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Nueva carta a los Reyes Magos

Después de un año tan convulso, podría parecer más oportuno recordar algunos de los acontecimientos que han conmocionado a la sociedad española durante 2017. Sin embargo, el hastío y el hartazgo que produce recrear historias y desgracias —con la tristeza añadida de incluir en el resumen a ilustres personajes que han pasado a mejor vida—, me ha hecho desistir. Mejor pasar página y confiar en que el 2018 nos ofrezca un panorama más despejado políticamente, especialmente por el noreste de la península.

Por lo tanto, una vez más, me he acordado de los Reyes Magos, guiados por esa estrella que ilusiona y que no guarda parecido alguno con la estrella Michelin que ya luce un conocido restaurante de la Ciudad del Doncel. Las peticiones que se han recibido hasta ahora, una vez filtradas convenientementelas solicitudes por cuestiones de espacio, son las que aparecen a continuación. Sus Majestades de Oriente es muy probable que reclamen el estatuto del refugiado antes de volver, pero antes dejarán estos regalitos —y también algunos recaditos— a los protagonistas de la política, la sociedad, la cultura y el deporte.

Felipe VI: Otra dosis de paciencia, las memorias del Conde de Godó en fascículos de “La Vanguardia” y los capítulos de la nueva temporada de “Juego de Tronos”.

Doña Letizia: Unas botellas de sidra “El Gaitero”, famosa en el mundo entero. El cava del Penedés le hace cada vez menos gracia.

Don Juan Carlos: La guía de los restaurantes españoles con nuevas estrellas Michelin y mención destacada al restaurante “El Doncel” de Sigüenza.

Mariano Rajoy: Algún producto estimulante, para que espabile y no se duerma. Y unas zapatillas deportivas para correr por los jardines de la Moncloa.

Soraya Sáenz de Santamaría: No ha tenido tiempo de escribir la carta a los Reyes por culpa precisamente de Mariano, que no para de ponerle deberes. Con cualquier detallito sería suficiente.

Pedro Sánchez: Deberían de traerle la última edición de “Tú vales más de lo que piensas”, para que no decaiga su autoestima. Ha vuelto a las andadas del “no es no” y llora cuando tiene que pactar acuerdos de Estado con el actual gobierno.

Albert Rivera: Con el cupo vasco ya aprobado, pide ahora unos juegos reunidos para Cataluña, aunque no consigue sentar en la misma mesa a los dirigentes de otros partidos.

Pablo Iglesias: Con el secretario general de Podemos tenemos un problema de principios. No quiere saber nada de los reyes —ni de los magos ni de los otros—, así que mejor que su regalo se lo den ustedes a Íñigo Errejón, que tiene más cara de niño.

Carles Puigdemont: Repetir 155 veces esta frase: “he sido muy malo, pero no volveré a pasarme las leyes por el arco del triunfo, ni llevaré a la ruina a Cataluña”. Otras 155 veces y en francés: “el que la hace la paga”.

Oriol Junqueras: Las obras completas de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz comentadas por la monja Sor Lucía Caram. Y un chándal para salir al patio.

Ada Colau: Una guía turística actualizada de Barcelona, pues la antigua no incluye las nuevas ofertas turísticas. Aunque tampoco sabe muy bien a qué carta quedarse. Empeñada en agradar, por la mañana dice una cosa y por la tarde otra.

Susana Díaz: Los “grandes éxitos” de Manolo Escobar y los “pequeños fracasos” del actual secretario general de su partido.

Artur Mas: Un cartel con la “estelada” y la siguiente inscripción: “más vale pedir que robar (que ya han robado bastante), háganme el favor de darme ‘argo’ para pagar la fianza y no ir a la trena”.

Gabriel Rufián: La zambomba, un ticket descuento en tiendas de disfraces y, de propina, algún libro sobre la prehistoria y la cultura neandertal en el que pueda sentirse retratado.

Emiliano García-Page: Una edición corregida del mapa de Guadalajara, en el que no aparezcan los molinos de viento ni los quesos de La Mancha.

María Dolores de Cospedal: Más soldaditos de plomo. Y varias tanquetas de chocolate en miniatura para asustar a Marta Rovira y a sus correligionarios.

José Luis Rodríguez Zapatero: Una guayabera, para lucirla cuando viaja a Venezuela para visitar a Nicolás Maduro.

Manuela Carmena: Señales de tráfico que prohíban el cambio de sentido de los peatones en el centro de Madrid y algún manual de buena conducta para repartir entre los miembros más ultras de la policía.

Cristiano Ronaldo: Dice que ya no le regalen más balones. Ahora, mejor pañales y ropita para sus criaturas.

Leo Messi: Este no se cansa nunca. Quiere más balones y un campo de fútbol para el solo.

Gerard Piqué: Una bandera española firmada por Sergio Ramos y una camiseta dedicada de Álvaro Arbeloa, con el dorsal 155.

Ignacio González: Un viaje “gratis total” por Colombia y otros países de Hispanoamérica, buscando inversiones y nuevas ideas para el Canal de Isabel  II.

Amancio Ortega: Nada, que ya tiene de todo. Si acaso, unos calcetines y unos tirantes.

Donald Trump: Un libro que tenga poco texto y muchas fotografías.Hay que vencer poco a poco su rechazo a la lectura. 

Nicolás Maduro: Un puzle de tan solo dos piezas, un megáfono rojo y un disco con la música de los caballitos.

Turull y Rull: Sardanas, un reportaje fotográfico sobre el penal de Estremera y la versión catalana de los temas “El miedo es libre” y “¿Quién pagará los destrozos?”.

Desigualdad

Voy a escribir este artículo para pensar un poco y concienciarme a mí mismo y a todas las personas que estén leyendo este artículo de lo mal que lo pasan los millones de niños y niñas que intentan sobrevivir en países en guerra o en la pobreza absoluta y mirar lo afortunado que soy de no vivir en las pésimas condiciones de vida en las que viven. A pesar de todos los baches que pasan son felices con lo poco que tienen y pienso que esa felicidad que no está en lo material es la que les hace salir adelante.

Me quiero centrar en los 300 mil niños soldado, que se alistan en el ejército para sobrevivir o son raptados e incluso vendidos por sus propios padres. También son utilizados como cocineros, mensajeros, esclavas sexuales, para realizar ataques suicidas...

Estas barbaridades, por no llamarlo de otra forma, ocurren en los siguientes países: Sudán, Siria, Israel, Afganistán, India, Myanmar, Tailandia, Filipinas, Colombia, Mali, Nigeria, Irak, Yemen, Somalia, Sudán del sur, República Democrática del Congo y República Centroafricana.

Ahora os voy a poner el caso de Deng Adut, el inspirador abogado que fue niño soldado.

Adut nació en Sudán (África) y con solamente 6 años de edad fue separado de su familia y reclutado por el Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán para ser un niño soldado. Durante esos años fue torturado de diferentes maneras, herido por una bala en la espalda, y tener tantos traumas psicológicos es un gran peso para un niño de tan solo 6 años hasta que con 15 años fue rescatado por la ONU y llegó como refugiado al país que hoy en día considera su hogar, Australia. Y después emigró a EEUU.

Con solo 16 años aprendió a leer en inglés por sí solo y aprovechó la oportunidad que le dieron de estudiar derecho. A pesar de la falta de recursos y vivir en un simple coche durante sus años de estudio consiguió trabajar de abogado en EEUU.

Y nosotros/as con tal cantidad de facilidades que tenemos hoy en día sabiendo que hay gente que lo pasa así de mal en el mundo.

No hablo sólo de los niños soldado sino también de los millones de personas que viven en países pobres que no tienen dinero ni para comer y se recorren muchísimos kilómetros para traer a su casa un poco de agua, en sus países no tienen colegios ni hospitales ni nada de nada y con pocos años algunos niños tienen que trabajar y van en busca de una vida más justa, ellos son los que de verdad se merecen una vida mucho mejor. A mí me impresiona que estas cosas ocurran todavía y que haya gente que no hace absolutamente nada por cambiarlo.

Ahora hay muchas maneras de ayudar donando dinero a organizaciones que se dedican a ayudar a estas personas como Unicef o Accem. A todos/as nos cuesta ponernos en la piel del pobre o en la de personas desafortunadas y pensar un poquito en esa gente que lo pasa tan mal.

Por favor, ayuda a los que lo necesitan más que tú y en un futuro las cosas cambiarán y esta gente tendrá una vida mejor si todo el mundo pone un poco de su parte.

Nacho Caballero Albacete
y Javier Rodrigo López

Sin tiempo para "aprender a aprender"

Una de las peores sensaciones que he llegado a tener es la de querer hacer algo, querer aprender, querer llevar a cabo un proyecto, querer escribir una canción, querer crear amistades, querer mantener las relaciones que ya tienes… y que todo eso se vea mermado por la falta de tiempo. Todos y todas la hemos padecido. Sin embargo, creo que es algo muy distinto cuando aún somos jóvenes y estamos en pleno desarrollo, más incluso cuando han aparecido unos nuevos factores, como la adicción a las nuevas tecnologías o las actividades extraescolares, que influyen tan negativamente en nosotros y nosotras.

No podemos negar que uno de los principales problemas reside en nuestra educación. Como adolescente español del siglo XXI puedo confirmar que existe un problema real  en el sistema educativo (y cualquiera que forme parte de él tendrá alguna queja que manifestar). Primero hablemos del temario que se imparte, el cual es imposible de dar en tan poco tiempo y, además, no está adaptado a nuestras necesidades.

Nos están convirtiendo en máquinas automáticas de memorizar, cuando lo que de verdad necesitamos es aprender a aprender.

Todo esto empeora cuando la metodología es anticuada e inútil. ¿De qué nos sirve hacer 30 ejercicios de 6 asignaturas diferentes en casa, si luego no entendemos por qué se hacen?

Me gusta comparar la forma de enseñar de algunos profesores como “un cubo lleno de conocimientos que arrojan a la pizarra de una forma tan brusca y descuidada que se resbalan y acaban en el suelo, derramados, inservibles, antes de que siquiera pudiéramos haberlos comprendido”. No desarrollamos adecuadamente nuestra creatividad ni todo nuestro potencial, y tampoco se cuenta nuestra experiencia previa, por lo que ocurre que a veces partimos desde cero (repitiendo mucho temario) o seguimos avanzando sin haber interiorizado los conocimientos básicos que nos habrían servido para poder entender lo nuevo.

Todo este problema en la educación, sumado al mal uso de las nuevas tecnologías y al número excesivo de actividades extraescolares, solo trae desgracias para nuestro desarrollo como personas. Esta es la razón por la cual la puntuación de España en el informe PISA es tan baja, y la misma por la que hay un porcentaje tan alto de abandono escolar. Queremos un sistema educativo adecuado a nosotros, la juventud, cuyas bases estén asentadas en el mundo moderno (con esto quiero decir que necesitamos una adecuada implementación de las nuevas tecnologías en el proceso de aprendizaje), con una metodología adaptada al estudiante de hoy, que permita desarrollar nuestras capacidades como ser humano, ya que actualmente no se potencian la creatividad ni el pensamiento propio, sino más bien que trabajemos como ovejitas en un rebaño, para hacer lo que haga el resto sin capacidad crítica para decidir si lo que hacemos está bien o no. Queremos crecer, aprender, vivir, pero necesitamos los medios adecuados.

A pesar de la extensión del tema, creo que he dejado clara mi postura (y la que tienen muchísimos estudiantes como yo) ante esta situación. Con esto llamo a la reflexión personal y a que nos planteemos de verdad si se está haciendo lo correcto.

Vivamos para aprender.

Nacho Caballero Albacete y Javier Rodrigo López.

Si quieres participar en el Espacio Joven de La Plazuela, dirígete al CIJ La Salamandra de Sigüenza

De Riofrío al Capital. Luchas NIMB y ética de Occidente

El 16 de septiembre aconteció en La Miñosa el encuentro “Espora”, impulsado por la asamblea Unión de Pela. Allí se inició un debate, inconcluso, cómo no, que me gustaría retomar en estas páginas, ampliándolo y profundizándolo hasta sus últimas consecuencias, que son muchas.

Se nos reprochaba (cordial y educadamente, que conste) a los integrantes de la asamblea Unión de Pela no estar comprometidos con las luchas en torno a la paralización de la macro-granja de cerdos en Riofrío. Lo cierto es que varias integrantes de la asamblea asistimos a las primeras reuniones. No podía ser de otra manera ya que compartimos la creencia en los impactos profundamente negativos que este tipo de instalaciones ocasionan en el medio ambiente, y de manera muy significativa en el medio en el que se asientan, en este caso Riofrío del Llano y alrededores.  Así que allí fuimos con nuestros planteamientos claros: “no” a las macro-granjas de cerdos.

En esas reuniones iniciales nos encontramos con una curiosa perspectiva. Lo que en ellas se planteaba era una negativa rotunda a la instalación de la macro-granja en Riofrío; pero sin cuestionar la macro-granja en sí como modelo de producción y las consecuencias que tal afirmación conlleva en los hábitos individuales de consumo. Una de nuestras intervenciones apuntó dos hechos importantes. En primer lugar que no sólo era cuestión de que no pusiesen la granja aquí, sino que esas granjas no deberían estar, si es que nos creemos nuestros propios argumentos, en ningún sitio. Si la granja genera malos olores, contaminación de aguas subterráneas, un volumen de purines difícil de gestionar de manera sostenible, y consume ingentes cantidades de agua... no la queremos en el término municipal de Riofrío ni en ningún otro. No queremos la granja en sí, esté donde esté. No queremos ese modelo de producción. Y en segundo lugar, como corolario a lo anterior, planteábamos que esas granjas existen porque luego venden la carne de cerdo a bajo precio en macro-tiendas. Y que si estamos contra las macro-granjas de cerdos (y lo estamos) no debemos seguir comprando los productos que generan, porque en último término que nosotras compremos es la razón de su existencia. En buena lógica, posicionarse contra las macro-granjas implica un cambio responsable en los hábitos de consumo.

Estos planteamientos fueron recogidos con frialdad y escepticismo por la mayoría de los asistentes. Se dijo que eso era mezclar las cosas y que había que centrarse en que no pusieran AQUÍ la granja. El sentir generalizado era un “aquí no”, mientras que nosotras (integrantes de asamblea Unión de Pela) planteábamos un “así no”. No entendíamos que se luchase por una causa sin asumir responsablemente lo que esa lucha implicaba en la vida diaria.

Posteriormente nuestros argumentos se apartaron definitivamente hasta el punto de que alguna reunión de la Plataforma contra la macro-granja ha acabado con una suculenta barbacoa... de carne barata de cerdo proveniente de alguna macro-granja, suponemos que lejana, para que no nos lleguen los olores a nosotros.

En el mundo anglosajón se ha acuñado un término para denominar esas luchas sociales que pretenden que los impactos ambientales generados por la industria no nos afecten directamente, pero que no cuestionan esas maneras de hacer las cosas siempre que los impactos recaigan en otros. Se denominan luchas NIMB, “Not In My Backyard”, traduciendo literalmente, “no en mi patio trasero”. Es un término verdaderamente certero. Los que siguen este planteamiento no cuestionan la acelerada producción de residuos a las que nos aboca la sociedad del ultraconsumo que padecemos, por ejemplo, pero lucharán a muerte si les quieren poner una incineradora al lado de casa; no intentan revertir el creciente consumo energético, pero de instalaciones de generación eléctrica en nuestro término municipal ni hablamos; no quieren dejar de comprar carne de cerdo tirada de precio en el Mercadona y nunca van a cuestionar el modelo que hace posible que esa carne esté ahí y esté a ese precio, pero consideran un ultraje la instalación de las granjas que hacen todo eso posible... en su patio trasero. Contraviniendo los principios éticos comunes a las religiones y  a los principios filosóficos más ilustrados, desde Jesús hasta Kant, pareciera que no nos importa que nuestro prójimo sufra aquello que no queremos para nosotros mismos. Las luchas NIMB son sencillamente una estafa ética. Es un “sálvese quien pueda” disfrazado de moralidad. No se lucha contra la causa de los problemas sino que se intenta librar uno de ellos endosándoselos al vecino. Lo explicaba maravillosamente Miguel Ángel del Olmo, miembro de la Plataforma Pueblos, Valle  y Salinas del Salado, en una entrevista reciente: “En Europa se hartaron de este tipo de negocio, lo trajeron a los países del sur [de Europa] y ahora las Comunidades Autónomas que lo padecen tratan de quitárselo de encima con legislaciones duras. Los proyectos emigran entonces a regiones que no les ponen impedimentos”. ¿Y adivinan ustedes dónde acabarán instaladas las macro-granjas de cerdos si logramos impedir que se instalen aquí? Pues sí, en algún país africano o asiático con pocos remilgos medioambientales. Y he aquí el núcleo de la cuestión. Veamos.

Poco podemos reprocharle a la lucha NIMB contra la macro-granja de Riofrío. En realidad todas vivimos en un proyecto de sociedad, si podemos llamarlo así, que es una gran hipocresía NIMB. Son nuestros modos de vida, conducidos inexorablemente por el modelo económico que nos gobierna, los que generan industrias nocivas cada vez más grandes, cada vez más numerosas y cada vez más lejos, para apartar de nuestra mirada sus deletéreas consecuencias. Lo queremos todo limpio, pero también queremos siempre más: más bienes, más dinero, más propiedades, más objetos y más barato. Y eso no es posible. Si tuviésemos en nuestro patio trasero las escandalosas consecuencias ambientales y políticas que nuestro modo de vida basado en el consumo acarrea para el planeta nos indignaríamos de tanta indignidad. Y eso podría ralentizar la máquina, y la economía no se lo puede permitir.

Nosotros, como buenos siervos, vamos desplazando las industrias más perniciosas desde el rico norte al pobre sur. Riofrío está en la ruta pero pronto el flujo histórico seguirá su curso. Y las granjas contaminantes se situarán finalmente en el mismo sitio en el que se encuentran las industrias más nocivas del planeta y los gigantescos vertederos de Occidente, a saber, en los países “en vías de desarrollo”, que por cierto llevan desarrollándose varias décadas pero siguen en el mismo sitio. De ese modo Occidente ya no sufrirá los efectos de la salvaje minería que posibilita nuestros juguetes tecnológicos, los mares esquilmados y contaminados que sustentan el pescado de nuestros platos y el trabajo en deplorables condiciones que permite los precios irrisorios de nuestros productos fabricados en el otro extremo del mundo. Ojos que no ven, corazón que no siente, como se suele decir. Sólo cuando la normalidad en el Tercer Mundo se asoma a nuestros patios traseros nos hacemos conscientes de las monstruosas consecuencias ambientales y políticas del modo de vida que seguimos. ¿Y ante tamaño desatino no tenemos más que decir que un “aquí no”? Es para preocuparse.

Decir “así no” implica comprometerse con los mercados locales, sostenibles y con bajo impacto ambiental. Es comprometerse con la reducción, el decrecimiento en casi todos los ámbitos bajo la premisa de que mucho es siempre demasiado y con poco debe ser suficiente. Es asumir que la felicidad no consiste en consumir de modo creciente y que cada artículo comprado conlleva una carga humana y ambiental que es imprescindible conocer; no podemos mirar hacia otro lado. Es, en definitiva, plantear una enmienda a la totalidad de esta fantasía milenarista en la que vivimos llamada capitalismo. Un sistema verdaderamente utópico, pues ostenta como premisa la necesidad de crecer siempre en un planeta irremediablemente finito. Y que se pone de perfil mientras se acumulan las consecuencias ambientales de su funcionamiento, desde la reducción drástica de la biodiversidad en los ecosistemas hasta el calentamiento global que ya estamos sufriendo en primera persona. ¿Hasta dónde llegará la degradación antes de la toma de conciencia de que es imprescindible vivir en equilibrio con la biosfera que nos acoge y de la que en último término dependemos como especie? ¿Cuándo nos daremos cuenta de que todo este tinglado criminal se basa en un mito, el del crecimiento acelerado y perpetuo, que nos llevará a la ruina ecológica en las próximas décadas? ¿Qué alternativas podemos poner sobre la mesa? En las respuestas a estas preguntas nos jugamos nuestro futuro y el de todas las personas que vengan después. Reflexiona, actúa, cultiva patatas por lo que pueda venir... Y, por favor, si no quieres macro-granjas de cerdos, empieza por dejar de consumir los productos envenenados que generan.

Entre certezas y falsedades

Lo que antes llamábamos montajes o historias inventadas ahora lo denominamos con uno de los muchos anglicismos que nos invaden: “fakes”. Queda como más “cool”, pero no deja de ser lo mismo. Se trata de distorsionar la realidad, crear informaciones falsas y presentarlas como verdaderas, aprovechando las facilidades que ofrecen para ello Internet y las redes sociales.

El problema ya no es la proliferación de tantas falsedades, sino cómo evitar que se propaguen, incluso que se presenten como noticias reales informaciones manipuladas hábilmente para que sean reproducidas en los medios de información convencionales. Luchar contra los bulos y los rumores provoca, además, un estado de indefensión que desemboca en situaciones a veces rocambolescas.

Los avisos de que es un montaje –la palabra “fake” parece que le resta importancia al problema– puede evitar males mayores, sin embargo difícilmente consigue erradicar el daño ya ocasionado. Los controles tampoco están dando por el momento demasiados resultados, pues cualquiera es libre –con nombre falso  o usurpando la identidad de otra persona– de mentir y de alarmar sobre una realidad conflictiva, como la que estamos viviendo en Cataluña.

Por otra parte, la realidad actual, como es fácilmente constatable, pone en evidencia la labor clarificadora de los encargados de defender el buen uso del idioma. No hay más que darse una vuelta por Internet o hacer una pequeña escala en Twitter, Facebook para darse cuenta del mal uso del idioma y de la precariedad de recursos a la hora de exponer las opiniones y argumentos por parte de muchos usuarios. Comentar de oídas está incluso bien visto.

Pero lo realmente preocupante es la invasión de falsedades o informaciones tergiversadas que se “venden” como auténticas. En medio del caos, algunos aprovechan la oportunidad de atacar con mensajes inventados. Durante los incendios de Galicia, se dio como auténtica una información que adjudicaba a bomberos portugueses –que bastante tenían con sofocar el fuego dentro de su país– el trabajo que estaban haciendo los retenes y brigadas españoles.

Es cierto que esas informaciones fueron desmentidas, pero aun así todavía se sostiene la idea de que el Gobierno español no estuvo a la altura de las circunstancias, como sí lo habrían estado las autoridades portuguesas, que supuestamente habrían suplido el trabajo que aquí no se estaba haciendo.

Podría poner miles de ejemplos, pero no sé si merece la pena. Me voy a conformar con mencionar el extraño bulo que corrió el pasado verano, dentro del espacio geográfico de Paredes de Sigüenza, Barcones y aledaños. Se desató la alarma de que una pantera había hecho acto de presencia en medio de una rastrojera, como si alguien la hubiera traído en la maleta desde las sabanas de África. ¡Qué bonita historia para entretener a los vecinos de la comarca!

La persona que dijo haber visto a la pantera y que incluso de forma borrosa consiguió inmortalizarla en una foto –instantánea fotográfica que mostraba orgulloso mientras era entrevistado en una televisión local–, insistía en que él había conocido a muchos gatos en su vida, pero que el animal de cuatro patas que vio en los rastrojos era un felino demasiado grande. Mayor que un gato montés.

La historia de “la pantera” no parecía muy creíble, pero el miedo guarda la viña. Mucha gente acabó creyéndose la historia. Así, con este tipo de sucesos sin confirmar –o mejor dicho, con ese extraño avistamiento que corría de boca en  boca–, se construyó la antesala de la noticia. Una serpiente de verano para animar las tertulias.

Está claro que la pantera supuestamente avistada en los campos del norte de Guadalajara nunca debería de haber ocupado espacios destacados de televisiones, periódicos y radios locales. Pero los ocupó y se convirtió en la noticia más comentada entre la opinión pública durante aquellos días.

Les he contado esta historia, que por cierto nadie se molestó luego en desmentir, como podía haberles contado otras muchas que ocurren en las ciudades, aunque sus protagonistas suelen ser otro tipo de “animalitos”. Lo más próximo que recuerdo es el supuesto idilio de la presentadora y modelo Paula Vázquez y el secretario general de Podemos, Pablo Iglesias. Aquí si se produjo el desmentido por una de las partes, pero el rumor siguió agrandándose y la presunta pareja fue objeto de críticas y bromas en las redes sociales.

Aunque hayan pasado ya casi veinte años –creo que fue en enero de 1990–, corrió el bulo de que la actriz y Miss Universo, Amparo Muñoz, estaba ingresada en el Hospital Clínico de Madrid, luchando contra los anticuerpos del Sida.

Lo había publicado un periódico madrileño. Me tocó indagar y hacer las correspondientes pesquisas para el semanario “Tribuna” en el que entonces trabajaba, recorrí el Hospital de arriba abajo, visité la planta de los enfermos de Sida hasta comprobar que la actriz no estaba ingresada en ese  centro hospitalario.

Años después la víctima de otro bulo muy parecido sería Miguel Bosé y anteriormente Camilo Sexto. En este país de cotillas este tipo de maldades se extienden como la pólvora. Nadie parece tener en cuenta el daño que se ocasiona a las víctimas. Y menos mal que Amparo Muñoz rentabilizó la historia y le vendió por unos cuantos millones al “Hola” la exclusiva de que estaba en perfecto estado de salud.

Pero como la mujer a la que un policía le había partido todos los dedos de la mano durante el referéndum ilegal de Barcelona del 1 de octubre, o como los más de ochocientos heridos en las calles de la Ciudad Condal, que no aparecieron nunca, o los fotomontajes de la represión policial –para ellos “represión franquista”– que se hacían y se siguen haciendo con imágenes de archivo.

Pasen y vean, el engaño está servido.