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Cara a cara

Contra la instalación de una factoría dedicada al engorde masivo de cerdos en el término de Riofrío de Llano y otra en la vega del Salado, el pasado 17 de junio un encuentro reunió a un numeroso grupo de personas en dicho municipio. Agricultores, ganaderos, cazadores y campesinos; funcionarios, oficinistas, bibliotecarios, albañiles, conductores y periodistas; gentes de todo el espectro político; omnívoros, vegetarianos y veganos; gentes de pluma, pelo y escama. Diversidad de procedencias. Astronautas, paracaidistas e hijos del pueblo... un abanico multicolor que representaba lo florido y lo marchito, un retrato bastante preciso de nuestra comarca y un debate bastante preciso sobre lo que algunos entienden por desarrollo. Son pocas las ocasiones en las que una escusa semejante hace confluir a tantas sensibilidades en un mismo lugar, en las que hablamos y nos escuchamos sin aspavientos o temblequeras. Un lugar y momento que no se me han de olvidar.

Gracias a lo expuesto por los participantes conocimos los grandes obstáculos que existen para desactivar dichos proyectos: sólo con la ayuda de los francotiradores de lo jurídico, burocrático y el formulismo existiría una esperanza de parar a los legionarios del crecimiento. También se habló de otras alternativas: parar el triatlón Palmaces-Atienza-Palmaces a su paso por el pueblo, para robar un espacio en alguna revista especializada o en la canija La Plazuela, suena a guasa; un concierto de rock con la actuación de dulzaineros al menos nos juntaría de nuevo en plan guateque, fiesta patronal o ceremonia capitular. Todas las opciones que nos regala nuestro estado de derecho en este percal parecen emanar de los Mitos de Cthulhu.

En el Ayuntamiento de Riofrío del Llano, en su pedanía de Santamera, existe uno de los pocos, si no el único, núcleo ganadero de autoconsumo de nuestra comarca. Gracias precisamente a la autorización del ayuntamiento y la generosidad de gran parte de sus vecinos, han fijado su residencia 7 personas y otro número indeterminado lo hace por temporadas. Con 35 cabras (¡sí 35, no 350 ni 3500!), cerdos, conejos y gallinas, y unos 1000 metros de huertas se cubren las necesidades básicas de alimentación y económicas y se producen unas 6000 raciones anuales de alimento. Y con una huella ecológica casi nula. Los cazadores de Riofrío y otras localidades cercanas nos ofrecen casi todas las temporadas alguna pieza de caza arañada a la pequeña empresa de embutidos de Sauca que transformará el resto. Trueque, intercambio o venta local, fórmulas que complementan las necesidades de un frágil cayuco en el que no nos sentimos más inseguros que los que necesitan embarcase en transatlánticos.

La Espelta y la Sal de Palazuelos se ha convertido en un referente nacional del cereal en ecológico, con la audacia añadida de acoplar una empresa transformadora de pastas y envasado de legumbres. 300 hectáreas de tierra que preservarán su riqueza en el futuro y con cuyos frutos se alimentan cerdos, gallinas o conejos de aficionados y campesinos de la comarca.

Ujados, Prádena... nuevos Liliput donde se asientan, gracias a la tierra, nuevas gentes.
¿Pero cómo se cubrirían las necesidades alimentarias de todos los millones de ciudadanos que ni pueden ni tienen obligación de autoabastecerse? La opinión generalizada cree, que sólo a través  del modelo que en ganadería representan los proyectos que se quieren construir (y que tienen su paralelo en el sector agrario). Esto es rotundamente falso (quien tenga sincero deseo de saberlo que investigue en la red; éste no es el momento de precisar esta afirmación). Estos modelos sólo responden a los intereses de  grandes empresas de la construcción y corporaciones de la energía, el transporte y la química.

Conozco personalmente al promotor de uno de los dos proyectos en cuestión. Persona gentil donde las haya que siempre nos ha recibido cordialmente y que nos ha brindado sus conocimientos para solventar dudas y problemas relacionados con nuestros cerdos. Desde hace tiempo estamos deseosos de recibir su visita en Santamera para que deguste nuestros quesos y embutidos. Pero ahora me gustaría además que nos explicara, como amigo y vecino, que espera al embarcase en un proyecto faraónico de repercusiones tan amplias, polémicas y contradictorias.

El encuentro finalizó casi a las dos del mediodía. Los asistentes regresamos a nuestras casas agasajados con la belleza que esta primavera tardía regala a nuestros sentidos.

Al llegar regaremos el gaznache con una Mahou bien fresquita y abriremos el apetito con una tapita de espetec Casatarradellas o jamoncito Navidul. El trabajo, el esfuerzo en contra de proyectos que sólo ahondan las diferencias y el individualismo, tienen que materializarse en actos como los del pasado 17 de junio, en rebeldía lúdica y pacífica, desplantes, movilizaciones y todas las herramientas a nuestra disposición, políticas, jurídicas o administrativas. Pero solamente cuando cuestionemos el consumo, nuestros hábitos y necesidades, nuestro modo de vida en definitiva, será cuando podamos mirar cara a cara y con la cabeza bien alta a los que nos dirigen a inciertas encrucijadas.

Samuel Bartolomé

Asociación Campesina La Taina

Contra las granjas intensivas de cerdos

Millares y millares de lechones nacidos en Alemania y Holanda realizan, en camiones, un viaje que tiene, desde hace un corto período tiempo un destino común: España. De Europa llegan a solo a Cataluña unos quince millones de cerdos para el engorde y su futuro regreso a los mataderos de sus países de origen o son desviados a otros países como: Italia, Francia o Grecia

Antes de llegar a su lugar de engorde los cerdos ya deben soportar los malos tratos ellos y a sus madres, las cerdas de cría. En Europa seis millones de cerdas viven, inmovilizadas, entre barrotes en régimen de cría intensiva. Pasan encerradas en jaulas, sin poder moverse, ni pasear, ni yacer en paja unas 16 semanas de embarazo y 3 semanas de lactancia a los catorce o dieciocho lechones que pueden llegar a parir

Existen hoy ciertas prácticas crueles a las que se someten los recién nacidos y las madres criaderas que los amamantan. Vivir durante todo el día sin poder moverse enjauladas entre barrotes mientras los pequeños intentan amamantarse. Vivir sin poder rascarse, sin poder husmear ni oler nada más que lo que tienen enfrente. Vivir comiendo en la misma postura. Vivir yaciendo, en muchos casos, en el mismo lugar donde se orina y defeca aunque los granjeros intenten mantener limpio el lugar en donde se hallan millares de cerdos, en las mismas condiciones. Todos alineados en las mismas jaulas

Desde su llegada, estancia, y engorde hasta su marcha, han ido dejando sus defecaciones —purines- que no son tan sólo el resultado de un proceso digestivo normal del animal pues su alimentación ha estado basada en piensos elaborados con las materias primas más inimaginables, la mayor parte de deshechos. Los millones de cerdos que anualmente viven durante un tiempo en nuestras tierras no se llevan con ellos sus cacas, excrementos que son, precisamente, el motivo de su presencia entre nosotros, los españoles. Desechos que no quieren los otros países europeos.

Desde todas las asociaciones animalistas, se pide: un transporte lo más corto posible hasta los mataderos y si hay que transportar la carne que sea en canales, congelada, en camiones frigoríficos. No en camiones llenos de agonía y desesperación de seres vivos

 Desde ADAS (Asociación para la Defensa Animal de Sigüenza) mostramos también nuestro rechazo a estas prácticas de cría intensiva y nos postulamos totalmente en contra de la instalación de cualquier macro granja en cualquier lugar, ya sea para la cría intensiva de cerdos, vacuno, gallinas ó cualquier otro animal y cuyas condiciones de hacinamiento y explotación intensiva, incluido el transporte, constituyan prácticas manifiestas de maltrato animal.

Que duda cabe que, si se pone fin a las macro granjas se pondrá también fin al problema de los purines, consiguiendo que ni el medioambiente, ni los animales, ni las personas sean perjudicados del maltrato general, social y global, que suponen estas prácticas, cuyo único y exclusivo fin es el de abaratar los costes de producción “a costa de los que sea” para generar beneficios increíbles a las empresas que promueven y participan en esta expansión, ya sean productores de pienso, grandes superficies comerciales que dirigen el mercado y los precios, laboratorios que suministran los antibióticos, etc...

Desde ADAS por tanto, nos unimos a la Plataforma Pueblos, Valle y Salinas del Río Salado para la no instalación de macro granjas en nuestra comarca, si bien fundamentamos nuestra postura, primero en la defensa contra el maltrato animal que suponen para los animales, y de forma intrínseca por los irreversibles daños ecológicos y medioambientales que producirían los purines generados.

¡Deprisa, deprisa!

De pensarlo ya casi te cansas. Vamos a una velocidad por la vida que apenas queda tiempo para coger aire y reflexionar sobre lo que nos está pasando. Asistimos a un bombardeo tan frenético de informaciones muchas veces contradictorias que cada vez cuesta más asimilar lo que realmente ocurre en el mundo e incluso a nuestro lado. Los cambios sociales y tecnológicos son tan rápidos que difícilmente podemos apreciar las ventajas e inconvenientes de lo que hasta hace un momento te parecía muy novedoso y dos días más tarde ya está viejo y superado. En medio de este sinvivir, lo mejor será tomarnos un respiro y valorar si merece la pena correr tanto.

Cuando yo empecé a trabajar en el “Diario Ya”, a principio de los ochenta, recuerdo perfectamente la tranquilidad que aquella noticia provocó en el entorno familiar. No era para menos. El desaparecido periódico, propiedad de Editorial Católica, era entonces el más vendido de Madrid y creo que el segundo de mayor difusión en España. El “Ya” les parecía a mis padres una apuesta segura, aunque tampoco había estado mal la experiencia vivida anteriormente en los diarios provinciales “Guadalajara. Diario de la Mañana” y “La Prensa Alcarreña”, al lado de profesionales tan pintorescos como Javier Almenara o Pedro Lahorascala.

El salto a la prensa nacional, no cabe duda, era como ascender de categoría. Como entrar en el Ibex de la información impresa. La mejor definición del diario que gestionaban los Obispos, tan popular por su sección de  huecograbado – magistrales los pies de fotos de Manuel Alcántara -  como por sus interminables páginas de anuncios por palabras, me la dio mi padre, Julio, después de leer emocionado uno de mis primeros artículos firmados en el “Ya”: “este es un periódico de toda la vida”.  Luego, creo que hizo algunas otras consideraciones sobre la solidez de la empresa, felicitándose por la estabilidad laboral que supuestamente tendría su hijo a partir de ese momento.

Pues bien, el “Ya” de toda la vida se malvendió unos años después al Grupo Correo y cerró definitivamente en 1997, tras una última etapa de precariedades y turbulencias varias. Diez años después de que yo me hubiera ido como redactor jefe a una nueva publicación,  “El Suplemento Semanal”, que se sigue distribuyendo los domingos bajo la nueva cabecera de “XL Semanal” con ABC y periódicos regionales. Mi padre no podía creerse la defunción del diario “de toda la vida” en el que había empezado su hijo.

Pero como tampoco podría creerse ahora, si estuviera todavía con nosotros, que los periódicos de papel atraviesan una situación económica muy delicada o que ya no es necesario comprarlos en el kiosco, sino que puedes leerlos en la pantalla de un ordenador o de un teléfono móvil. Basta con entrar en Internet, suscribirte a “Kiosco y Más” o bajarse la app correspondiente.

Los cambios vertiginosos que se están produciendo en el mundo de las redes sociales y de las comunicaciones son difíciles de asimilar, salvo para quienes han nacido ya en la sociedad de las nuevas tecnologías, con un teléfono móvil entre los brazos, con la mirada puesta en una pantalla y con las yemas de los dedos desgastadas de tanto darle al mando a distancia.

Me parece muy bien. Hay que adaptarse a las nuevas herramientas, siempre que sirvan para mejorar nuestra calidad de vida, pero sin tirar por tierra las satisfacciones que proporcionan otras formas de comunicación tradicionales.

El nerviosismo y la ansiedad son algunas de las consecuencias más evidentes que pueden observarse en el comportamiento de quienes pasan demasiado tiempo - niños y mayores – wasapeando, tuiteando o navegando por la red. Todo va muy deprisa, como decía al principio, y la respuesta a un comentario colgado en Twitter o en Facebook parece que tiene que ser inmediata, sin margen para la reflexión y la calma. Como si de una descarga eléctrica de ocurrencias se tratara. Como si la opinión, siempre a favor o en contra, sin matices que valgan, de cualquier descerebrado tuviera transcendencia. También  es verdad que los 140 caracteres que permite Twitter son más que suficientes para expresar todo lo que tienen algunos dentro de la cabeza.

Hace poco, tras la muerte de Miguel de la Quadra-Salcedo, alguien recordaba que los reportajes del legendario reportero por el Amazonas salían publicados meses después en el periódico “Ya”. Hasta que no regresara a España, De la Quadra-Salcedo no tenía posibilidad de compartir con los lectores las experiencias que estaba viviendo. Pero, lo más curioso del caso es que tampoco pasaba nada. La inmediatez no era el objetivo primordial, al menos en los medios escritos, sino contar bien la historia.

Hace algún tiempo – lo recuerdo con cierta frecuencia – me sorprendió gratamente una viñeta de El Roto en “El País” en la que se veía a un señor sentado en su despacho y al subordinado de turno que le preguntaba: “¿Qué hay que hacer Sr. Ministro?”. La respuesta inmediata del preboste no tiene  desperdicio: “Nada, pero deprisa”.

Y así vamos, un poco, como pollos sin cabeza, aprovechando cualquier momento o circunstancia para comunicarnos por la red y por el móvil, sin decirnos realmente nada. En vez de mirarnos a la cara y dialogar sobre cualquier asunto de interés, soltamos cuatro improperios y nos quedamos tan panchos. Intercambiamos mensajes y más mensajes, millones de mensajes, que encima se van multiplicando hasta formar una humareda tan dañina o más que la de los neumáticos de Seseña.

Javier del Castillo

Director de Comunicación de Atresmedia Radio

Cuestión de género

Quien haya tenido que entrar últimamente en una gran tienda de juguetes habrá notado que se le ofrecen dos espacios claramente diferenciados – casi pareciera que opuestos: una zona de tonos pastel donde predomina una amplia gama de rosas tamizada de blancos, y un área de colores intensos, eléctricos, sobre todo azules y rojos con un toque de negro que les haga destacar aún más. Etéreo azucarado para ellas. Sólido potente para ellos. Un antropólogo diría que si la cultura se afana tanto en distinguir algo simbólicamente será porque no es de por sí tan naturalmente distinto. Y sin embargo esta distinción de género es aceptada con bastante naturalidad incluso por la mayoría de quienes también se conmueven y llenan de rabia e indignación ante la violencia machista. Y no nos llevemos a engaño: la violencia de género es un fenómeno estructural que recorre la sociedad entera, inscrita en sus instituciones y reproducida por los aparatos sociales educativos: la familia, la escuela y la industria cultural. La definición de los roles de género, y la distinción de género misma, sostienen esa inmensa violencia estructural cuya cúspide visible y macabra son los inumerables feminicidios, crímenes homofóbicos o abusos de menores que a diario se comenten en nuestro mundo. No sé si la educación podría realmente acabar con este estado de cosas, pero lo que es seguro es que para cambiarlo, para atajarlo, la educación – aunque no sólo – deberá necesariamente cambiar.

Soy consciente de que la cosa podría verse desde otro ángulo: las mujeres hoy más que nunca ocupan puestos de responsabilidad pública o privada, los y las homosexuales han logrado en algunas partes del mundo conquistar visibilidad y leyes que les protejan, de algún modo parece que los viejos roles dejan de funcionar, las identidades son más flexibles e inciertas y la cultura global es más tolerante e igualitaria. Pero esos grandes logros son pequeñas victorias en un mundo que pone día a día de manifiesto cuán pequeñas y precarias son. La verdad es que –por poner un ejemplo que nos incumbe– según una investigación del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud publicada en 2015 y que lleva por título ¿Fuerte como papá? ¿sensible como mamá? llevada a cabo con jóvenes escolarizados de ESO, Bachillerato y FP, “existe un acuerdo prácticamente unánime en que chicos y chicas son diferentes: muy mayoritariamente las chicas son definidas como sensibles y tiernas (según el 56% de los y las jóvenes) preocupadas por la imagen (46%) y responsables y prudentes (36%). Los chicos, por su parte, como dinámicos y activos (66%) independientes (36%) y posesivos y celosos (31%).” Lo curioso, es que aunque el machismo se percibe entre los y las jóvenes como algo arcaico y en desaparición, más de un 80% de ellos y ellas admite conocer actos considerados violentos entre las parejas de su edad, tanto por parte de los unos como de las otras, con la única diferencia de que los actos violentos de ellas están más relacionados con el control y los de ellos junto al control, se manifiestan además como intimidación, desprecio y directamente agresión. El acoso sexual entre los jóvenes potenciado por las redes virtuales va en aumento. El documental Audrie and Daysi nos cuenta la historia de estas dos chicas estadounidenses de 15 años que –cada una en diferente parte del país– fueron drogadas y emborrachadas en una fiesta por los que habían sido siempre sus amigos de clase, y después violadas, humilladas, filmadas y chantajeadas: Audrie se suicidó 8 días después dejando escrito, “no podéis imaginar lo duro que es ser una chica”. Los pesimistas afirmarán que la cosa va a peor, y los más optimistas deben contentarse con un simple “no mejora”. La respuesta de las autoridades educativas en España ante las señales de alarma y los resultados del citado estudio, es incluir la cuestión de género en la programación curricular y evaluarla mediante exámenes – una genial idea de quienes redactaron nuestra última ley de educación y no pudieron esperar a su aprobación para mediante decreto legislar lo que sin duda era prioritario: la posibilidad de financiación pública de la escuela diferenciada, es decir segregada por género o sexo: escuelas de chicos y de señoritas. Sabemos que es mucho más determinante el modo en que se enseña y aprende que los contenidos aprendidos y por lo tanto la escuela debería incidir más en las formas de relación que en las teorías a estudiar, sobre todo si de verdad quiere ser, como afirma, la garante de la socialización en los derechos humanos y los valores democráticos.

Porque debemos insistir: los feminicidios, violaciones, abusos y malos tratos son sólo la punta del iceberg de todo un entramado de violencia estructural que se sustenta en la misma distinción de géneros y la atribución de roles. El pasado siglo una parte del feminismo se dio cuenta de que había dividido de manera tajante a los seres humanos, es decir, había creado un modelo binario y completamente excluyente entre las personas: ser mujer o ser hombre. Dicha división se basaba en un paradigma hegemónico creado por la sociedad patriarcal que estipula que el sexo con el que nace una persona determina su género. La antropología había mostrado que tal distinción binaria no era común a todas las culturas –pues algunas contemplan más de dos géneros– y que los roles y valores atribuidos a los distintos géneros eran en realidad arbitrarios, algo que también habían puesto de relieve historias de la sexualidad como las de Michel Foucault. El género, la identidad sexual, no está determinada biológicamente, sino culturalmente sancionada. La filósofa norteamericana, Judith Butler, postuló el carácter performativo del género, tanto para explicar un sistema de condicionamiento y control de conducta de las poblaciones, como para ofrecer una solución a dicho dispositivo cultural de dominio, y que da respuesta a las reivindicaciones de gays, lesbianas y transexuales dentro de la denominada teoría queer. El género se construye, se forma simbólicamente, es una fantasía que cada individuo ha de vivir al conformar su identidad sexual. No hay identidades sexuales normales, solo normativas, y por lo tanto, cualquier identidad es de algún modo desviada, queer. La mera desnaturalización de la identidad sexual sería ya de por sí, un gran avance en los tiempos que corren.

Porque más que avances parece que estamos viviendo retrocesos y retornos. Cuando los medios de comunicación dicen de dos mujeres asesinadas mientras hacían turismo, que viajaban solas –da igual el número de mujeres que viajen juntas, pues sin la compañía de un varón estarán siempre solas–, o cuando responsabilizan a la víctima de una violación por su forma de vestir o actuar, y además tales despropósitos se aceptan acríticamente por la mayoría, es difícil sostener que estamos progresando. Hoy incluso se recurre al término feminazi con mucha frecuencia para deslegitimar cualquier denuncia de violencia estructural de género por considerarla abusiva en un mundo donde las chicas disfrutan ya de demasiadas libertades y privilegios y dan rienda suelta a una hostilidad histérica contra los varones; pobrecitos. De cuando en cuando se airean estudios supuestamente científicos que marcan una clara diferencia entre el cerebro femenino y el masculino –como antaño entre el de los negros y caucasianos– y libros en plan ellos son de marte y ellas de venus alcanzan records de ventas. Corren tiempos en verdad alarmantes.

Urge preocuparnos más de lo que todos tenemos en común como gente, que ahondar en lo que nos hace hombres o mujeres: al fin y al cabo no somos más que bichejos raros y fantasiosos en busca de afecto y reconocimiento.

Matas

No es muy frecuente subir porque queda a cierta distancia de la carretera. Hacía años que no lo hacía, la penúltima vez a coger moras e higos, porque zarzas e higueras silvestres son desde hace un tiempo únicos pobladores permanentes de las calles, haciendo, quizá por fin, honor a su nombre. Está rodeado de robles, quejigos meseteños que afieltran el monte cuando se ve de lejos, y a sus pies hay cultivos que en esta época del año despuntan en tiernos verdores que estrían los rojos profundos de la tierra. Sus bellas mamposterías, hechas de oficio y paciencia, apenas se soportan. La techumbre de la iglesia hace tiempo que cedió, quedan unos durmientes y unas vigas en el lado que mira al valle, pero en el ábside a esta hora entra el sol de pleno; alguien ha cruzado dos maderos apolillados sobre la hornacina central, improvisado símbolo religioso para recuerdo inducido de un pasado. Del resto de las casas suelen quedar las paredes de piedra rubia y gris, careada y perfecta; solo una junto a la iglesia conserva parte del tejado, en precario equilibrio. Te asomas al zaguán desde el callejón de hierba y maleza e imaginas a sus habitantes originales trajinando entre aperos, volviendo del sol a sol cotidiano. ¿Cuántas vidas habrán sido alumbradas entre esos muros, entre cada cuatro muros de cada calle del pueblo?

No llegó nunca la electricidad ni el cemento, el pueblo se conserva como siempre fue, decir se conserva es mucho, pero, ¿qué queda de verdadero en esta era de pueblos destruidos, no por el abandono, como Matas, sino por la dejadez del espíritu, por el tejado de chapa y la fachada de pega, por los volúmenes construidos innecesarios, por los marcos de ventana de plástico? ¿Qué ha quedado de la bella Castilla rural tras el paso del caballo de Atila de los felices años de burbuja inmobiliaria?
Hasta hace bien poco, una, dos décadas, teníamos unos pueblos que, precisamente por la falta de población y de arreglos con materiales limpios y modernos (la llamada “falsa modernidad” de algún sociólogo), conservaban un sabor y una autenticidad difícil de encontrar en países más avanzados. Un rico patrimonio no valorado: pueblos que despertaban el deseo de conocer de los extraños. Como prueba, Bujalcayado, otro de nuestros (casi) despoblados, de sabor primigenio íntegro, del que hoy los que allí se han instalado hasta le hacen documentales que se ven en todo el planeta gracias a internet.

Matas y Bujalcayado no son los únicos ejemplos de conservación de un patrimonio etnográfico transformado en gloriosas ruinas, destrucción relativa del tiempo que, paradójicamente, es valedora de una memoria en tantos sitios laminada por la suplantación de lo que es de pega, proceso peor que el de la ruina por ser, en la práctica, irreversible. En El Atance la amenaza del pantano durante años salvaguardó del enfoscado discorde y del ladrillo caravista aquellas magníficas casas que rodeaban la plaza jalonada por fuente e iglesia, producto de la labor de generaciones que las levantaron, hermosas y rotundas, sin más ayuda que las mulas y el pico, con nada ajeno, pura necesidad hecha práctica, a los materiales de la tierra. El despoblado de Tobes fue consolidado parcialmente en años recientes y, aunque el proyecto por el que se invirtió en él no fue concluido, al menos lo realizado ha permitido la conservación de otro ejemplo de conjunto arquitectónico popular de los que van escaseando: otro lugar abandonado y semiderruido, pero perfecto. Predigo para estos hoy despoblados éxito en un futuro que no será inmediato (no a El Atance, por motivos evidentes). Me estoy refiriendo a nuevos pobladores, los únicos posibles (aunque lo sean en pequeño número) dada nuestra desestabilizada pirámide de población, gentes que vendrán de fuera, de las grandes ciudades o incluso extranjeros.

El retorno al campo es lo que ha ocurrido en toda Europa desde hace décadas. Con el retraso habitual, el mismo proceso se inició en las zonas poco pobladas del interior de España al principio de los dos mil, pero fue paralizado precisamente por la burbuja inmobiliaria, en primer lugar por la subida, desproporcionada respecto a la capacidad local de compra, de los precios de la vivienda en zonas rurales, consecuencia del efecto de “mancha de aceite”, desde zonas centrales a periferias, con el que se comporta el mercado inmobiliario. Hay que recordar la triste paradoja de que algunos movimientos especulativos que al final no llegaron a fin en nuestro territorio tuvieran tanto efecto a largo plazo en el futuro de la comarca mediante su innegable influencia en las expectativas de precios. Un incremento de precios innatural para lugares de demografía depauperada y del que aún sufrimos las secuelas, por ejemplo a la hora de intentar montar un negocio nuevo cuyas futuras e inciertas ganancias han de acabar en una proporción insoportablemente alta en el rentista, o bien en el banco vía desmesurada hipoteca: extracción de riqueza, pura y dura, del ciclo económico local. El palo en las ruedas de los exagerados precios inmobiliarios en relación a la capacidad económica del país es quizá el factor que más esté lastrando nuestra economía en estos momentos y probablemente por mucho tiempo, a pesar de la escasa atención que se le presta en los medios, maestros en señalar cosas e ideas ajenas a lo significativo, pero en comarcas rurales como la de Sigüenza, en la que el entramado económico es frágil y poco diversificado, el efecto es aún más pernicioso.

Rosedale Abbey

Valen como ejemplo para ilustrar la conservación del patrimonio rural muchos países al norte de los Pirineos, aunque resulta especialmente notorio el Reino Unido, del que su gloriosa campiña, pintada por sus pintores, cantada por sus poetas, admirada con orgullo por sus habitantes, es quizá la gran desconocida del turista español. Un país en el que es raro encontrar en sus pueblos, me refiero a cierta distancia de las principales ciudades, un edificio que desentone, un alfeizar sin flores, una casa arreglada (y suelen estarlo todas) no acorde con la estética tradicional del pueblo, un simple cartel plantado con mal gusto. Y se ven los efectos: pueblos del tamaño de un Riosalido, de un Imón, de un Alcuneza, cito estos tres porque fueron de los más poblados de nuestro entorno, algunos superando varios centenares de almas antes de que empezara el éxodo rural, pueblos sencillos, digo, en Cornualles, en Yorkshire, en los Dales, en el país de Gales, con actividad agrícola y ganadera como base, que han sujetado o atraído una población viva y activa, tan numerosa como fue la de nuestros pueblos antaño más habitados, una población en la que, junto al agricultor, viven profesionales que se ganan el pan a distancia o que pasan el menor tiempo posible en la capital y el resto en el campo con su calidad de vida, pueblos y países, significativamente, con una rica actividad turística rural de interior a la que en España todavía no llegamos ni de lejos, ni de lejísimos en lo que es Castilla, ni de remotamente lejos en el futuro dado el daño infligido, irreparable e irresoluble, mediante la dilapidación de ese patrimonio no reconocido y al que no se ha dado la más mínima oportunidad.

Es una pena. Solo queda un puñado de pueblecitos, abandonados todos, que mantienen íntegro, desde su primera casa hasta la última tapia entre viejas huertas, el sabor ancestral de mampuestos calizos y teja antigua. Es muy significativo que tengan que ser estos despoblados en ruinas los que conservan plenamente esas cualidades, como si, contra todo sentido común, fuera peor hacer que dejar hundir. Sería peligroso caer en una comparación fácil de las idiosincrasias a un lado y otro de los Pirineos, entre otras cosas porque no sería justo ni histórica ni económicamente, pero a veces aparentara como si el Homo ibericus castellanus, dotado de la versatilidad de la industria de la construcción moderna, que permite todo lo bueno y todo lo malo, fuera algo así como el cuarto jinete. O el cuarteto entero, para el caso. La desgracia es que el resultado es un tiro en el pie, una pérdida de oportunidades para el futuro mientras sacrificamos gratuitamente el mayor valor posible, casi el único que se puede vender en comarcas de interior como la nuestra. Que no es otro que la belleza humilde y sencilla, pero sobre todo sincera, de aquello inasible y sutil que se viene a llamar “lo auténtico”.