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Están los que se desfogan en la tertulia del bar o en la sobremesa. Yo prefiero callar: ni soy elocuente, ni corren tiempos propicios al diálogo. Luego están los que se vuelcan en las redes expuestos al consiguiente troleo: yo prefiero autocancelarme. Y por fin están los que poseídos, como yo mismo, de su grafomanía tienen además la generosidad de publicar lo que creen de provecho. Normalmente, estos últimos pasan sin mayor efecto, como solipsistas consagrados; y las veces que obtienen respuesta, si esta no es la alabanza que esperan, se disgustan, prefiriendo su propio eco. Por ello, vaya mi voluntad conciliatoria por delante, pero el caso es grave y hay que terciar.

El banquete en la casa de Simón el fariseo. P. P. Rubens

Para entender lo sucedido nos vale el esquema narrativo del fariseo y el publicano orando en el templo (Lc 18, 9-14). Aquí, en lugar del fariseo, pondré un científico ufano de su saber, y, en lugar del publicano que se da golpes en el pecho, pondré al creyente cristiano, vamos, al necio que ponderaba San Pablo (1 Cor 1,27). El científico, ante la contemplación de los abismos del cosmos, o de las fotos telescópicas del universo, que para el caso casi es lo mismo, al mirar al pobre creyente atado a su fe infantil, no puede menos de sonreírse con suficiencia. Él sabe que su destino como ser humano,ateniéndose a tales inmensidades, es la inexorable aniquilación —¡que sabiduría la del Buda!—, y aquel pobre infeliz, en vez de asumir la verdad de nuestra contingencia con valentía, se entrega a un burdo engaño para consolarse.

Si hay un signo propio de este tiempo es el de los científicos dogmáticos; en especial,los ateos dispuestos a debelar la Religión con la sola arma de la Ciencia. Científicos que,cuando se ponen a hacer filosofía, de inmediato dejan de hacer ciencia. Ya en nuestra tradición filosófica, Ortega dejó claro que la ciencia siempre era problemática («la teoría física, aunque sea verdad, es una verdad problemática», Qué es filosofía, lección VII). Lo único evidente, indubitable, era lo que él llamaba «mi vida», la realidad inmediata, y las verdades científicas no eran inmediatas, y, por tanto, eran secundarias
y problemáticas. Por otra parte, las verdades científicas, si vivíamos sin conflicto con ellas, no eran sino parte de las creencias con que hacíamos nuestra vida.

Es precisamente este punto el que quiero tratar brevemente. El científico ufano considera la fe una mera creencia, y no hay tal. La confusión ha surgido de la larga oposición entre fe y razón, que viene desde la Edad Media; cuando en realidad la oposición real se da entre sensibilidad (en el sentido perceptivo) y fe. Es decir, la realidad —no oculto aquí que estoy siguiendo el Credo— se dividiría en dos ámbitos: lo visible y lo invisible; al ámbito visible accederíamos por la sensibilidad, al invisible por la fe, siendo la razón un mero método para ordenar la argumentación sobre tales ámbitos. Para ilustrar este carácter de la fe, traigo aquí otro pasaje evangélico, que vale a efectos definitorios, sin necesidad de entrar en cuestiones sobre su historicidad.

Es aquel famoso de la hemorroísa —¡que el propio Ortega usó para denunciar a los científicos que creían en la ciencia como milagrosa!—. La hemorroísa, sin Jesús verlo,toca su manto y queda curada de su flujo de sangre. Entonces Jesús se vuelve buscándola, preguntando “quién me ha tocado”. Y los discípulos le replican: “caminas apretujado entre la gente ¿y preguntas quién te ha tocado?”. Pero Jesús ha sentido una fuerza que salía de él y descubre a la mujer, que confiesa su curación. «Hija, tu fe te ha salvado», le dice Jesús (Mc 5,34).

De modo que la fe no es una mera creencia, sino un contacto con la divinidad invisible, un contacto físico, real. Físico, sí, pero no medible y replicable en experimentos como los fenómenos del mundo físico natural.

La fe es contacto con la verdad, por eso tiene el poder de hacernos verdaderos. Y lo que no nos transforma para bien, es mera credulidad. Entre la creencia del científico ufano en un universo en que el destino del ser humano es la aniquilación, y la fe que da esperanza, ¿quién está tocando la verdad? La respuesta es bastante obvia, quien mejor responda con su vida. Y es que las pruebas filosóficas de la existencia de Dios —que no afirmo sean mera palabrería— no valen en estos tiempos; solo una vida, de quien diga creer en Dios, puede probar algo ante los demás, a la vista de las obras que manifieste en esa su vida cotidiana. No en el conflicto cósmico, sino en su pequeña vida diaria ha de luchar el cristiano (León XIV, Magnifica humanitas, 212-213). El reto es tremendo, como que es el desafío de la santidad; pero es lo que hay. Y no merece una sonrisa de
suficiencia.

Ciertamente, el pensar puede convertirse en pura logomaquia. Así que los misterios no están ahí para ser pensados como si la gnosis pudiera agotarlos, sino para ser creídos en su verdad. Y que un papa haya visto en los descubrimientos de la ciencia un atisbo de las verdades de fe, no es para escandalizarse, pues ya San Pablo dijo que «lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son perceptibles para la inteligencia a partir de la creación del mundo a través de sus obras» (Rom 1,20). Lo cual no justifica el abuso de una gnosis cientificista que pretende usurpar el lugar de la fe.

El creyente participa de lo que la ciencia, con su problematicidad a cuestas, le descubra del mundo, sin que eso le sirva de obstáculo para la fe. Lo que rechaza es una ciencia que pretenda ser la explicación última de la realidad. Los creyentes cristianos tienen por verdad de fe que Dios es creador y señor del universo, y la ciencia no tiene modo científico de discutir esa verdad. Verdad de vida, no de aniquilación.
                                                               

José María Martínez Taboada

Un comentario

  • Estimado José María: no sabes la alegría que he tenido al abrir La Plazuela y encontrarme una contestación contundente, además viniendo expresamente de ti. No creo poder comentar en 200 palabras todas tus reflexiones, ni que merezcan tan poca atención, pero aclaro mi postura por si se ha malinterpretado. A mí no me interesa hablar de la existencia de Dios o sobre la fe de cada uno, todo eso ya lo teníamos claro (eso sostengo) en esta parte del mundo. Yo a lo que voy es a lo que puede hacer o no hacer la ciencia. Precisamente lo que estoy denunciando en esta serie de artículos es el cientificismo, que entiendo como el alegato a la ciencia por encima de lo que es o lo que le compete, exclusivamente por parte de personajes que acaban de aparecer, con intenciones, en mi opinión, poco claras: la falacia y peligro de ciertas tendencias ajenas a nuestra cultura que vienen de sitios donde solo han servido para enrarecer la sociedad. Creo que merece la pena hacer un pequeño artículo comentando el tuyo antes de seguir con la serie. Por supuesto, el bar o la sobremesa, cuando quieras (siempre dispuesto a aprender). Abrazo!!

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