Hay dos maneras muy sencillas a estas alturas para detectar que el que habla carece de fuste: que insulte al contrario acusándolo de “rojo” o que lo haga llamándolo “fascista”. Son dos señales inequívocas de vacío interparietal, casi tan infalibles como la del que cree que acusar al contrario de “negacionista” es algún tipo de argumento. Todas esas coletillas, convertidas ya en rudimentarios lugares comunes, denotan una falta de pensamiento propio rayana con el encefalograma plano. Hay muchas más, incluidos sinónimos de aquella disyuntiva básica en la que a muchos les encanta que sigamos mantenidos. Son muy útiles para el que las escucha ya que permiten obviar inmediatamente un discurso vacío sin perder un solo segundo más. No se trata de hacer ahora un catálogo de todas ellas, que daría para largo y que tampoco necesita el lector, que ya tendrá el suyo propio. Lo interesante es que hay también una excepción a esa propiedad denotativa básica: cuando una de las coletillas del citado par sale de las fauces de un político. No vamos a pecar de audacia suponiendo que un politicastro contemporáneo medio posea un nivel de entendimiento de la realidad superior al de un bolardo, tanto como para descartar que la citada función de aquellas banderas de aviso deje de tener sentido en su caso, pero sí podemos afirmar, sin demasiado riesgo al desliz, que, en todos esos personajes de la política de partiditos, todo lo que se dice tiene un solo objetivo principal: vender una moto.

Es decir, todos esos que nos desgobiernan, que vemos día tras día en los medios de aturdimiento de masas, con independencia del supuesto color o condición, carecen sin duda de ninguna idea merecedora de tal nombre dentro de sus caletres insuflados de eco ―y, a menudo, de ego―, seguidistas irreflexivos de consigna barata sin atisbo ninguno de imaginación propia, personajes atrapados eternamente dentro de su escaso mundo de la ausencia de miras. Pero también son obsesivos hasta la extenuación, pertinaces en su actitud, como si tuvieran una elevada misión que cumplir a la que se entregan, recalcitrantes, en cada momento de sus días. Una misión inefable que los convierte, a su pesar, en un constante “meme”, como diría un usuario de redes sociales digitales ―esa tecnología sin parangón en la historia para detectar imbéciles―, maquinarias infatigables de repetición de consignas, carteles publicitarios permanentemente colgados a la vista del respetable para machacar mil veces con la vaciedad correspondiente a la marca propagandista de su facción. Son como un disco rayado, pero creyendo que por insistir en el mismo tramo de pista del vinilo van a lograr que la melodía suene mejor. En los anuncios de Coca Cola al menos ponen buena música. Estos, ni pan, ni circo, ni gladiadores, ni leones. Solo el sustituto contemporáneo y ridículo: el meme.

Se hartan de decir que trabajan mucho, y, en su obsesión propagandística, lo hacen, sin duda. Naturalmente, no para el ciudadano: de cada diez horas que invierten de su valiosísimo tiempo ―valioso es, solo hay que ver sus emolumentos―, nueve son para propagandear y la otra… bueno, no diremos en qué se invierte la otra, solo hay que leer la prensa estos días. Ocurre que los ciudadanos empezamos a estar un poco hartos, la verdad. Y lo que es peor para ustedes, queridos politicastros: hace ya tiempo, aunque no lo parezca, que hemos terminado por verles el cartón y les hemos empezado a perder el respeto. La propaganda es un asunto muy serio. Con ella se han formado imperios y se han vendido hasta las piedras rodadas de los ríos. Ocurre que ya no estamos en los tiempos en los que aquel nada ignorante nazi dictó sus postulados básicos. Ya no sirve con el principio de repetición, mucho menos con el de simplificación. En su elevado concepto propio, se juzgan ustedes muy listos, como les pasa a los bolardos más avispados, que creen conocer el mundo porque ya han conseguido otear de refilón la acera de enfrente. Pero están anclados todavía en un anticuadísimo Goebbels, como buenos filototalitarios que, sin duda, son. Y esto no es un insulto, no me confundan, por favor. Hasta ahora no ha habido ninguna intención de insultarles, entrañables politiqueros. Estoy intentando describir. Ustedes son solo el producto del régimen, que es intrínsecamente filototalitario ya que de los totalitarismos nace y hereda. No piensen que es nada personal. Se lo demuestro a continuación.

A ustedes no se les selecciona para alcanzar un cargo público por su valía, sino mediante el filtro bastardo de las luchas intrapartidistas, en las que la regla de ascenso es muy fácil: lamer la bota del de arriba y pisar con la propia al de al lado. Los ciudadanos solo tenemos el “derecho” a dar más o menos votos a jefecillos de organizaciones opacas y con mucha porquería bajo las alfombras, personajes que no son evaluados por lo pertinente, cuyo único mérito es haber sido más eficaces en la aplicación de las herramientas propias del arribista. Del trepa si quieren, en román paladino. En absoluto podemos, los llamados “electores”, elevar al cargo a los mejores, o a los más honestos, a los que tengan una mejor visión, a los más leales al ciudadano, o a los más preparados. En el estado de partidos las cosas no funcionan así, maravillas del sistema proporcional por listas en las que el plato viene ya precocinado. Palabra, “electores”, que entrecomillo porque, además, no se elige nada ya que poner a uno no supone rechazar a otro y que se vaya a su casa: el menos votado, en la mayor parte de los casos, sigue en las instituciones, tan solo con una cuota de poder menor. Eso sí, chupando del bote como todos, lo cuál está llevando al régimen a su última vuelta de tuerca: intentar caer en gracia lo suficiente para obtener un escañito, uno nada más, mediante un partiducho marginal y “transgresor”, cuya vendida de moto consiste en la promesa de un “radical y profundo cambio”... para que todo siga igual, solo que ahora, con él, o con ella, comiendo de la tarta. La cuestión fundamental es que, en este orden de cosas derivado de aquello que “nos dieron entre todos” los antecesores de los que nos desgobiernan ahora, estos no pasan, en personalísimo escrutinio ante el ciudadano, por el filtro de las necesidades y preferencias de la gente, ante la que sólo se presentan una siglas asociadas a una idea genérica, de trazo grueso, en la que, para más escarnio, ustedes mismos no creen, que sirve para que el votante se identifique, como hace el tribal con el resto de la tribu, el aficionado con su equipo de fútbol o el camisa parda con el partido. Ustedes no contraponen, en la batalla por los votos, verdaderos programas y valores. Sino tan solo consignas identitarias.

Así que, hágannos un favor, y de paso dejen de hacer el ridículo. Los ciudadanos, sin duda, van a seguir votando por ahora a unos o a otros, porque una de las consignas más exitosas del régimen es que refrendarlo, es decir, votarles a ustedes, es sinónimo de “democracia”. Cómo será la cuestión a estas alturas, insistiendo en lo del catálogo, que hasta oír la palabra “democracia” es suficiente casi siempre para mirar a otro lado. A la que unimos la estrategia del divide y vencerás, quizá la que mejor funciona aún de todas aquellas mandangas de los grandes ideólogos de la propaganda del siglo pasado. Por desgracia, ante la desesperación generalizada que mucha gente aún no acierta a diagnosticar, sigue siendo útil el señalamiento del contrario con palabras vacías. No es la tan traída polarización, de la que se habla estos días en los medios de aburrimiento de masas, ya que en la homogeneidad pestilente de la inmundicia pura no se distinguen verdaderos polos. Es más bien la castiza sabiduría de la preferencia por “lo menos malo”, teniendo en cuenta el fraudulento material que pueden producir unas reglas del juego profundamente ilegítimas, que bien se guardan ustedes de preservar a toda costa. Pero tengan cuidado, porque, más allá de los aún henchidos de identitarismo y de los que simplemente se aprovechan de un comulgar ficticio con ustedes ―igual de corruptos por tanto―, cada vez hay más gente que se da cuenta de que, resignarse a la porquería de régimen que nos atenaza, así como a la de sus inevitables y lamentables productos ―es decir, ustedes, queridos politicastros, por si todavía no lo han pillado―, no es ninguna solución, ni a largo, ni a medio, ni siquiera a corto plazo. Así que vayan espabilando y hagan, para empezar, algo que jamás han hecho en sus largas y lucrativas carreras políticas: dejen de tratarnos como imbéciles. Porque cuanto más alto suban, pobremente anclados en los movedizos cimientos de la propaganda más cochambrosa de la historia, más atronadora y lacerante será la caída.
Julio Álvarez
15 de diciembre de 2025













Buenas tardes:
Trabajan, dicen, hasta dejarse la piel.
Dos comentarios:
1.- ¿En beneficio de quién?
2.- Dado el lustre de sus epidermis no se puede decir que se despellejen mucho. Tal vez es que, después de un tiempo de cosecha, han sustituido la que viene de serie con el humano por una fabricada con algún raro material resistente.
Saludos.
Yo los veo trabajar mucho, todo el día venga a "trabajar argumentos" para pastorearnos. Hablo en todo momento de los que salen en la tele, de las "grandes figuras" políticas patrias, especialmente de todos esos jefecillos de partido que se creen que el país es suyo y que ocupan el estado y sus excrecencias para su exclusivo beneficio. No de los de pueblo, todas esas personas al frente de los 6818 (de un total de 8131, que se dice pronto) municipios con menos de 5000 habitantes, que bastante mérito tienen con dar un paso al frente por su tantas veces depauperada y pequeña localidad.
Pero vamos, que la crítica que hago (y la hago porque me enerva cada vez que pongo la tele o leo cuatro cabeceras) es:
a) al ilegítimo sistema partitocrático, que no permite seleccionar a los mejores y que, por supuesto, nada tiene que ver con la democracia, y
b) a la escasa calidad de la propaganda, a la propaganda de consignas, de consignas gastadas y manidas además (pasadas de moda por un siglo al menos). Porque incluso en una verdadera democracia es necesaria la propaganda política, pero (si se pide respeto mutuo) sin llamar imbéciles a los ciudadanos.