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¿Hasta cuando?

Llevaba años pensando escribir este artículo, pero este agosto, después de visitar dos veces el cuartel de la Guardia Civil para interponer sendas denuncias, me he decidido: de este año no pasa. Me hierve la sangre, advierto.

Comenzaré explicando los motivos inmediatos de esta ira que me corroe. Miércoles, 16 de agosto, diez de la mañana: al salir de casa advierto que en la fachada sur de mi vivienda algún artista ha realizado una pintada en varios colores que ocupa dos de las paredes del patio anexo y cuyo significado he sido incapaz de descifrar. Me voy directamente al cuartel.

Jueves 17 de agosto, nueve y media de la mañana: me asomo al balcón y descubro que el mástil de hierro de una de las dos papeleras instaladas en un pequeño espacio de suelo municipal ha sido partido, la papelera ha desaparecido y su contenido esparcido por toda la calle. Me voy directamente al cuartel.
En ambos casos, ante la pregunta del agente “¿sospecha usted de alguien?” no he tenido el menor remilgo en contestar que yo no he visto nada pero que sospecho de los componentes de alguna de las peñas ubicadas en mi barrio; si los veo orinar en cualquier parte, hacer barbacoas en plena calle y vociferar como posesos a altas horas de la noche, los considero perfectamente capaces de ser autores de los hechos mencionados.

Jueves 17 de agosto, una y media de la tarde: me informa mi suegro que durante las fiestas han roto los espejos retrovisores de los coches estacionados en la calle Villegas. Otro clásico del verano. 

Viernes, 18 de agosto: a doscientos metros de mi casa, ante la puerta de una de las peñas, tirada en el suelo, descubro la papelera rota y robada llena de botellas de refresco vacías. Sospecha confirmada. Me voy directamente al cuartel.

Hasta aquí los hechos delictivos. Pasemos a otras consideraciones.

Las peñas. Quien conozca La Rioja, Navarra o el País Vasco sabrá que en esas tierras las peñas funcionan durante todo el año, tienen unos atractivos locales donde celebran certámenes gastronómicos, promueven actividades deportivas y culturales y organizan viajes y excursiones. Aquí, salvo honrosas excepciones, los locales parecen competir en fealdad, no disponen de servicios higiénicos –mucho menos para minusválidos– ni cocina equipada con los servicios que requiere un establecimiento de hostelería; su único objetivo parece ser armar mucho ruido a todas horas, especialmente durante la noche, ensuciar las calles con orines, vomitonas y bebidas derramadas y consumir alcohol masivamente. Me pregunto si es que durante todo el año no beben y esperan a estos días para saciarse o, por el contrario, es un hábito muy arraigado durante los fines de semana que alcanza su culmen en estas fechas festivas. En cualquier caso es un grave problema que apenas se ha abordado, ni en el seno de las familias, ni en los colegios ni desde el Ayuntamiento.

Continúo con las peñas. Todos los veranos escucho o leo en los medios de comunicación aquello de que “las peñas son el alma de las fiestas”. Discrepo radicalmente: la palabra ALMA, que procede del verbo latino alo, alere (alimentar, nutrir) significa “alimentador, nutricio”; por tanto, el alma de las fiestas somos los ciudadanos que con nuestros impuestos alimentamos el presupuesto municipal para estos festejos. A ver si nos aclaramos. Sinceramente, no le veo gran mérito a barrer un local –habitualmente cochambroso–, llenarlo de burdas pintadas, desfilar ebrios y vociferantes por las calles y acudir a contemplar por la tarde la ejecución pública de unas reses.

Supongo que a estas alturas del artículo más de uno estará diciendo: “Pues si no te gustan las fiestas, te largas; eres un bicho raro, un excéntrico y un snob”. Pero, ¿por qué me tengo yo que ir si vivo aquí, aquí están mi casa y mi familia y en Sigüenza se está divinamente en verano?
Los toros. No voy a entrar en el debate de si deben celebrarse o no festejos taurinos; a lo que voy es a su financiación: ¿por qué hemos de asumir todos los ciudadanos los gastos –los más abultados de todo el programa festivo– de unas celebraciones que no a todos les placen? Con el presupuesto de los toros podrían mejorarse –y mucho– las actuaciones musicales, las representaciones de teatro, las competiciones deportivas.... Quien quiera toros, que los pague.

Que una comisión de las peñas se constituya en empresa taurina, alquile la plaza al Ayuntamiento, organice los servicios sanitarios y de seguridad y asuma la responsabilidad de organizar el cartel. Y punto.

La cabalgata de fiestas. Nunca he entendido el derroche que suponen los desfiles, aunque debo reconocer que los hay muy vistosos. Pero organizar un desfile con carrozas supone dinero, tiempo y arte. Nada de eso se aprecia en el de aquí, que me parece, sencillamente, grotesco; un quiero y no puedo, una paletada.

La reina y sus damas. Me resulta sexista, desfasado y propio de los tiempos del tardofranquismo. Propongo sustituir el acto de presentación por un homenaje a las personas que más se hallan distinguido por una labor social, cultural o deportiva.

Las actuaciones musicales. Mientras toda España bulle de festivales de música, de cine, de teatro... que dejan sus buenos ingresos al municipio organizador, aquí seguimos con la charanga a todas horas y actuaciones de viejas glorias del siglo pasado. No estoy criticando a las charangas ni a las viejas glorias, lo que quiero decir es que podría haber actuaciones musicales de un nivel acorde con nuestra noble y distinguida ciudad.

Por todo lo expuesto, me pregunto, emulando a Cicerón: ¿Hasta cuándo la corporación municipal abusará de nuestra paciencia, del mal gusto y de nuestro dinero?

Lo mejor, sin duda, los fuegos artificiales; propongo espectáculos pirotécnicos para todas las noches de fiestas. Sin duda, son más baratos que los toros, más bellos y no se derrama sangre.

Sugiero a LA PLAZUELA la organización de un debate acerca de estos y otros aspectos en torno a las fiestas patronales en el que estuvieran representados las peñas, la corporación municipal y, por supuesto, cualquier ciudadano que lo desee. A su disposición queda la Ludoteca-Bar Arévacon para su celebración.

Dixi (he dicho)

Alberto Olmeda

Catedrático de Latín

Lecturas recomendables y víctimas inocentes

Repaso las lecturas de este verano y me doy cuenta de que he pasado buena parte de mi tiempo libre sumergido en tres historias ambientadas en la Guerra Civil. Entre la realidad y la ficción, con visiones y perspectivas distintas, entre héroes y villanos, pero, eso sí, teniendo siempre como hilo conductor el enfrentamiento de las dos Españas. En cada uno de esos tres libros –“El monarca de las sombras”, “Recordarán tu nombre” y “Banderas en la niebla”– de los que hablaré a continuación hay argumentos suficientes para dejar clara la sinrazón de aquel enfrentamiento. Elementos que desembocan en la frustración de ver a tantos jóvenes perder la vida en campos de batalla, sin saber muy bien por qué luchaban.

Comencé las vacaciones leyendo “El monarca de las sombras” (Editorial Random House) de Javier Cercas, que me habían regalado mis hijos el Día Padre. Después de haber disfrutado con la lectura de “Soldados de Salamina”, quería conocer esta nueva novela, donde Javier Cercas afronta la asignatura pendiente de contar la historia de su tío abuelo, Manuel Mena, voluntario requeté, que falleció a los 21 años en la batalla del Ebro.

La memoria familiar de Javier Cercas y las circunstancias que se vivieron hace ochenta años en un pequeño pueblo de Cáceres, sobre las que se había extendido una especie de pacto de silencio, me hicieron recordar una historia similar que marcó la vida de la familia de mi madre. El Manuel de “El monarca de las sombras” se llamaba en este caso Victoriano, un joven alegre y despierto que también se fue voluntario con los requetés y que ya nunca volvió. Tenía 19 años y murió en Belchite (Teruel), sin que pudiéramos saber dónde estaba enterrado para recuperar su cadáver.

La foto de mi tío, hermano de mi madre, permaneció durante muchos años en el comedor de la casa del pueblo, enmarcada en negro, el mismo color que desde su muerte llevaría la abuela Dionisia. Mi madre, en algunos momentos señalados, me hablaba del “tío Victoriano”, de lo trabajador que era y de lo mucho que le gustaba ir de caza. Dentro de su tristeza, con el recuerdo siempre presente del hermano abatido y a modo de consuelo, se alegraba de que yo fuera portador de algunos rasgos de su carácter. Cuando volvía a casa con algún conejo o unos kilos de cangrejos del río, recuerdo que mi madre le decía a la abuela: “Mira, este chico es igual que era su tío Victoriano”.

Por supuesto, como ocurrió con Manuel Mena y tantos “victorianos” que lucharon en uno y otro bando, apenas sabían cuáles eran los objetivos y los ideales por los que luchaban. Vidas truncadas en el campo de batalla, con madres y hermanos intentando recordar a sus héroes caídos sin levantar la voz, sufriendo en silencio o incluso ocultando a las nuevas generaciones los desastres de esa guerra entre españoles.

La siguiente novela que he leído este pasado verano ha sido “Recordarán tu nombre” (Editorial Destino), de Lorenzo Silva, otro de mis autores favoritos. La historia que narra el escritor tiene como protagonista al general Aranguren, máximo responsable de la Guardia Civil en Barcelona, durante la Guerra Civil. Nacido en Ferrol y bien relacionado con la familia de Franco, al que conoció además en las guerras de África, decidió permanecer leal al gobierno de la República, aunque ello le costara después de la contienda la muerte, previo juicio militar, con la sentencia ya firmada de antemano.

La recreación de la vida del general Aranguren, otro de tantos héroes olvidados, ayuda a conocer mejor el carácter de este militar, adscrito luego a la Guardia Civil, y su concepto de la lealtad. Lorenzo Silva aporta una extensa documentación sobre el general republicano, así como testimonios de sus nietos y de personas que le conocieron desde principios de siglo hasta el levantamiento militar.

El tercer libro leído este verano, durante las postrimerías vacacionales, ha sido “Banderas en la niebla” (Editorial Plaza&Janés), de Javier Reverte. Aunque haya sido el último de esta trilogía “guerracivilista”, no tiene nada que envidiar a los dos anteriores. Es más, consigue captar mejor la atención desde las primeras líneas y mantiene el interés hasta la última página.

En lugar de centrarse en la historia de un solo personaje, como hacen Javier Cercas y Lorenzo Silva, el periodista y escritor Javier Reverte elige a dos jóvenes combatientes en la Guerra Civil: uno por cada bando y de orígenes y perfiles claramente opuestos, aunque acaben luego unidos por la misma suerte. O mejor dicho, por la misma desgracia.

José García Carranza, “El Algabeño”, es un torero andaluz, triunfador en el ruedo y en las alcobas de la nobleza, que se alista en el bando nacional y que disfruta matando campesinos, lo mismo que si fueran animales en una plaza de toros. Nada que ver con el perfil del otro protagonista de “Banderas en la niebla”, John Cornford: buen estudiante, nieto de Charles Darwin, que abandona la universidad de Cambridge para apuntarse a las Brigadas Internacionales. Cruza la frontera y apenas tiene tiempo, entre los disparos, de darse cuenta de la realidad española de entonces.

Lucha y sufre por defender sus ideales de democracia y libertad, desde una posición de izquierdas, y convencido de que la victoria en la guerra española acabaría con los movimientos nazis y fascistas en Alemania e Italia. Antagónicos, claramente opuestos en ideas y conceptos vitales, a los dos les espera el mismo destino en las sierras jienenses de Lopera.

La reflexión que se me ocurre después de recorrer los senderos de las tres novelas es la siguiente: la guerra civil terminó hace casi ochenta años y apenas quedan ya testigos directos de esa lamentable contienda. Entonces, ¿por qué no somos capaces de recordar lo que pasó sin buscar culpables entre sus herederos, entre quienes hemos pagado, de una o de otra manera, sus terribles consecuencias?

La mediocridad como bandera

Encuentro de tres reconocidos escritores, miembros los tres de la Real Academia de la Lengua, con una brillante trayectoria literaria a sus espaldas y también con una indudable capacidad para exponer libremente lo que piensan, aunque el ejercicio de esa libertad de pensamiento provoque reacciones exacerbadas y críticas furibundas entre quienes han convertido la intolerancia y el insulto en sus deportes favoritos. Mario Vargas Llosa, Javier Marías y Arturo Pérez Reverte dialogan entre ellos sobre diferentes cuestiones y ponen de manifiesto su disconformidad con algunas situaciones de la realidad que estamos viviendo. Entre sus interesantes reflexiones, recogidas –y luego resumidas, supongo–, en el suplemento dominical del Grupo Vocento (XL Semanal), me quedo con la que se hacía Arturo Pérez Reverte en torno a nuestro actual sistema educativo.

En su opinión, el talento está en desuso y no conviene airearlo ni estimularlo demasiado para que así los mediocres puedan sentirse menos marginados. Qué no sufran la incomodidad de verse inferiores. Pero prefiero transcribir las palabras textuales de Pérez Reverte, y que cada uno las interprete después como quiera. El escritor decía lo siguiente: “Todo el sistema está creado para machacar cualquier destello de brillantez, de inteligencia o de independencia, para que ese niño no deje a los torpes atrás. ¿Os dais cuenta del descrédito que la élite tiene y del acoso que hay?”.

A partir de aquí, uno se pregunta si esta apreciación del escritor y académico –autor de “El capitán Alatriste”– no debería aplicarse también a otros ámbitos y esferas de la sociedad española. Observar y comprobar si no estaremos convirtiendo este “elogio de la mediocridad” en una referencia para alcanzar el éxito en una carrera política, subir peldaños en una empresa o conseguir metas que nos parecían reservadas a los más inteligentes y mejor preparados.

En los tiempos que corren, denunciar este tipo de situaciones no está bien visto. El concepto de igualdad –muchas veces mal entendido– choca con la absurda pretensión de querer poner a cada uno en el sitio que le corresponde, en función del esfuerzo realizado y de los méritos contraídos. Dice también Pérez Reverte, muy clarito y sin pelos en la lengua, que “como los suspensos traumatizan, pues todos iguales en la mediocridad”.

Tampoco hay que ser tan exigentes –esto lo digo yo– en las evaluaciones, y pensar que los alumnos que están por debajo del listón pueden tirar para adelante con algunos suspensos detrás. Los malos estudiantes consiguen a veces metas que nadie, en un país serio, podría imaginar.

La demostración más clara de esta anomalía democrática, contagiada por una deficiente formación, es el creciente número de ignorantes y mediocres que ocupan escaños en el Congreso de los Diputados y el Senado, sin olvidar a ese otro colectivo de expertos agitadores que da lecciones y amenaza –aunque lo haga con faltas garrafales de ortografía– en las redes sociales. El relativismo es un concepto que está de moda, mientras se cuestionan los méritos y el talento de los más preparados. Aunque afortunadamente la lógica se impone, algunos se empeñan en obstaculizar que sean los mejores quienes terminen imponiendo su criterio o que lideren a una mayoría abrumadora formada en la ley del mínimo esfuerzo y en esa mediocridad de la que habla Pérez Reverte nacida de un sistema educativo poco exigente.

El problema que se plantea en nuestro país, cuando los mediocres alcanzan ciertas cotas de poder, es el siguiente: un profesional poco preparado al frente de una compañía, de un departamento o incluso de un ministerio procura siempre rodearse de colaboradores escasamente cualificados, con el fin de ocultar sus propias carencias. Sin embargo, también existe un dicho muy popular y bastante gráfico que nos recuerda las vergüenzas que exhiben los monos a medida que van trepando hacia lo alto del árbol.

Lo políticamente correcto en España es gritar desde un atril, tras la victoria en unas elecciones primarias: gracias, gracias, gracias compañeros y compañeras, gracias ciudadanos y ciudadanas, gracias afiliados y afiliadas, gracias amigos y amigas, colaboradores y colaboradoras… Muchas gracias. Y así hasta que el vencedor se cansa de no decir nada. Estamos tan acostumbrados –por no decir inmunizados–, a la hora de escuchar discursos e intervenciones en los que el orador muestra serias dificultades para unir de forma correcta sujeto, verbo y predicado que ya casi ni no fijamos. Cada vez cuesta más escandalizarse por las patadas que le propinan al diccionario aquellos que deberían dar ejemplo en lugar de desahogarse en las redes sociales poniendo a parir al adversario.

Porque otra peculiaridad que se observa en el panorama político español actual es poner a caldo a todo aquel que piensa de distinta manera –incluso dentro del propio partido – y hacerlo sin piedad, con una inquina que debería hacernos reflexionar. La agresividad en el debate político empieza a ser  preocupante. Como también me parece preocupante la indignación que provoca en algunos sujetos –al menos así lo manifiestan en sus mensajes– cualquier metedura de pata de un ciudadano anónimo, al que ni siquiera conocen, ni saben realmente cómo piensa. Sobran las amenazas, las puñaladas traperas y los ataques al honor. Faltan, sin embargo, argumentos, análisis sosegados y críticas fundadas.

El debate en España, sobre todo el que tiene lugar en las redes sociales –Twitter y Facebook, fundamentalmente–, está llegando a unos límites verdaderamente insoportables. Y esa agresividad no se queda ahí, sino que se traslada también a la calle.

Solicitud de peatonalización del casco medieval de Sigüenza

Los regentes del restaurante Gurugú de la Plazuela están recogiendo firmas solicitando la peatonalización del casco medieval de Sigüenza. El desencadenante de esta acción ha sido la denegación por parte del Ayuntamiento de Sigüenza del permiso de montar una terraza alegando el peligro por el paso de los coches. Considerarn que la viabilidad del negocio y de sus trabajadores depende de ello y no entienden que se haya denegado el permiso para una terraza que llevaba mucho tiempo abierta en las temporadas veraniegas.

En un escrito señalan que "la prohibición de la instalación de la terraza de verano a la Taberna Gurugú de la Plazuela, alegando que es una terraza peligrosa al ser una zona de circulación de vehículos, nos ha hecho programar una serie de acciones reivindicativas para poder lograr hacer ver al Ayuntamiento de Sigüenza la necesidad urgente de la peatonalización del casco medieval. Esta prohibición supone un grave riesgo a nuestro negocio y un grave peligro para los trabajadores. La falta de ingresos de la terraza, puede hacer inviable este negocio, un establecimiento gastronómico y cultural, que en estos 10 años ha dado una imagen de calidad a cualquier visitante. Son solamente 16 sillas, con 8 mesas junto al muro de la Plazuela. No entendemos la respuesta del Ayuntamiento a una terraza que venía instalándose en los últimos 10 años de existencia de Gurugu de la Plazuela y en otros tantos con los anteriores propietarios. Parece que la ayuda a los emprendedores no es el objetivo de nuestro Alcalde. Además no entendemos como en años anteriores dio el visto bueno y en éste, sin ningún cambio, la prohíbe.  Toda esta falta de diálogo nos ha llevado a realizar una campaña por la peatonalización del casco medieval, en donde los coches no sean los prioritarios y lo prioritario sean los peatones (seguntinos o visitantes), los vecinos (proponiendo alternativas) y los negocios. Llevamos incidiendo sobre este tema desde hace ya 10 años y a esta fecha no se ha hecho ninguna acción para intentar solucionarlo. No lo entiende nadie y menos los turistas que ven nuestro casco medieval con coches y teniendo que subirse a los portales para evitar atropellos. Ya está bien, Sr. Alcalde. Por ello, esta primera acción, la recogida de firmas. Nuestro objetivo son 5000 firmas, los habitantes de Sigüenza. Nos gustaría que tras esta iniciativa, recibamos otros apoyos de instituciones, asociaciones y particulares. Iremos informando a cada colectivo nuestra posición y esperamos su apoyo. Creemos que sólo así nuestro Ayuntamiento se hará eco de esta situación penosa. Muchas gracias a todos los que nos apoyan y esperamos que con estas acciones entiendan que no es algo personal contra nadie, sino una reivindicación que creemos justa y con la que solo hemos recibido negativas por parte del equipo de gobierno, dirigido por el Sr. Latre".


Finalizan el escrito con un fragmento de un poema dedicado al Semáforo del escritor Manuel Enríquez (Premio TIFLOS ONCE):

Y cenar tranquilamente
disfrutando la ciudad
a la luz de las estrellas
en la parte medieval
de esta ciudad que es tan bella
escuchando solamente
el correr de los chiquillos
viniendo desde el pinar
el canto alegre de un grillo.

Aquellos que estén de acuerdo con esta petición pueden firmar en el propio establecimiento o en la página www.change.org

El último que apague la luz

El título de este comentario viene a cuento de la historia que me contaba hace algunos días un amigo del gimnasio, de ascendencia turolense. El pueblo de su madre, según ella misma le había confesado, dejo de existir por culpa de las desavenencias que provocó la llegada de la luz eléctrica por primera vez a sus casas.

Cada vivienda tenía derecho a dos bombillas y la factura por el consumo total de electricidad del pueblo la pagaban a partes iguales entre todos los vecinos. ¿Problema? Pues que la luz no se apagaba con la misma diligencia en unos hogares y en otros, pese a que todos tenían que apoquinar la misma cuota.

Aquella situación, según mi compañero Pablo, provocó gran división y enfrentamiento entre los vecinos. “Fulanito tiene la luz encendida todo la noche,   y paga lo mismo que quienes sólo la encendemos de vez en cuando”. Antes de que pudieran instalarse contadores individuales, la mitad de los lugareños se había peleado contra la otra mitad. Muchos acabaron dejando el pueblo, llevándose hasta las tejas y las piedras de las casas, para instalarse en otras poblaciones o en la gran ciudad.

Es muy probable que al último paisano en abandonar el pueblo le tocara apagar la luz. Y la oscuridad volvería a adueñarse de aquel entorno, como de tantos otros, dejando en tinieblas las pocas esperanzas que le habían ido quedando al mundo rural en nuestro país.

El siempre querido y recordado José Antonio Labordeta le ponía música y letra a este éxodo rural, que se ha ido acentuando en los últimos años, aunque algunos políticos se empeñen en “vendernos” iniciativas de desarrollo integral para la recuperación de la población rural. Hay una canción  de Labordeta,

“Arremójate la tripa”, que dice cosas como estas:
“De cien vecinos que éramos ya solo quedamos dos,
Don Florencio que es el amo y un seguro servidor
Don Florencio vive en Huesca, aquí sólo quedo yo
Con una cabra mochales, una gaita y un tambor
Un día cojo la cabra la trompeta y el tambor
Y me voy  a Zaragoza y que pregone el patrón” (…)

Los seguidores del bigotudo cantautor aragonés, que paseó su mochila y su curiosidad por esa España en peligro de extinción, recordarán también el siguiente estribillo, aunque quizás no sea el más oportuno ahora, tras la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca:

“Los hijos de la María se han marchado a Nueva York,
Uno trabaja de negro, otro de indio en un salón”

Pero, vayamos a lo que nos ocupa. La despoblación rural no es un fenómeno novedoso. Ni mucho menos. El problema viene arrastrándose desde los años sesenta. Las ciudades fueron expandiéndose, se crearon nuevos focos industriales y se generaron oportunidades y expectativas para las gentes del campo.

Aquella mano de obra barata —lo que hoy llamaríamos empleo precario— no permitía a las familias recién llegadas a los extrarradios de las grandes ciudades muchas alegrías, pero sí soñar con horizontes más despejados que los de una economía de supervivencia que habían tenido en el campo.

Mi buen amigo y colega Antonio M. Yagüe —natural de Labros y estimado valedor de las justas reivindicaciones que animan a sus paisanos del Señorío de Molina— se lamenta en un artículo en “Crónica Global” de lo mucho que prometen y lo poco que hacen los políticos provinciales y regionales para detener la despoblación rural. Todos son buenas palabras, promesas de inversiones que nunca llegan y proyectos que salen y vuelven a los cajones como si tuvieran vida propia.

El bueno de Antonio, echando mano de informes del Instituto Nacional de Estadística, recuerda que la despoblación rural se extiende ya por diez comunidades autónomas: las dos Castillas, Aragón, Asturias, Galicia, Extremadura, La Rioja, Andalucía, el sur de Navarra y el norte de Valencia. La Castilla rural tenía hace sesenta años cuatro millones de habitantes y ahora apenas supera el millón. Se han cerrado cuatro mil escuelas rurales y más de la mitad de la población supera ya los 65 años en pueblos de menos de doscientos habitantes. Otro dato, no menos preocupante: el INE calcula que de los 552.000 habitantes que España perderá en los próximos 15 años, 402.092 será en las comunidades que ya encabezan el ranking de territorios con mayor despoblación. Éramos pocos y parió la abuela.

En estos momentos, seis millones de personas se reparten el 60% del territorio español. También la soledad y el olvido. De los 288 pueblos de Guadalajara, 170 tienen menos de 100 habitantes. Miles y miles de metros cuadrados conforman este interminable desierto, al que de vez en cuando se acercan los políticos a prometer planes de desarrollo o la repoblación del  territorio, creando estímulos y subvenciones para emprendedores.

El problema es que los emprendedores siguen sin llegar y los cuatro vecinos que aún aguantan en muchos pueblos de la Sierra, de la Campiña o del Señorío de Molina se van muriendo, sin que nadie les tome el relevo.

Me alegra enormemente, como no podía ser de otra manera, que el alcalde de Sigüenza y presidente de la Diputación, José Manuel Latre, considere tarea prioritaria de la institución provincial luchar contra la despoblación rural, pero creo que esa “prioridad” se pone en marcha demasiado tarde. 
Ojalá me equivoque. Por si acaso, como en el pueblo de mi amigo turolense —“Teruel también existe”— que el último en irse cierre la puerta y apague la luz.
Ahora que ya tenemos los pueblos tan bien iluminados.