida a aquellas experiencias infantiles junto al agua del molino. Es mi “magdalena de Proust” particular.

Pasaron los años y, abandonada ya nuestra estancia en Granada, dejamos progresivamente de pasar los veranos en Las Pasaderas, de manera que durante muchos años mis peripecias vitales relegaron al baúl de los recuerdos aquellas vivencias en el molino familiar. Pero un día de 1975, ya adulto, leyendo yo un ejemplar de la mítica revista Triunfo, me topé con un artículo de José Monleón, cuyo titular decía: “La muerte de García Lorca”. En ese trabajo el periodista y dramaturgo, apoyado en los trabajos de Brenan, Couffon, Auclair y el de por aquel entonces recientemente aparecido de Ian Gibson, reconstruía, en una especie de verificación in situ, los últimos días de la vida del poeta Federico García Lorca.

Artículo sobre la muerte de García Lorca, de José Monleón, aparecido en el Nº 648 de la revista Triunfo, Pág. 25 a 29. 01-03-75.

La lectura de aquel artículo me heló la sangre.

El texto estaba ilustrado con fotografías de los lugares donde había vivido García Lorca sus últimos días y horas, y todos ellos formaban parte de la geografía de mi infancia, incluso de mi callejero particular granadino. Del asesinato de Lorca se había hablado en ocasiones en mis círculos familiares, pero siempre de manera vaga. Era un tema incómodo del que no se hablaba mucho, o se hablaba de pasada, e incluso bajando la voz.

En aquel artículo aparecía la casa de la familia Rosales -de la cual salió el poeta preso para no volver-, y la reconocí enseguida, porque yo estuve pasando por delante de ella durante años camino del colegio. También podía verse el Gobierno Civil -hoy Facultad de Derecho- a donde fue conducido Lorca y en donde fue encarcelado: estaba frente a la casa de unos familiares que frecuentábamos. Continuaba el autor del reportaje contando su subida a Víznar, y mostraba una foto de su plaza, con la fuente y la cruz ante las que yo posé también de niño. Luego aparecía el lugar adonde había sido conducido Federico García Lorca para ser ejecutado, unas horas más tarde, en la madrugada del 19 de agosto de 1936 o cerca de esa fecha, junto con el maestro Dióscoro Galindo, los banderilleros Francisco Galadí y Juan Arcollas, más dos delincuentes comunes, víctimas entre tantos otros de la barbarie franquista.

Aquel lugar era el molino de mi niñez, que por aquel entonces era ya conocido en todas las publicaciones relacionadas con el asesinato de Lorca, no como Las Pasaderas, sino como La Colonia.

Junto con otros edificios singulares de Víznar, la finca familiar de Las Pasaderas había sido requisada por las fuerzas rebeldes a la República en los primeros momentos de la insurrección franquista para que sirviera de última cárcel a cientos de personas apresadas en Granada. Estas víctimas de la represión fueron asesinadas luego en el barranco de Víznar y alrededores y enterradas de cualquier manera a lo largo de la carretera a Alfacar. Así descubrí yo que los lugares donde yo había sido feliz como tan solo puede serlo un niño feliz, habían sido también el escenario del inenarrable sufrimiento de miles de víctimas inocentes. Y aquel horror había sucedido allí precisamente, apenas unos 15 años antes de que yo lo conociera. Una última foto mostraba el paraje donde, cerca de un olivo solitario, había sido supuestamente asesinado García Lorca. Otro paraje frecuentado por mí en mis correrías veraniegas.

En el libro “Miedo, Olvido y Fantasía”, editado muchos años después (Granada, 2000, reedición en 2009), Marta Osorio realiza una “crónica” de las investigaciones que efectuó el periodista norteamericano -hijo de exiliados republicanos- Agustín Penón, y que este no llegó a escribir nunca. Ahí se expone, revisada y ordenada, la documentación elaborada por aquel autor: fotos, entrevistas, descripciones de lugares, croquis, anotaciones…, un valiosísimo material, máxime teniendo en cuenta que fue obtenido in situ y a cara descubierta entre los años ’55 y ’56 del siglo pasado, cuando era incluso peligroso hacer preguntas sobre el asunto de García Lorca. En aquellos años yo pasaba ya mis veranos en Las Pasaderas.

En el material obtenido por Penón siguiendo la pista del asesinato de García Lorca aparecían nuevamente imágenes que retrataban los lugares de mi niñez, esta vez en tiempo real, e incluso con una cercanía aún mayor. Así -tal y como sucede con esos selfies en los que detrás del retratado asoma sin pretenderlo la imagen de otra acción del todo ajena al sujeto fotografiado-, al fotografiar la estancia donde pasó supuestamente su última noche García Lorca, Penón estaba documentando al mismo tiempo el suelo embaldosado con un damero en blanco y negro donde yo me había tumbado tantas veces en mis juegos infantiles. Otra fotografía mostraba un primer plano de la placeta de tierra y empedrado, desierta, con la fachada principal de La Colonia al fondo; su portalón aparecía entreabierto, como si alguien de la casa fuera a salir por ella en cualquier momento.

Pero también se publican en el libro dos fotos de las que hacen daño al verlas, porque documentan, no solo el caserón aquel, sino también algunos de los protagonistas que fueron encarcelados y condenados a vivir allí el horror de sus últimas horas, antes de ser pasados por las armas.

Son dos grupos de presos, uno dispuesto en fila arriba, al borde de la carretera de Alfacar, a cuyas espaldas se sitúa la vista lateral de La Colonia, y otro abajo, en la placeta frente a la entrada del caserón.

En la primera foto los presos posan llevando para su escarnio los mandiles simbólicos de su condición de masones, poniéndose así de manifiesto la razón de su apresamiento y condena. En el segundo grupo -integrado también por dos mujeres jóvenes, una de ellas con el pelo rapado- los condenados llevan gorros militares; en el centro del grupo y sentada sobre las rodillas de uno de ellos, se encuentra una niña muy pequeña: es la hija de mi tía abuela Concha, la propietaria del molino. También aparece en esa foto -su silueta recortada en el marco de la puerta- Valentín, el guardés. (Lo recuerdo como una persona taciturna, triste. Quién sabe si la visión de la sucesión interminable de condenados a muerte que pasaron por La Colonia antes de ser asesinados no lo dejara marcado para siempre).

Las Pasaderas en la actualidad, con los restos conservados del molino musulmán y la explanada frente a la desaparecida edificación de La Colonia.

Ahora subo a Víznar con cierta frecuencia, como de peregrinación, para volver a ver aquellos lugares de mi niñez.

Allí han cambiado muchas cosas. El pueblo ya no está empedrado, y ha crecido mucho. El edificio de La Colonia fue demolido hace más de treinta años, pero el lugar de Las Pasaderas sí se ha conservado milagrosamente, al borde mismo del núcleo urbano. Aún puedo reconocer algunos de los nogales, ya añosos, que nos daban sombra y nueces, y las dimensiones exactas de la placeta.

Se conservan -también milagrosamente- algunos peldaños desvencijados de la escalera de ladrillo por la que se subía a la casita en que vivíamos, la que estaba sobre el viejo molino. Un poco más allá se ven todavía las albercas en las que nos bañábamos los niños. El agua de la acequia discurre -ahora domesticada- entre unos muretes de cemento (Pero es solo un trampantojo: en cuanto se acaban Las Pasaderas, su cauce desaparece de la vista, soterrado).

El autor de niño en compañía de sus padres, sentados en la escalera de Las Pasaderas. Víznar, verano de 1953.

Son los restos arqueológicos de mi niñez.

Me siento en aquellos peldaños, y revivo escenas de mis aventuras infantiles, y recreo en mi imaginación los afanes de los personajes de entonces, moviéndose transparentes por aquel espacio donde estuvo la placeta. Y casi sin solución de continuidad, pienso en el otro plano superpuesto, el del horror más absoluto de las víctimas inocentes que pasaron por aquel preciso lugar, y los veo camino de su ejecución, tiñendo con el negro de su dolor inmenso, la alegría de mis pequeños recuerdos infantiles.

Del molino de Las Pasaderas apenas si queda una de las dos cárcavas por donde una vez fluyó, impetuosa, el agua que provenía de la Fuente Grande: otros patéticos restos arqueológicos, incapaces de transmitir mínimamente la idea del edificio al que pertenecieron. Y tanto menos, de decirnos algo acerca de las vicisitudes de quienes en algún momento de su vida habitaron aquel conjunto. Pero yo sé cómo habían sido Las Pasaderas cuando aquello fue un sitio palpitante de vida. Y también conozco la espantosa función de antesala de muerte a la que la maldad franquista destinó aquel lugar risueño y laborioso, apenas unos pocos años antes de que yo lo conociera.

En la carretera, en el pequeño descansadero que ahora hay allí, un pomposo cartel que conserva solo su título nos alerta de que nos hallamos ante un hito del Legado Andalusí, incluido en la Ruta del Califato. (En otros tiempos se podía leer en el texto hoy borrado que los restos arqueológicos visibles son los de un antiguo molino musulmán, servido por el agua de la acequia de Aydanamar - “acequia de las Lágrimas” en árabe-, que esta obra de ingeniería hidráulica del siglo XI, perteneciente al período zirí, se construyó para llevar el agua a los aljibes del Albayzín granadino, y que aún hoy la sigue llevando). De todo lo demás, nada.

Luego me voy despacio, recogido sobre mí mismo, a las otras estaciones de mi peregrinación particular, camino de la Fuente Grande de Alfacar, allí donde aún están por desenterrar los miles de víctimas de la represión, y sobre cuyas fosas yo, sin saber lo que pisaba, cazaba saltamontes. Ahora la carretera de Alfacar está asfaltada, como es natural. Por el camino, y antes de llegar a las quebradas donde algún monolito con flores recuerda el lugar donde se realizaron las ejecuciones masivas y el enterramiento precipitado de las víctimas de aquella represión feroz, me voy cruzando con deportistas que, enfundados en sus equipamientos de vistosos colores, practican su footing diario.

El autor, sentado sobre los restos de la escalera de Las Pasaderas. Víznar en otoño de 2021.

Postdata.

El periódico digital Granada Hoy daba la noticia en su edición de fecha 05-07-22, de que actualmente se están realizando excavaciones en el barranco de Víznar con el fin de exhumar una parte de las cerca de 2.000 víctimas del franquismo que se estima que fueron asesinadas y enterradas en aquel enclave. Hasta esa fecha se habían localizado 39 cuerpos, y está previsto continuar los trabajos arqueológico-forenses en sucesivas campañas. El lugar escogido para ello es El Caracolar.


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