Acabo de releer el capítulo VII de un libro que tenía en el olvido, recordado hace unos días merced a algún paseo aleatorio por internet. Se trata de ‘El tercer ojo’ de un tal Lobsang Rampa, un texto que entró en las vidas de mi generación al final de nuestra adolescencia, allá por los últimos 70 o en los primeros 80. El libro lo escribió en 1956 un farsante oriundo del condado de Devon, Inglaterra, que se hacía pasar por un monje budista reencarnado, y llegó traducido a España a finales de los sesenta, convirtiéndose en un gran éxito editorial durante la siguiente década. En aquellos momentos, la narración de la apertura de aquel “tercer ojo” a través del hueso frontal del cráneo, hasta llegar al cerebro mismo con una astilla de madera a modo de tapón final, realizada con herramientas básicas en las estancias misteriosas de un monasterio tibetano, poblaba nuestra fértil imaginación juvenil con imágenes y sensaciones. En mi caso recuerdo vagamente, ha pasado mucho tiempo, la extrañeza que causaba algo tan inusual y nunca antes oído, mezclada con cierta repugnancia y la curiosidad que da el temor al componente físico del acto, imaginándolo en uno mismo. No conozco ni he oído hablar de nadie que se intentara trepanar el cráneo para lograr la visión del aura de sus semejantes, pero no puedo estar seguro de que tal cosa no sucediera hoy en día si apareciera el fenómeno con la fuerza de entonces, multiplicada por los aparatos de propaganda modernos. La relectura del capítulo en el que se relata en concreto la operación craneal no solo me ha dejado frío hoy en día, sino que me ha parecido una narración banal, llena de tópicos y de una calidad literaria menos que mediocre. No sé si el radical cambio de percepción se debe simplemente a la madurez o a que la propia sociedad ha cambiado y nos ha cambiado. O no tanto.
Ya entonces se argumentaron cuestiones pseudocientíficas en torno al tercer ojo y el famoso aura. Se decía que todo tenía que ver con la glándula pineal, que se consideraba un órgano misterioso enterrado en la profundidad del encéfalo, que sería el encargado de percibir, a través de tal apertura en el cráneo, esa supuesta emanación de energía invisible al ojo normal que se producía alrededor de las personas y que mostraba su estado de ánimo, sus intenciones o su carácter. Se hablaba de técnicas fotográficas especiales (la llamada cámara Kirlian) que captaban ese aura, una idiotez que quería aparentar verosimilitud mediante la parafernalia técnica asociada. Esos años y los inmediatamente posteriores, justo antes del advenimiento de internet, fueron los del auge y gran éxito de los vendedores profesionales de humo paranormal en nuestro país, como el célebre Jiménez del Oso entre otros. Un menos conocido padre Freixedo vino a darnos una charla en el Instituto de Sigüenza a instancias del profesor de lengua y literatura —aquel estimulante, como sus compañeros de aquellos años, Salvador Bastida—. Charla que no entendimos muy bien ya que se mostraba bastante críptico mezclando dioses con extraterrestres, transmitiéndonos una especie de reticencia a contar “toda la verdad”. Verdad que se terminó revelando finalmente —personalmente no había vuelto a tropezar con él y sus ideas hasta hace bien poco, cuando falleció— en una patraña con dimensiones cósmicas sobre seres de lejanas galaxias sedientos de la sangre de los sacrificios ancestrales, confundidos en la Antigüedad con dioses (incluido el de la Biblia, según la visión herética de este padre de hábitos colgados). Fueron esos y los posteriores los años más dulces del famoso J. J. Benítez, el de la exitosa y prolongada saga del ‘Caballo de Troya’, que entusiasmaba a algunos de los más proclives a las cosas del galileo del siglo I. En la siguiente generación ibérica de comerciantes de quimeras, el más representativo seguramente fuera el exitoso Iker Jiménez, que empezó con artículos en revistas misteriológicas, para pasar enseguida a la radio. Aquel ‘Milenio 3’ que poníamos de vez en cuando en las noches invernales de finales de los 90 y que, hay que reconocer, tenía el mérito de la narración ágil y de la producción minuciosa y efectista, algo para lo que siempre ha demostrado talento Jiménez.
Es a finales de los 90 cuando se generaliza internet, y con ella cambia todo. Pronto se convierte en la herramienta globalizadora definitiva, empezando a llegar a nuestra Península las modas pseudocientíficas de otras latitudes y de allende los mares, que hasta entonces habían entrado con cuentagotas. En 2003, antes de Youtube, en la era de los ‘blogs’, es decir, cuando todavía se daba en internet valor a la palabra escrita, el periodista bilbaíno Luis Alfonso Gámez crea ‘Magonia’. Junto con la Sociedad para el Avance del Pensamiento Crítico, fundada en 1998 a partir de una asociación anterior, y personajes como el físico y divulgador vitoriano Javier Armentia o el periodista mexicano Mauricio-José Schwarz con su blog ‘El retorno de los charlatanes’, son los principales pioneros en Internet y en lengua española del llamado “movimiento escéptico”. En sí mismo una de esas modas importadas, venida de manos norteamericanas como las del prestidigitador James Randi, que, siguiendo la tradición de magos anteriores como el gran Houdini, martillo de espiritistas y ‘mediums’ de su época, llegó a establecer en 1964 un premio de un millón de dólares para quien demostrara de forma comprobable cualquier habilidad paranormal, premio que quedó desierto, como no podía ser de otra manera, hasta su extinción, en 2015. En su blog ‘Magonia’, Gámez, que en una vida anterior había sido “ufólogo”, repartía estopa a diestro y siniestro con la pasión del apóstata contra todo lo que sonase a pseudociencia o a cosa misteriosa imaginaria, así como hacían Schwarz y otros, todo ello en un momento en el que casi nadie del común de los mortales había oído hablar de, o daba la más mínima importancia a, cosas como Roswell, las lineas del desierto en Nazca o los círculos de las cosechas. Yo era crítico con los críticos entonces, por dos razones. Una, porque me parecía que daba lugar a legitimidades inmerecidas, y sigo opinando igual, que se autodenominaran “escépticos”, palabra que implica dar una oportunidad a las patrañas, como si estuvieran al mismo nivel que el conocimiento comprobable y hubiera que perder un solo segundo en desmontar creencias absurdas que no soportan el más mínimo enfrentamiento al más básico sentido común. Y la otra, porque estoy convencido de que esa moda “escéptica” contribuyó en alguna medida a popularizar algunos de aquellos cuentos indefendibles en una cultura hasta entonces bastante ajena a ese bombardeo de ideas ridículas importadas.
Hoy sabemos que aquello, de cualquier forma, era imparable ante los nuevos y eficaces medios de comunicación, sobre todo si tenemos en cuenta ese deseo que parece intrínseco a tantos seres humanos de creer en cualquier cosa. No vamos a echar a los “escépticos”, por tanto, la culpa de la moda inmediatamente posterior de cosas como la homeopatía. Y en el caso concreto de las pseudomedicinas hay que reconocerles el mérito de haberlas denunciado activamente cuando empezaban a tomar fuerza, contribuyendo sin duda a su descrédito. Porque hay que recordar que, entre 2003 y 2010, pseudociencias peligrosas como ciertas “medicinas alternativas” se terminaron por incorporar legalmente a los hospitales, a ser aceptadas por los colegios de médicos e incluso a ser impartidas en las universidades. Un despropósito que poco a poco se ha ido diluyendo con los años, como a la chita callando, sabedores los que admitieron todo aquello desde las instancias de decisión de la metedura de pata que habían cometido. No ha sido hasta 2026, nada menos, que el gobierno español ha reconocido oficialmente que la homeopatía, por ejemplo, es una filfa, y hablo de esa pseudomedicina y no me detengo en más, pero en aquellos años se llegaron a admitir disparates como usar el “reiki” en los tratamientos de cáncer, entre otro conjunto bastante espeluznante de despropósitos. Recuerdo de aquellos tiempos el caso de un compañero, biólogo en activo, es decir, persona con formación y práctica científica extensas, que me comentó que su mujer tenía un problema de salud y que iban a probar la homeopatía, presas de la moda del momento aceptada acríticamente. Bastó una conversación de diez minutos sobre los imaginarios principios de tal “medicina” —gracias por mi parte a ser lector de ‘Magonia’— para que mi compañero investigara un poco y, efectivamente, a los pocos días, concluyera que aquello era insostenible y una vergüenza que se recomendara en la sanidad pública. Hasta ese punto llegó aquella ola de vaciado craneal colectivo, que con un fundamento mínimo era fácil de eludir, y desde luego deberían haber soslayado las autoridades, pero cuántos caerían en todo aquello con a saber qué consecuencias para cosas tan delicadas como la salud. Naturalmente, jamás se ha castigado a ningún responsable de oficializar todo aquello, en esa especie de limbo en el que vive el poder en sus decisiones en este lamentable sistema institucional en el que sobrevivimos.
Voy a insistir en la homeopatía porque es el perfecto ejemplo de lo que hay que rechazar sin necesidad de someterlo a ningún tipo de análisis o prueba de su eficacia. Basta con entender sus características, tal y como las describen sus proponentes. Que se resumen, en este caso, en lo siguiente: lo semejante cura lo semejante y su dilución extrema produce la intensificación del efecto sanador. Por ejemplo, si la cafeína despeja, esto nos indicaría que un remedio para el insomnio consistirá en esa misma sustancia, pero muy diluida. Como el café de algunos bares, pero llevado al extremo. Para el insomnio, insisto. Le pones un latinajo por nombre al producto (‘coffea cruda’ en el ejemplo), y listo para embaucar. La ocurrencia se debe a un tal Samuel Hahnemann, médico alemán nacido en 1755, que se dedicó a elaborar, basándose en esos dogmas, un conjunto de recetas, con sus correspondientes latinajos, a finales del siglo XVIII. Recetas que siguen vigentes entre los homeópatas actuales como si el siglo XX no hubiera pasado por ellos. Pero es que además de lo de los semejantes, absurdo sin más comentario, los “medicamentos” homeopáticos están tan “pasados por agua” que terminan por no contener ni una sola molécula de la sustancia de partida. Los “remedios” se preparan así: se toma una parte del producto y se diluye en 99 partes de agua; de esa solución, se toma una parte y se diluye otra vez en 99 partes (con lo que ya tendríamos una parte en diez mil, o uno partido por 100 x 100); y así sucesivamente. Ya que se trata de una progresión geométrica, muy pronto no queda ni una sola molécula del producto inicial en el preparado. Por ejemplo, 6 pasos de dilución centesimal (6C en la nomenclatura de Hahnemann, que no es una dilución extrema ni mucho menos en estos productos) es el equivalente a mezclar una gota con el agua contenida en todos los océanos de la Tierra. Por lo que es de esperar que en una dosis ingerible no haya nada más que agua. Los estafadores modernos que se lucran de esta rama de la antimedicina, intentando salvar los muebles ante el hecho matemáticamente incontestable descrito, dicen que el agua tiene “memoria” de las moléculas que han pasado por ella, viéndose modificada su estructura por su paso por ella. Una memez que no necesita más comentario, pero que lo es más si nos percatamos de que, si el agua recuerda las moléculas, habrá que explicar por qué recuerda las que queremos y no todas las anteriores con las que haya contactado (tras su paso por el mar, los ríos, las nubes, una depuradora, múltiples inodoros,...). Comprenderán que no necesito hacer ensayos clínicos para saber si tal tipo de producto, basado en semejantes premisas ridículas anteriores a todo desarrollo serio de la medicina y aún de las ciencias básicas, va a funcionar o no. El más elemental sentido común me obliga a rechazarlo de plano sin perder un solo segundo más. Las administraciones que admitieron el invento, fruto de la supina ignorancia de tantos que nos desgobiernan, y que han terminado por rechazar este tipo de fraude, lamentablemente argumentan cosas como que “los ensayos clínicos no han demostrado la eficacia de la homeopatía” o similares, como si hiciera falta el más mínimo ensayo de ningún tipo para rechazarla (ni gastar un solo euro en hacerlos). Es decir, actuando como “escépticos”, como si tal engañifa del tamaño de una galaxia mereciera la más mínima oportunidad. Resulta escandaloso que tales productos se sigan dispensando en farmacias, ya fuera del sistema público, con el argumento implícito de que, vaya, si consisten básicamente en agua, mucho daño no van a hacer. En lugar de estar, como mínimo, donde están todos los fraudes comerciales: en la lista de estafas al consumidor no permitidas.
Ya sé que hay mucha gente partidaria de las llamadas terapias “alternativas”. Para ellos diré que solo existe una medicina, no hay alternativas, es decir, la que funciona, sea una infusión de manzanilla de toda la vida para una indigestión o el más puntero tratamiento por anticuerpos monoclonales para una enfermedad grave. Y lo que no funciona pero puede dar lugar a engaño solo admite una denominación: pseudomedicina. Al lector que, quizá víctima de la desesperación por una situación delicada, esté en la tesitura de probar cosas “alternativas”, le recomiendo que intente comprender los fundamentos más básicos, incluida su historia, de la supuesta terapia ya que, al igual que pasa con la homeopatía, a menudo caen por su propio peso con esa simple prueba del algodón. Un buen lugar donde empezar a informarse es la web de la ‘Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas’ (APETP), fundada por un padre que perdió a su hijo por rechazar tratamientos médicos en favor de patrañas pseudomédicas, asociación que tiene el objetivo de conseguir la tipificación como delito de cualquier actividad que se presente como curativa sin serlo. Una concepción muy frecuente es la de que algo que es muy antiguo merece ser tenido en cuenta ya que emana de una especie de sabiduría ancestral. Caso de todas esas tendencias orientalistas, tan pasadas de moda a estas alturas, al menos para los que tenemos cierta edad, aunque vuelvan una y otra vez como un hámster en su rueda. Pero la refutación de ese punto es evidente: si se está aplicando un manual de instrucciones del siglo XVIII, no digamos si estamos admitiendo supuestos principios de hace 2000 años como en las medicinas tradicionales asiáticas, que todavía hablan de los cuatro elementos entre otros productos de la ignorancia mágica de la Antigüedad, a lo mejor nos estamos perdiendo los avances de la fisiología, de la bioquímica, de la genética, de la microbiología, de la inmunología, etc., acontecidos en un 99% durante el siglo XX y lo que va del XXI. Uno puede creer en lo que le dé la gana, faltaría más. Pero cuidado con la salud basada en creencias, no en conocimientos comprobados por la vía experimental mediante técnicas adecuadas, es decir, modernas.
El auge por oleadas, hasta llegar incluso a su consagración institucional como hemos narrado, de las peligrosas pseudomedicinas es un ejemplo de hasta dónde se puede generalizar el fraude en una sociedad profundamente mediatizada, presa de las herramientas de propaganda más poderosas de la historia. Estamos en un momento en el que podemos sospechar con cada vez más certeza que casi nada de lo que se nos muestra, más allá del escueto ruido lateral que es imposible detener, es inocente. Y lo que nos hace levantar la ceja en este delicado instante de la historia de la manipulación de masas es que esté llegando una nueva ola de embaucadores que se acepta acríticamente, a la que se da pábulo generalizado como si fueran portadores de algún tipo de verdad, con intenciones no declaradas pero que se perciben oscuras, y que se forran de paso, por supuesto, aquí nada es por amor al arte por mucho contenido ideológico que parezca ampararlos, dicho esto en un sentido muy amplio. Y si no, investiguen, por ejemplo, cuál es el libro más vendido (lo comentaremos en la siguiente entrega) en nada menos que la Editorial Planeta durante el 2025 en la categoría de “no ficción”. Que digo yo que, si fueran honestos y no quisieran vender gato por liebre, hablo en este caso de las editoriales, deberían poner a todos estos en la categoría de “ficción”, subcategoría de “idioteces fantasiosas”. Exactamente al lado del exitazo en el arte de la venta de patrañas, es decir, del fraude puro y duro, de aquellos libros de la segunda mitad del siglo pasado, en un momento todavía previo a Internet, escritos por un monje tibetano reencarnado... nacido, crecido y vivido en una ciudad portuaria del estuario del Plym, en la bella y muy británica costa de Devon.
Julio Álvarez Jiménez, 26 de julio al 5 de agosto de 2026,
Artículos anteriores de esta serie:













Buenos días, Julio:
Recuerdo cómo, hace ya tiempo, uno de estos grupos de escépticos organizaba periódicos "Suicidios homeopáticos" en la Plaza de España de Madrid. Pasaban antes por una farmacia en la calle Princesa (que tenía, como tantas otras, sección de productos homeopáticos sin hacer ascos), compraban diferentes productos y, tras anunciar con megafonía su intención, se tomaban todos a una lo que tuvieran en la mano.
Y así unas cuantas veces a lo largo de los años.
Pero la administración, como dices, haciendo caso omiso de su responsabilidad mirando para otro lado.
En fin.
Saludos.
Buenos días, Jesús. Lo del "suicidio homeopático" es un clásico, hace poco volvió a verse en algún canal de televisión autonómica, en una tertulia, delante de representantes de la casa principal (una firma francesa) que fabrica esos "remedios", con bastante enfado por su parte. Que a estas alturas siga habiendo tertulias para que se opine si la homeopatía es válida o no es un signo de que lo que digo en el artículo todavía está presente. Si se busca homeopatía en internet salen montones de sitios que te venden los productos, y si buscas en youtube salen médicos (les tendrían que quitar el título) recomendándola, aparte de opinadores varios dando una oportunidad al invento, afortunadamente mezclados con otros videos que la denuncian y rechazan de plano. En fin, en esas estamos nada menos que en la tercera década del siglo XXI. En la siguiente entrega hablaremos de palabras mayores. Gracias por comentar!!!