Ahora que han pasado las navidades, es el momento de hablar de ellas, porque son fiesta de la nostalgia, del encuentro y el desencuentro, de la alegría y la fugacidad de nuestro paso por la vida, pura melancolía:
“La Nochebuena se viene / La Nochebuena se va
Y nosotros nos iremos/ y no volveremos más.”
Esta es la primera vez que paso las Navidades en Sigüenza, y tan ricamente. Me parece haber conocido en otra vida ese silencio bajo las estrellas y el frío, la luz dorada de las farolas iluminando las piedras, el olor a leña, la ronda… o quizás sean los relatos de mi padre, en su Cifuentes natal, allá por los años treinta, relatos de una noche de cantos de puerta en puerta y aguinaldo, júbilo de mozos, migas y gachas compartidas, las cocinas resplandecientes oliendo a pan tierno y puchero, el ronco gemir de la zambomba, el almirez, la botella de anís, la misa del Gallo y los belenes con sus montañas de corcho y casitas, papel de plata en el río, un pozo y un puente arqueado, como los de los jardines orientales.
Este mundo diminuto evocaba el de fuera, el de la cellisca y la nevada, cuajada a veces en un manto blanco, inmaculado, casi fosforescente bajo el cielo pardo.
Quizás todo ello murió, enterrado bajo las estridencias de canciones foráneas, elfos y ciervos, súbditos de un papá pitufo colorado que dicen que vive en el Polo y vuela en un trineo, vaya usted a saber. Dicen también que somos de mucho comer y mucho beber, de mucha juerga y ruido de petardos, y altavoces, que no pare, adiós silencio, y, para algunos, eso, y nada más que eso, es la Navidad, borrachera y comilona, o aluvión de regalos de cosas que no necesitamos. Pero, para otros, es tradición y rescate, una fiesta de raíz religiosa con un punto místico, sí, pero también un ejercicio de afianzamiento de la memoria.
En Sigüenza, como no podía ser menos, a tenor de su tradición musical, se mantiene vivo y en uso buena parte de su repertorio musical navideño.
Pero imagino esos pueblos de las serranías y parameras, donde en invierno viven apenas diez vecinos, quizás mayores, con los hijos lejos, vecinos que asisten embozados a la misa del gallo en una iglesia helada y casi vacía, con grietas cada vez mayores y polvo en los retablos, vecinos que vuelven a sus casas sin apenas hablar, solos ante un hogar mortecino y una cena humilde, o no tan humilde, pero falta de alegría. No se oyen las rondas ni el repiqueteo de las cucharas o las tapaderas, ni el racarraca de las hueseras, ni el dindín del triángulo, ni el tolóntolón de los cencerros (sonido diabólico que espanta a los sacristanes puritanos), ni las sonajas y cascabeles que marcan viejas tonadas como las doce palabras retornadas y Camina la Virgen Pura, Pastores Venid, o el anuncio de que esta noche es Nochebuena.
No hay niños, y, si los hay, se sumergen en su móvil y el TikTok, no les suena eso de Beben y beben los peces en el río, o Campana sobre campana y tantos otros villancicos aprendidos de padres a hijos, de abuelos, de bisabuelos, pasados de generación en generación como un cordón umbilical que une el tiempo y la memoria. Memoria que se pierde por no tener ocasión de cantar o, simplemente, porque no hay nadie para escuchar.
Por eso, no cabía dejar de asistir a la presentación de un proyecto consistente en un registro musical de villancicos, recogidos en Pinar Negrillo, en Segovia, con un volumen dedicado a la informante Nicanora Tardón, quien proporcionó más de treinta villancicos antiguos de tradición oral, y otros “aprendidos de la gramola”, en los años 30, interpretados por su hija María Eugenia Santos, mientras que su segundo volumen consistía en piezas adaptadas e interpretadas por un destacado grupo de músicos, algunos tan entusiastas de las tradiciones musicales como Nacho Amo, acompañado de la preciosa voz de Mari Carmen Hernando, o los Ramos Cano ( Alfredo, Luis y Ricardo), famosos dulzaineros segovianos, la voz antigua de Pedro Luis Olmo, Cris Zagaleja (Cristina Pérez Tejera), panderetera de postín, Jorge Calvo, con su voz y su clarinete, Antonio Arcadio García, investigador y promotor, junto a Cristina, del proyecto, además de Pablo Zamarrón, músico y autor del dibujo que representa una pastorela, los miembros de la Orquestina de la Abuela Pina: Alfredo, Luis y Ricardo Ramos; Rubén Darío Valentín y Jorge Calvo … en fin, un montón de gente que, todos a una, han devuelto la voz y el sonido de las Navidades a un pueblo que los había perdido.
Pero tengo que confesar que lo que me fascinó definitivamente, y me convenció para desperezarme en una tarde de frío glacial, subir cuestas y llegar hasta el Pósito, fue el título del proyecto, que corresponde a una de las canciones: “Esta noche, el demonio se desconsuela”.
Un título de lujo, que nos habla de la victoria sobre lo maligno, el viejo tema de la luz deshaciendo las tinieblas, el mal en estado puro, internamente vencido porque sabe que ha sido derrotado…
Mitos ancestrales, unidos a una religión milenaria, reverdecen misteriosamente en una noche de diciembre, en voces de gentes que se fueron, y que cantan de nuevo por boca de jóvenes. Ese es nuestro legado, lo nuestro, lo íntima y profundamente nuestro, que brindamos a nuestros hijos y a quien quiera, que sea bienvenido.
Dos calles más abajo, en la radio de un coche, suena Jingle Bells, posiblemente la más conocida tonada navideña del planeta, pero se me antoja pobre, artificial, lustrosa de plástico rojo y piel sintética de borreguillo, demasiado ajena, como las bolas y las guirnaldas de ramas artificiales, y pienso que el pasado es como un profundo manantial que vive en nosotros, y que, cuando lo sondeamos, devuelve, como un regalo inesperado, la memoria de nuestros antepasados.
Quizás una parte de ellos viva en esas humildes figuritas de barro, que los chiquillos colocábamos en el belén, evocando las rondas de los pueblos, y que me gustan más, mucho más, que Papá Noel, alias “Santa”, sus renos, los elfos y ¡cómo no!, el incoherente Cascanueces, a veces gigantesco y un tanto amenazante.
Aquella tarde-noche del tres de enero, en el Pósito, junto a personas inteligentes y sensibles, con los pelos como escarpias de puro gusto, tuvimos ocasión de presenciar la resurrección de un pueblo y de agradecer este tipo de iniciativas, tan gratificantes.
Días después, vinieron los Reyes con sus dones, ese otro misterio que adorna nuestra infancia, y ya quitaré el belén el dos de febrero, día de las Candelas, como manda la tradición, porque, repito, me encanta la navidad seguntina y quiero disfrutarla un ratito más.
Sigüenza, 16 de enero de 2026













Precioso, querida amiga
Muy bonita reivindicación de la Navidad tradicional tan nuestra , tan íntima. He vuelto a sentir la emoción de lo de siempre, la cercanía , lo fraternal . En definitiva del hogar.
Siendo pascuas todavia en el dia de "San Antonio Abad", muchas felicidades mi querida amiga Letizia. Pues me has transportado a mi infancia navideña.
Un abrazo fuerte.
Juan.
Gracias, Letizia
por este artículo entrañable y maravilloso,
por transmitirlo y dejarlo escrito
con tu estilo escueto, vibrante, castellano
Gracias
Letizia, me alegro que hayas disfrutado la Navidad seguntina, y como siempre, gracias a tu relato que la hace todavía más mágica, y más a los que la sentimos y no hemos podido disfrutarla en Sigüenza.
Leyéndote, Letizia, me han entrado ganas de pasar las próximas navidades en Sigüenza . Alli estaré para recibir el 2027.
Precioso,Letizia
En este supuesto nuevo mundo que se empeña en hacer borrón y cuenta nueva constante, como si fuéramos más listos que nadie anterior, hay qué preguntarse qué será de esa transmisión viva entre generaciones ahora que todo viene precocinado de arriba a abajo. Gracias por este bello y sentido homenaje a la tradición, Letizia, que ahí queda para el futuro (en la efímera internet, que esa es otra).
Querida Letizia, me ha encantado tu relato. Aunque no tengo pueblo, mis antepasados y yo somos de Madrid, me has transportado a mi infancia. Cenas con toda la familia, villancicos con pandereta y zambomba, musica clásica de fondo ( alemana, por gusto de uno de mis tíos) horas y horas contemplando el Belén y moviendo los patos del río a la orilla. El olor a pino y a musgo y los juegos con todos mis primos, sin juguetes, en navidad eran juegos de palabras y conversaciones de mucha risa. La misa del gallo en la iglesia cercana, con un frío que pelaba… . Ahora que soy mayor y tras leer tu relato, me dan ganas de pasar la Navidad con toda mi familia en Sigüenza. Gracias
Precioso, me ha encantado! Hacía mucho que no leía algo tan bonito sobre la Navidad. Muchas gracias!
Tus palabras me retrotraen a los tiempos en que la Navidad era intimidad, fraternidad u sus canciones y sus olores te llevaban a un lugar seguro y compartido donde la esperanza calentaba los corazones . La navidad era hogar.
Me ha encantado tu relato! Escrito con el corazón para llegarnos al corazón. Muchas gracias !!
Emocionante, Letizia. No se puede escribir con más pellizco.