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Diputaciones, Senado y Autonomías ¿son necesarios?

Llevo colaborando con la Fundación Siglo Futuro desde febrero del año 2003, cuando todavía se llamaba este foro cultural y de debate “Club Siglo Futuro”.

También soy patrono de la Fundación Siglo Futuro, desde que se constituyera como tal unos años después y guardo con especial cariño el premio que me concedieron en el año 2002 – una escultura de El Doncel – por “colaborar en la promoción de Guadalajara”.

La primera mesa redonda en la que intervine la titulamos “El periodismo en tiempos de guerra”, con la participación del entonces director de “Informe Semanal”, Baltasar Magro, y del periodista Fermín Bocos, que en aquel tiempo era colaborador de Onda Cero y de CNN+. Se llenó el salón de actos del Casino Principal y hubo un acalorado debate.

En el coloquio posterior intervino el padre del actual portavoz del PP en el Congreso de los Diputados, Rafael Hernando, defendiendo con vehemencia la política intervencionista de Estados Unidos (de tal palo…). Estaba todavía reciente la invasión de Afganistán y se preparaban ya los primeros bombardeos contra Irak. Juan Garrido, fundador y alma de la Fundación Siglo Futuro, me demostró a partir de ese momento que todas las opiniones son respetables y que sin esa libertad de expresión difícilmente podríamos estar celebrando ahora los 25 años de esta ejemplar institución cultural.

Sirva este preámbulo de reflexión a la mesa redonda que tuvo lugar el 27 de octubre pasado – esta vez en la Sala Tragaluz del Teatro Auditorio Antonio Buero Vallejo – sobre una cuestión de actualidad, que preocupa a los ciudadanos españoles, pero no tanto a nuestros políticos: “¿Son necesarios el Senado, las Comunidades Autónomas y las Diputaciones?”. El debate en esta ocasión lo moderaba el director de la UNED de Guadalajara, Jesús de Andrés, y en la mesa estábamos sentados Carmelo Encinas – colaborador en distintas tertulias de radio y televisión–, Raúl Conde, paisano y periodista de “El Mundo”, y quien suscribe.

No era fácil dar una respuesta a cuestión tan compleja y delicada, ni tampoco proponer alternativas, que en muchos casos tendrían que venir  precedidas de una reforma constitucional. Sin embargo, los distintos puntos de vista terminaron encontrándose en la siguiente coincidencia: Diputaciones, Senado y Comunidades Autónomas pueden ser prescindibles. Y sólo se justifican mejorando su funcionalidad, prestando los servicios que demanda el ciudadano. Su existencia sólo se justifica, en mi opinión, cuando realmente cumplen una tarea necesaria y positiva para la comunidad.

Entre las críticas que cada uno de nosotros fue apuntando en las dos horas que duró el debate, la peor parte, sin lugar a dudas, se la llevó el Senado. La Cámara Alta, si no se transforma y asume competencias en el ámbito territorial, es un sinsentido. Su inoperancia es de tal magnitud que, casi cuarenta años después de su creación, la mayoría de los españoles no sabe todavía para qué sirve. En el Senado se debaten los presupuestos, se hacen enmiendas a los proyectos de ley, pero finalmente es el Congreso el que se pasa por el arco del triunfo lo que le remite la Cámara Alta.

Podría transformarse en Cámara Territorial, pero no se ponen de acuerdo. Y, mientras tanto, en ella se sientan ahora 266 senadores – 208 elegidos por circunscripciones y 58 por los distintos parlamentos autonómicos –, entre los que figuran viejas glorias de la política autonómica, que han encontrado allí el mejor retiro que podían imaginar. Como dijo Carmelo Encinas, el senado “está obsoleto; o le buscamos al Senado una función o lo cerramos”.

La necesidad de las Diputaciones también fue cuestionada en el debate, pero ninguno nos pronunciamos por la supresión definitiva de las mismas. En cuanto a sus deficiencias, enumeraré las que se pusieron encima de la mesa: el 37% del gasto de las Diputaciones se lo lleva el apartado de personal y gastos generales; sólo se gasta un 16,2% en obras de infraestructuras; en 2015 todas juntas sumaron un presupuesto de 8.000 millones de euros; muchas de ellas han ejercido el papel de agencia de colocación para familiares y amigos, o han albergado auténticos “nidos de corrupción” (Orense o Castellón, por ejemplo).

En cambio, se valoró positivamente – quizás porque algunos lo estamos viviendo más de cerca – el servicio que prestan a los núcleos poblacionales más pequeños. No así por parte de Carmelo Encinas, a quien le parece que esa tarea puede ser perfectamente asumible por los propios servicios de la Comunidad Autónoma correspondiente. Entre la supresión y la reforma, los tres nos pronunciamos por la segunda opción.

Las críticas a las Comunidades Autónomas se centraron principalmente en la ineficacia y en la tendencia a potenciar lo que nos separa, en lugar, de crear servicios públicos comunes. Se criticó la financiación, el endeudamiento, la burocracia, los despilfarros, pero especialmente la falta de racionalidad en asuntos tan delicados como el de la salud. No puede consentirse que un paciente de Guadalajara – y eso lo explicó muy bien una joven de Hiendelaencina – tenga que viajar a un hospital de Ciudad Real o de Albacete. O que se solapen y dupliquen las competencias, por culpa de la proliferación de ventanillas: locales, provinciales, autonómicas y nacionales.  Alguien del público, con bastante sentido común, demandaba una tarjeta sanitaria única, que impida este tipo de situaciones tan lamentables.

“¿Son necesarios el Senado, las Comunidades Autónomas y las Diputaciones?”, como se nos proponía en el debate. La respuesta, en mi caso, es así de clara y sencilla: serán necesarios o prescindibles, en función de la utilidad que tengan.

Porque, en la actual situación económica, no pueden derrocharse  millones de euros en una administración pública ineficaz, que no sirva para nada.

El problema es suyo

Juan Antonio López García publicó en estas páginas (nº 46, octubre de 2016) el artículo “No sólo un problema semántico” en el que arremete contra todos aquellos que defendemos el matrimonio entre personas del mismo sexo con inusitada vehemencia.

Para ello, usa los tres argumentos clásicos en contra de este tipo de matrimonio, a saber:

• El semántico: sólo se puede usar la palabra matrimonio para la unión entre hombre y mujer. No obstante, Juan Antonio parece olvidar que la RAE y las 22 academias de lengua española, máximas autoridades en materiasemántica en nuestro idioma, ya desde 2012 incluyen la “unión de dos personas del mismo sexo” como una de las acepciones del término.

• El procreativo: sólo un hombre y una mujer pueden procrear. Si bien es un argumento biológicamente incontestable, lo que es discutible es la inexorable relación de la procreación con el matrimonio. ¿Qué hay de esas parejas de hombre y mujer que contraen matrimonio y no pueden o quieren tener hijos? ¿Dejan de ser matrimonios? Yo mismo tuve dos preciosas criaturas sin estar casado, ¿sugiere que no somos una familia?

• El tradicionalista: durante miles de años el matrimonio se ha ceñido a personas de distinto sexo. Pero este argumento es tan endeble que casi ruboriza tener que desmontarlo. Afortunadamente, los humanos hemos ido progresando en el respeto a los demás. Hasta hace poco las personas de raza negra eran consideradas inferiores, la pena de muerte se consideraba un castigo natural a ciertos comportamientos, el desacuerdo con cierta creencia religiosa era suficiente para enviarte a la hoguera… Pero miren, progresamos y hemos creado sociedades más justas en las que la diferencia, mientras no se dañe a nadie, ha dejado de ser delito o causa de exclusión.

Pero no queda ahí la cosa. Juan Antonio arroga la exclusividad de ciertos valores a los defensores del matrimonio tradicional, véase: creer en el amor para toda la vida, deber social y felicidad dual de crear una familia, el respeto a la vida que se deteriora con la edad o la enfermedad… Pues no. Las parejas homosexuales son tan capaces de defender estos valores como las heterosexuales. ¿Con qué derecho niega estas capacidades a las parejas del mismo sexo? ¿En qué estudio se basa? Y sí, incluyo aquí la de crear una familia porque, aunque biológicamente no puedan tener hijos, soy un firme defensor del derecho de adopción por parte de estas parejas.

Los estudios indican que las relaciones heterosexuales y homosexuales no se diferencian en sus dimensiones psicológicas fundamentales; que la orientación sexual de un progenitor no tiene relación con su habilidad para proporcionar un entorno familiar sano y cultivado. No lo digo yo, lo dice Gregory M. Herek, del Departamento de Psicología de la Universidad de California. O Judith Stacey, catedrática de la Universidad de Nueva York, quien no duda en señalar que: “en escasas ocasiones existe un consenso tan amplio en cualquier área de las ciencias sociales como en el caso de las familias con progenitores homosexuales, por lo que la American Academy of Pediatrics y todas las grandes organizaciones profesionales con experiencia en el bienestar de los menores han emitido informes y resoluciones apoyando sus derechos como progenitores”.

Y es que se trata de eso, de una total igualdad de derechos, independientemente de la orientación sexual de cada uno. Hasta la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos considera que el matrimonio es un derecho que asiste a todas las personas con independencia de su orientación sexual. ¿Por qué cercenar este derecho?

Como dice el filósofo Javier Ugarte, la única tradición que sostiene actualmente la discriminación es la religiosa, ya que todas las ideologías políticas parten del principio de igualdad ante la ley. Pero aquí no estamos hablando de Derecho Canónico, sino de Derecho Civil, y nadie debería ser capaz de privar el acceso a unos derechos legítimos (aquellos que proporciona el estar casado) por lo que cada uno haga en la privacidad de su alcoba.

Las cosas del destino

Hace poco recordaba con un amigo las prospecciones petrolíferas que se llevaron a  cabo en Torremocha del Campo y Torrecuadrada a principios de los noventa por parte de una multinacional inglesa. Todavía guardo en la retina las caras de algunos vecinos, expectantes e inquietos, siguiendo de cerca los trabajos de los técnicos, soñando con que en lo más profundo de aquellas tierras apenas productivas pudiera esconderse una fortuna. El sueño se fue desvaneciendo poco a poco. Unos meses después, desmontaron las torres, se llevaron las máquinas y adiós al cuento de la lechera.

El destino tiene estas cosas. Y soñar es gratis. Pero ni se encontró petróleo en Torremocha, ni tampoco en el pueblo vecino de Torrecuadra, donde un paisano entrado en años se lamentaba de que no hubieran puesto las  máquinas en una finca perdida que él tenía en lo alto del cerro. ¡Qué le vamos a hacer! Es muy probable, decía otro vecino entrado en años, que haya  petróleo debajo de estas tierras, pero no en la cantidad suficiente para hacer viable y rentable su extracción.

La fortuna fue mucho más esquiva diez años antes con los vecinos de Alcorlo, pueblecito cercano a Cogolludo, al norte de la Vega del Henares, cuando el Ministerio de Obras Públicas aprobó unos expedientes de expropiación forzosa que significaban su desaparición. Ni más ni menos. El pueblo iba a quedar unos años después sumergido en las aguas de un pantano, previo traslado de los restos de su antiguo cementerio a uno nuevo, y después de echar de sus casas a los últimos pobladores. No había resistencia posible. La suerte estaba echada y les había tocado ganar la partida a los regantes de la Vega del Henares (Yunquera, Humanes y Fontanar).

La guardia civil vigilaba las calles del pequeño Alcorlo e impedía el acceso a  los periodistas. Yo fui testigo de aquel desalojo y no olvidaré nunca el rostro de aquellas personas que abandonaban lo que hasta entonces era su vida, mientras las máquinas se apresuraban a destruir sus humildes viviendas, para así evitar el regreso. Como las desgracias no vienen solas, varias familias del pueblo habían sido por aquel tiempo víctimas del aceite de colza. Cada vez que paso por la carretera que bordea el embalse, pienso en qué habrá sido de los hijos de Ángel, el alcalde, con los que mantuve durante algunos meses una estrecha relación, mientras ejercían de portavoces de la Plataforma de Damnificados por el Pantano de Alcorlo. Algunos sé que buscaron alojamiento en el pueblo vecino de Congostrina y otros se marcharon a vivir con sus hijos a Guadalajara y Alcalá de Henares.  

Aquel precioso valle, bañado por las aguas del Río Bornoba, ya no existe, salvo en el recuerdo de los descendientes de Alcorlo, que aún se reúnen cada primavera a orillas del embalse y visitan el Día de Todos los Santos el cementerio para poner flores en la tumba de sus seres queridos. Es la cara y la cruz de un destino, que unas veces lo marca la suerte – una balsa de petróleo o una autovía – o la desgracia de haber nacido en un enclave apropiado para levantar una presa y sepultar bajo las aguas las historias y los recuerdos de medio centenar de personas.

Recordar estas cosas, cuando el calor del verano se sigue prolongando en otoño y la ausencia de precipitaciones anuncia una mala temporada de setas, puede conducirnos a la tristeza y a la melancolía. Pero no es el caso. Casi es peor mirar adelante, con la que está cayendo. Hay que ser un optimista compulsivo para ilusionarse con el futuro más inmediato, entre la duda de celebrar las Navidades en familia o conformarse con otras elecciones y una nueva investidura fallida. 

El verano ha sido largo y caluroso, pero el otoño se nos puede hacer interminable. Con este panorama político y económico tan “apasionante”, es comprensible y disculpable que uno retroceda con nostalgia a veranos que parecían olvidados y que cualquier circunstancia imprevista los vuelve a sacar del baúl de los recuerdos. Nunca es tarde para recrearse en aquellas vivencias que te dejaron huella. Y lo que para unos es una alegría – que te digan que puede hallarse petróleo en el subsuelo de tu pueblo -, para otros es la tristeza que genera saber que tu pueblo ya  no existe. He puesto los ejemplos de Torremocha, Torrecuadrada o Alcorlo, pero podría haber puesto otros muchos. 

El verano se pierde en el horizonte de las pequeñas emociones, pero nos deja siempre una bonita postal y algunos agradables recuerdos. La fuerza del sol parece que por fin se agota. Como se agota también la paciencia de los ciudadanos españoles con quienes no se ponen de acuerdo para formar gobierno.

Dicen los meteorólogos que este año también tendremos otoño caliente – tan recurrente como “la pertinaz sequía”  en  tiempos del Caudillo -, con los mismos conflictos de siempre, aunque agravados por la ingobernabilidad que nos hemos fabricado nosotros mismos. La situación no está para bromas, y menos para tirar cohetes, pero tampoco vamos a estar repitiendo a cada momento del día que “los ciudadanos españoles no nos merecemos esto” o que lleguemos a la conclusión de que “no tenemos arreglo”.
Está el patio jodido, que diría mi paisano Vicente. Encima, no llueve como lo hacía hace algunos años.  Y, si no llueve, mal vamos a disfrutar del entretenido y relajante ejercicio de cortar con la navaja algunas setas de cardo.

No solo un problema semántico

La persistente insistencia de desnaturalizar y desacralizar términos y definiciones ancestrales, milenarias, se ha convertido en una urticante muestra tanto de la pobreza intelecto-ontológica de lo denominado Occidente (Europa-América) como de su descomposición moral y social; y conlleva un deterioro semántico que vulgarizará y empobrecerá la expresión escrita (lo que aún seguimos llamando Literatura) y, consecuentemente, la oratoria. Los ejemplos del deterioro de la comunicación oral en las generaciones jóvenes –donde padres, hermanos, amigos, primos, vecinos y profesores hemos pasado a ser tíos o tías– es desolador. Por supuesto este problema es tan leve como el de un dulce al que se ha olvidado de ponerle el azúcar si lo comparamos con la Ley del aborto libre, por ejemplo. Pero volveré a ceñirme al problema semántico relacionado con el vocablo matrimonio, que era mi inicial y única intención.

Para la mente cristiana, la expresión matrimonio natural, o sacramental, se entiendo como el único que define la unión de una mujer y un hombre. Este razonamiento basado en principios sociales, biológicos, ontológicos y antropológicos, hoy es no sólo debatible, sino considerado, por facciones político-sociales, como retrógrado, discriminante y, con el adjetivo más moderado, conservador. Dicho esto ya se podía guardar silencio. Pero hacerlo sería la decisión de un carácter indeciso, veladamente cobarde, o excesivamente vago.

La degradación moral de Occidente ha llegado al nivel de denominar progresistas a los grupos sociales, partidos políticos e individuos que apoyan el matrimonio homosexual, el aborto libre, la adopción de un niño por una pareja homosexual, el divorcio exprés y la eutanasia. Parece ser, según la experiencia, que la persona progresista suele apoyar estas tendencias en bloque.

Provoca una cósmica tristeza pensar que las personas que creemos en el amor para toda la vida, en el deber social y felicidad dual de crear una familia, en el respecto a la vida que ha florecido en el vientre femenino y a la que se ha deteriorado con la edad o la enfermedad, en la magnificación o santificación del Eros con el ingrediente espiritual, somos los antisociales, los intransigentes y los desfasados.

Lanzaré un rayo de luz para que algunas mentes que puedan equivocarse referente a lo del matrimonio homosexual. Defiendo la unión de una pareja homosexual hasta que la muerte los separe, o hasta que ellos se separen. Pero la continuación de la vida sólo puede realizarse con la unión entre lo masculino y femenino. Es de derecho, siento, que, ante esta vital diferencia, a la unión homosexual se le denomine con otro término, verbigracia: enlace, alianza, consorcio… (¡términos tiene nuestra hermosa lengua!) y el de matrimonio se mantuviera para la unión heterosexual; lo cual sería semántica y socialmente correcto.

Otra atrocidad de este batiburrillo idiomático –que abarca lo semántico, lo social, lo poético y lo cósmico- es la intención de sustituir los términos padre y madre por progenitor A y progenitor B.

“¡Voto a…!”, gritaría el héroe cervantino. Y se lanzaría sobre Rocinante por avenidas, parques y litorales en busca de los enemigos de la belleza y la ternura; asaltaría parlamentos, ministerios y concejalías en busca de malvados Alifanfarones; y con su Ardiente Espada apuntando al pecho del malandrín, le amenazaría: “¡Retráctate y enmienda esa irreverente ofensa contra la lengua de los caballeros andantes y los trovadores, cautiva criatura, o te traspaso, para honor tuyo, con la espada más famosa que empuñara mano artúrica! ¿Me imaginas presentando Dulcinea a mis padres, en semejante guisa: “Te presento a mis progenitores A y B?”. “¡Malandrín! ¡Arrepiéntete y corrige de inmediato, o desenvaina! ¡Te reto a mortal combate!”.

Juan Antonio López García
Poeta, actor y Educador Social, jubilado, de la Región de Murcia

Sigüenza sopesa la instalación de granjas intensivas de cerdos

En la espléndida guía turística y de servicios editada por el Ayuntamiento de Sigüenza se puede leer: “Sigüenza está rodeada de bellos paisajes arquitectónicos y naturales. Entre las rutas temáticas muestra la Ruta del Rio Salado, Imon, La Olmeda de Jadraque, Bujalcayado, Valdelcubo, Sienes, Riosalido, El Atance, Riba de Santiuste, diciendo que la ruta posee bellas iglesias y paisajes que recomendamos visitar” (El Valle y Salinas del Salado forma parte de la Red Natura 2000, una distinción ecológica europea, que trata de preservar la biodiversidad de territorios singulares por su hábitat).

De igual manera se puede leer: “Con motivo del cuarto centenario de la publicación de la inmortal novela cervantina, La Junta de Comunidades de Castilla La Mancha ha creado la ruta del Quijote, correspondiendo el tramo numero 10 a la comarca Seguntina. Dicha ruta se compone de una serie de itinerarios perfectamente trazados, donde se han acondicionado una serie de espacios para facilitar el descanso del viajero y su caballo. Los descansaderos o abrevaderos permiten al excursionista, que hace su recorrido a pie, en bicicleta o a caballo, disponer de un lugar donde realizar una parada, estando dotados de abrevadero y muro de amarre para caballos, aparca-bicicletas y a veces aparcamiento de vehículos, fuente, bancos, mesas, papeleras y un agradable porche cubierto para disfrutar un momento de relajación contemplando vistas panorámicas”.

El castillo de la Riba de Santiuste en el valle del Salado.

Este gran esfuerzo de las administraciones para poner en valor los bellos paisajes naturales con ayudas económicas al turismo rural de la Zona, contrasta con la posibilidad de la instalación de granjas intensivas de cerdos, cuyos impactos son variados, tanto económicos como sociales, sanitarios y ambientales. Entre los mayores problemas están la contaminación de las aguas, la emisión de gas metano y los malos olores, perjudicando no solo al medio ambiente, sino al turismo rural y a la hostelería, pudiendo afectar a la salud de la población ya que la concentración de nitratos contamina las aguas hasta convertirlas en no potables.

La finca donde presuntamente se instalaría la granja está a menos de 50 metros del LIC “Valle y Salinas del Salado”, estando junto a una acequia que desemboca directamente en el Rio Salado. La pista que da acceso a la parcela es por donde está marcada la Ruta del Quijote. Hay un descansadero en esta Ruta a menos de un Kilómetro de la parcela de la granja.

Recientemente se ha creado una Plataforma “Pueblos, Valle y Salinas del Rio Salado” que en la reunión de pasado mes de junio,  acordó reclamar a la Consejería de Agricultura –estando a la espera de un encuentro con el Vice Consejero- la reforma de la Ley de impacto medioambiental, de actividades insalubres y de la ley de ganadería que regula este tipo de instalaciones intensivas, solicitando que se àmplie la distancia entre las naves y los pueblos, distancia que ya estaba recogida en la legislación sobre la materia, antes de la última reforma del Gobierno de Castilla La Mancha en la anterior Legislatura.

El pueblo de Querencia, pedanía de Sigüenza.

Las leyes de Castilla La Mancha, contrasta con las de otras Comunidades Autónomas, como Cataluña, Aragón, Castilla León o Murcia, donde se han extremado las restricciones sobre este tipo de instalaciones debido a los graves problemas ambientales que ha generado en varias de sus Comarcas.

En algunos encuentros que hemos mantenido con representantes de distintas Administraciones se nos ha comentado “La Ley es la Ley y se debe aplicar la Ley”, pero si esa ley no prioriza la salud y el medio ambiente y está basada en Normas Urbanísticas del siglo pasado y en ordenanzas obsoletas o inexistentes, se debe de optar por reformar las Leyes y actualizar y modificar las normas y ordenanzas, con sentido común.

Asociación Levantando Querencia, integrada en la Plataforma Pueblos, Valle y Salinas del Rio Salado.