Asomados a la barandilla del puente, los dos adolescentes esperan pacientemente a que alguno de los cangrejos que asoman entre los matojos se introduzca en el retel metálico que han fondeado en el Río Duratón, a unos cincuenta metros de la presa que construyera Fenosa en los años veinte junto al pueblo de Burgomillodo (Segovia).
A la sombra de las choperas, mientras tomamos un café y reponemos fuerzas para afrontar la siguiente caminata hasta la ermita de San Frutos, que domina desde lo alto las impresionante Hoces del Duratón, escucho el rumor del agua y me cuesta borrar la imagen de los chavales pescando cangrejos a orillas del río.
La de ellos era una fotografía que yo ya había visto, pero en blanco y negro y hace muchos años. No sólo la había visto, sino que yo mismo había formado parte de esa película de la infancia, aunque el puente en este caso no fuera de hierro y sí de piedra rojiza, con las manchas blancas del salitre del entorno. Y aunque nuestros pantalones cortos no rompieran precisamente con la pana. El Río Duratón, pese a llevar mucha más agua, tampoco me pareció más grande ni más bello que el Río Salado, pero reconozco que su entorno tiene méritos suficientes como para haber sido declarado Parque Natural a finales de los años ochenta.
Comparaciones aparte, lo que más me emocionó de esta reserva natural ubicada entre Sepúlveda, Cantalejo, Carrascal del Río y Burgomillodo, no fue el paisaje agreste de esos cañones y cortados, ni las parameras de los alrededores o la silueta de los buitres leonados sobrevolando la ermita de San Frutos, sino la paciencia de esos dos niños esperando a que algún cangrejo entrara en el retel y mordiera el cebo.
Al fin y al cabo, con algunos años de distancia, esa es también la fotografía retrospectiva de los veranos de mi infancia.
Los reteles, una horquilla, un par de talegos de cáñamo y el bocadillo – en ocasiones también algún tebeo de “El Capitán Trueno” o de “El Jabato” – eran más que suficientes para echar tan a gusto la tarde, hasta que el sol terminaba de esconderse por detrás del castillo.
Por supuesto, sin la necesidad de tener que contestar un twitter, mandar un mensaje por el wahtsapp o intentar descubrir la última opción que nos depara el nuevo modelo de smartphone. Solo pendientes de tirar de la cuerda cada cierto tiempo y de vigilar la posible aparición del guarda encargado de tomar medidas – a los cangrejos, se entiende –, y amenazar con sanciones a quienes no tuviéramos la licencia en regla o no respetáramos la legalidad vigente.
El Río Salado, que recorre el valle del mismo nombre desde las proximidades de Paredes de Sigüenza hasta las hoces de Santamera, incorporando en los primeros tramos de su recorrido el agua de El Berral (Valdelcubo) y El Buitrón (Sienes), regando a su paso – aunque cada vez menos – las tierras de Rienda, La Barbolla, Imón y desembocando en lo que ahora es la presa de El Atance, es un río humilde, pero lleno de encanto.
Un río que no aspira a ser declarado reserva natural de la biosfera, pero al que nadie le puede negar el mérito de mantenerse vivo, mientras muchos vecinos de las poblaciones ribereñas abandonaron sus casas. Un río que espera tiempos mejores y que se alimenta mientras tanto de los recuerdos de quienes lo disfrutamos y también del sabor inconfundible de su cloruro sódico.
Un afluente del Henares - al que se une por tierras de Baides -, en cuyo cauce algunos íbamos depositando experiencias que vuelven a flotar en el momento menos esperado. En este río de mi infancia abundaban los cangrejos, las ratas de agua y los barbos. También los chopos, los sauces y los olmos, muy cerca de la carretera.
Precisamente en uno de esos olmos, mejor dicho en el agujero horadado en su tronco por un “picapalos” – nombre popular con el que denominábamos a los pájaros carpinteros – metió la mano un amigo mío, movido por la curiosidad y por el deseo de comprobar, como Santo Tomás, que albergaba dentro un nido con polluelos.
Efectivamente, en las yemas de sus dedos pudo constatar su presencia y las ganas que tenían aquellas crías de recibir algo de comida, a la vez que él intentaba infructuosamente sacar la mano del agujero. Hubo que pedir auxilio y no fue fácil sacar su apéndice del nido. Incluso alguien planteó, en medio de la alarma generalizada y para asustar todavía más a la víctima, traer un serrucho y cortar el árbol.
Aunque sólo sea por estas y otras historias, todo mi respeto y mi cariño hacia el Río Salado, en el que apenas quedan ya cangrejos y mucho menos “picapalos”.