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El Open Arms, el barco de la esperanza, una oportunidad para Sigüenza y los pueblos de su comarca

De los objetivos del tan citado desarrollo sostenible de la agenda 2030 que han propuesto varios organismos mundiales, el primero es el fin de la pobreza, el segundo hambre cero, el tercero salud y bienestar, y así hasta una veintena. Estos primeros son los que de principio mueven a las personas a migrar de sus países de origen, la inmigración está en ebullición en las puertas de Europa y hace que millones de personas se replanteen su futuro antes de convertirse en náufragos en su propio país. Unos son recogidos en medio de hambrunas y guerras y se refugian en campos en plena selva o en el infinito desierto a la espera de una cita para reubicarse después de largos años de espera. Estos que están atrapados por el hambre y la violencia, se resignan y consideran su situación injusta, indigna y desgraciada, respecto a lo que ellos entienden que existe al otro lado del mediterráneo. Dicho esto y  rescatando el titulo del artículo, el buque español de la ong Open Arms con su activismo humanitario totalmente justificado, ha puesto en evidencia  el desconcierto, la falta de humanidad generalizada y de criterios comunes en la Unión Europea para abordar con determinación el drama de la inmigración en el ámbito de su influencia.  El estado español, uno de los más solidarios del mundo, que sin duda contribuirá a una redistribución de los migrantes, debe mirar más allá, analizando y buscando respuesta a sus desequilibrios de su territorio en cuanto a población, al empleo, a la vivienda, etc... que nos son los mismos que Francia o Alemania.

España debe aprovechar interesadamente los mencionados movimientos migratorios, y aquí hay que mencionar a Sigüenza y toda su comarca enmarcada en la denominada España vacía, en la España que agoniza  lentamente y que ve como se agotan sus fuerzas, su gente. Esta puede ser una oportunidad para asentar nueva población que mejore nuestras pequeñas poblaciones y de vida. Toda Sigüenza y sus organizaciones sociales y religiosas tienen un largo recorrido en pro de asistir a todo tipo de personas migrantes, a todo tipo de nacionalidades y en su acogida como refugiados. Esa experiencia, esos conocimientos adquiridos sobre la maquinaria legal y burocrática de tantos años de trabajo, podrían dirigirse mediante una legislación estatal o comunitaria acertada y racional , a repoblar nuestras poblaciones más deprimidas, dando prioridad a la reunificación familiar, a la formalización de parejas o grupos, o la instalación de emprendedores para nuevas economías o industrias, todo ello recogido en un contrato de permanencia en el lugar de acogida de varios años, que garantice un compromiso serio por parte de quien pretenda instalarse para vivir y por supuesto para contribuir a la comunidad.

Sin duda desde nuestros pueblos y aquí nos olvidamos de que la gran mayoría de nosotros y nuestros antepasados, dimos muchas vueltas y recorrimos muchos caminos, emigrando, fusionándonos, mezclándonos, integrándonos para conformar cualquier comunidad. Todavía habría que seguir salvando prejuicios y obstáculos sobre las personas que vienen de fuera para su instalación como nuevos vecinos, pero sin duda lo que Sigüenza y nuestros pequeños pueblos tan saneados, arreglados y comunicados pueden ofrecer debido a su evolución como parte de un gran espectro en paz, avanzado, justo y democrático, es infinitamente mejor que la gran mayoría de sus lugares de origen; sanidad garantizada, educación de calidad, tecnologías al alcance, igualdad de género, agua limpia y saneamiento, energía asequible, vivienda y trabajo decente.

Estos últimos se pueden generar sacando del olvido de nuestros pueblos; viviendas, locales, que fueron públicos o simplemente por el paso del tiempo acabaron siendo ruinas por desatencion de sus propietarios. Antiguas escuelas, casas de maestros, de médicos, de curas, hornos, huertos, garajes, naves agrícolas y ganaderas, almacenes, respecto al empleo el punto de partida puede ser, personal para mantenimiento del pueblo, para vigilar, para realizar servicios sociales y sanitarios a los vecinos, para relevar a los negocios existentes, todo tipo de servicios de proximidad, para trabajar mediante las nuevas tecnologías de la comunicación, Pero para eso hace falta otra revolución, movilizarse para reconquistar la paz y la alegría con las pequeñas cosas, aterrizando en las pequeñas ciudades y en los pequeños pueblos, pero sin prisa.

Javier Muñoz Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Los aprovechantes

Andan los aprovechantes de lo del 78 como pollos sin cabeza. No les salen las cosas como quieren y, como niños mal criados, patalean. Quieren su juguete: ¿dónde está su juguete? Está roto, no funciona, se estropeó hace ya unos tres o cuatro años y no tiene apariencia de volver a funcionar. Los ilustres que pergeñaron el asunto creyeron atarlo bien con su diseño a dos facciones mediante delimitación a medida de circunscripciones, a la vez que quisieron hacerlo proporcional, como si ambas cosas, bipartidismo y proporcionalidad, fueran posibles simultáneamente. Sorber y soplar al mismo tiempo, ¿qué podía salir mal? Sin embargo el diseño, torpe e infantil en ese sentido, tiene méritos innegables. La proporcionalidad, es decir, su sinónimo, que no es otra cosa que la oligarquía de partidos, era condición que sabían necesaria, ahí no dieron puntada sin hilo los muy ilustres, para crear grupos de poder en los que medrar eternamente sin control ninguno del ciudadano. A la cabeza de las ventajas, por puro diseño consciente, está la innegable de que los aprovechantes tienen siempre la última palabra. Para mejor aprovechamiento, obviamente.

Y ahí andan las tres facciones principales, que tienen como oficio aparentar gresca continua sobre quítame allá unas pajas, siempre perfectamente de acuerdo en lo esencial, es decir, en “lo suyo”. La idea fue del más nuevo, osado al principio como tal, y, aunque en un primer momento algún asesor les debió de lanzar a los otros dos un “ojo, que se os ve el plumero”, pronto lo asumieron públicamente  en este estado de cosas que tiende a la descomposición en el que, en un sálvese quien pueda, cada vez hay menos vegüenza para mostrar las enaguas. Esta es la genial fórmula para arreglar el roto que corre por las rotativas: cincuenta diputados de regalo para el que saque un solo escaño más en cortes. O el baremo que inventen, que lo mismo da. Una minoría impuesta a la mayoría en todo caso. Si hasta ahora no podíamos hablar de democracia (representación + separación de poderes), ¿cómo habrá que llamar a esto que quieren colarnos? Algo tiene que decir la historia.

La cuestión es que la cosa tiene nombre y lleva inventada casi un siglo. La Ley de 18 de noviembre de 1923, conocida como Ley de Giacomo Acerbo, diputado que la ideó, perteneciente al Partido Nacional Fascista, fue diseñada para que la formación de Mussolini alcanzará un “poder sólido” ante una situación de bloqueo parecida a la actual en nuestro sufrido país, típica de todas las oligarquías de partidos a la larga. En ella se establecía que aquella formación que lograra más del 25% de los votos pasara a ser dueña automáticamente de dos tercios de los escaños del hemiciclo. Tan descabezados andan nuestros queridos aprovechantes que no dudan en tomar la letra de una ley fascista, y esto es historia, no apreciación ni insulto gratuito, para asegurar “la estabilidad del sistema”. Del sistema que les da de comer, obviamente. Pongan ustedes ahora nombre al invento que nos quieren colar si les parece, ya he dado bastantes pistas.

En una oligarquía de partidos, sus cúpulas legislan y gobiernan (actos que resultan simultáneos e inseparables en este tipo de regímenes de poder) en su propio beneficio, como se demuestra una y otra vez. Aquí, en la Italia que dio lugar a Mussolini y en la Alemania que creo el monstruo hitleriano. Insisto, no es opinión: es ley y pura historia. Se oyen muchos balbuceos ante la incapacidad del sistema para funcionar una vez roto el bipartidismo, que se creía algo dado y eterno. Además de la ocurrencia tan obviamente antidemocrática de lo de Acerbo, otra maravilla que se oye en estos estertores de lo del 78 para intentar salvar los muebles es lo de la “doble vuelta”. Doble vuelta que se lanza, campanadas oigo, como un eslógan, como todo lo que ponen en la palestra los aprovechantes, pero con fundamento nulo ya que ¿en qué consiste una doble vuelta en un sistema de partidos en el que se vota a listas? ¿En, tras una primera votación, volver a elegir entre los dos partidos más votados y fulminar a los demás, que se quedarían fuera del hemiciclo? A alguno, teniendo en cuenta las cosas que se atreven a pensar seriamente (como lo de Mussolini), seguro que se le ha pasado por la cabeza.

La cosa es infinitamente más sencilla, y lo llevo defendiendo aquí desde hace ya varios números. Por un lado, la nación legislando para sí misma en una verdadera cámara de representantes que responda ante sus electores, no ante las cúpulas de sus partidos. Y por otro el ejecutivo, es decir, el representante del estado, frente a ella, en equilibrio de poderes, no solo en separación, que es nada más que la mitad del cuento. Para ello solo hay una fórmula conocida y probada por la historia: el presidente por elección directa, no indirecta de las cúpulas (a través de sus cortesanos) que imponen siempre, metámonoslo en la cabeza, su propio interés (para muestra, el botón de la no-investidura reciente, y lo que te rondaré). Un presidente elegido por todo el electorado en distrito único nacional, aquí sí, a doble vuelta entre los dos más votados en primera instancia si no se alcanzará la mitad más uno de los votos. Dos poderes idénticos y enfrentados, como postuló Montesquieu, al que tan poco se le ha hecho caso en este desastre político llamado Europa, “haciendo que los poderes vigilen a las ambiciones, y que usted y yo como ciudadanos podamos dormir tranquilos” (Trevijano). La fórmula más sencilla y justa posible: simplemente democracia en lugar de oligarquía de partidos. Por supuesto, los aprovechantes no van a querer, sería el fin de su aprovechamiento. Habrá que decírselo entre todos, ¡menudos aprovechados!


¿Son útiles las fumigaciones?

La fumigación se ha convertido en una mala costumbre, en estos tratamientos suelen usarse plaguicidas como los organofosforados o los piretroides, que matan a los insectos pero que también son tóxicos y peligrosos para la salud humana. En los últimos años muchas personas han sufrido daños en su salud por la exposición involuntaria a plaguicidas.

Los efectos de los pesticidas sobre la salud humana pueden ser tan importantes como difíciles de diagnosticar ya que producen desde dificultades respiratorias y síndromes irritativos a un conjunto de trastornos neuropsicológicos graves como pérdida de memoria, dificultades de concentración, cefaleas o incapacidad para realizar tareas rutinarias. También se pueden producir alteraciones en el sistema endocrino.

Debemos recordar que el ciclo vital del mosquito:

Huevo de mosquito: Es el primer estadio de un mosquito. Las hembras han depositado previamente los huevos en zonas que cumplen las condiciones para el nacimiento de sus crías. Humedales, aguas estancadas o zonas próximas a fuentes de humedad. No todas las hembras hacen su puesta directamente sobre agua, pero sí siempre en las cercanías.

Larvas de mosquito: Desde la puesta son necesarias de 24 a 48 horas para que los huevos eclosionen y se conviertan en larvas. En esta fase los futuros mosquitos flotarán sobre el agua durante, al menos, 7 días.

Pupa de mosquito: Es la fase previa a que el mosquito se convierta en adulto. Aunque las pupas tienen capacidad de movimiento, en esta etapa está en reposo y no se alimenta. Progresivamente irá desarrollando las patas y alas y después de 48 horas se completará la metamorfosis.

Mosquito adulto: Una vez los mosquitos se han desarrollado completamente, salen de la pupa como adultos y se preparan para volar y buscar su anfitrión para alimentarse.

Muchos estudios han demostrado que el fumigado solo logra eliminar un 10% de los mosquitos adultos y no afecta a las larvas ni a los huevos. Así que en menos de tres semanas tenemos los mismos mosquitos. Además de matar a muchos de los pollos que están naciendo de aves insectívoras y las crías de murciélagos, grandes aliados en la lucha contra los mosquitos e insectos en general.

Por lo tanto, el mejor remedio es el control biológico. En muchos lugares como Brihuega están colocando cajas nido para murciélagos y aves en el pueblo y cuidando los árboles para que en ellos aniden muchas más aves, además si consiguiéramos restaurar la vida del cauce del rio Henares y volvieran los peces al rio estos se encargarían de comerse gran cantidad de larvas y pupas de mosquito impidiendo que se desarrollen.

Es importante asimilar que los insectos conviven con nosotros y es imposible eliminarlos y por lo tanto la mejor forma de disminuir la cantidad de mosquitos es el control natural biológico.

En resumen, si cuidamos nuestra naturaleza esa será nuestra mejor arma contra los mosquitos.


La huella de nuestros mejores maestros

Unos días después de recibir el Premio Nobel de Literatura, en 1957, cuando los aplausos y los elogios dejaron paso al silencio, el escritor Albert Camus le escribió una carta entrañable a su profesor de primaria, Louis Germain, diciéndole: “Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al pequeño y pobre niño que era yo, sin su enseñanza y ejemplo, nada de esto hubiese sucedido (…) Le puedo asegurar que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted tuvo continúan vivos en uno de sus pequeños alumnos que, a pesar de los años, no ha dejado de ser su agradecido pupilo”.

La respuesta de Louis Germain al premiado y agradecido alumno puede resumirse en este párrafo de su misiva: “Creo conocer bien al simpático hombrecito que eras y el niño, muy a menudo, contiene en germen al hombre que llegará a ser. El placer de estar en clase resplandecía en toda tu persona”.

Todos hemos tenido maestros, maestras, profesores y profesoras inolvidables que han moldeado —y mejorado— nuestra forma de ser y de actuar en la vida. En realidad, se quiera aceptar o no esa influencia, somos lo que la educación ha hecho de nosotros. Cada uno de nosotros tenemos en la memoria algún maestro/a o profesor/a de cuyas enseñanzas y consejos tomamos buena nota. Nos acordaremos siempre de sus nombres, de su cara, de su forma de expresarse en clase, del énfasis que ponían a la hora de explicar una determinada materia, y seguro que guardamos en la memoria alguna anécdota relacionada con ellos.

Mi primera maestra de escuela fue Angelita. Agradable y encantadora. Visto ahora desde la distancia, está claro que le echó mucho valor y paciencia a su tarea, porque no era  fácil intentar domesticar y domar a veinte o treinta pequeños salvajes en aquella escuela rural, con estufa de leña, ubicada en la primera planta del edificio del ayuntamiento. Educada y elegante, la sigo saludando cuando coincidimos en Sigüenza. Me pregunta por la familia, por mis hermanos, a los que también tuvo como alumnos, y sólo en contadas ocasiones me recuerda “lo malo y rebelde que eras”.

Angelita tuvo que adaptarse a un entorno duro y difícil, en el que el absentismo escolar no era un problema y sólo podía justificarse porque el niño estaba en el campo ayudando al padre o cuidando del ganado. Como norma general, estaba prohibido ponerse enfermo.

En la siguiente etapa, durante la adolescencia, tuve un profesor de Literatura en el Instituto cuya influencia fue determinante a la hora de pensar en el futuro y elegir una carrera acorde con mis aficiones. Aquel profesor, de nombre Arturo, no se limitaba a explicar las distintas generaciones literarias, ni a recitarnos de forma cronológica las obras de Benito Pérez Galdós, Federico García Lorca, Pío Baroja o Miguel Delibes. Para Arturo era mucho más importante que leyéramos algunas de sus obras. Disfrutaba proponiendo lecturas y agradecía que le pidieras opinión sobre la lectura de una novela de F. Scott Fitgerald de la que había hablado en clase.

A este profesor de Literatura, al que guardo un especial cariño, le gustaba también que los alumnos de 6º de Bachillerato hiciéramos redacciones sobre distintos temas, incluidos asuntos polémicos y controvertidos. Quería comprobar nuestra capacidad narrativa y la manera de contar de forma correcta y ordenada lo que pensábamos sobre los toros, la democracia, el teatro o la filosofía. En alguna ocasión me mandó leer en clase la redacción que yo había escrito, para comentarla y opinar sobre el fondo y la forma de aquel escrito.

Antes de finalizar aquel curso y comenzar COU —por cierto, los de mi promoción tuvimos el honor de inaugurar, cual conejillos de indias, las primeras pruebas de acceso a la Universidad—, Arturo me preguntó si ya tenía pensado lo que quería ser de mayor: si pensaba ir a la Universidad y por qué carrera me inclinaba. La verdad es que no tenía las cosas claras. Así se lo dije. Lo único que tenía decidido en aquel momento es que me iría a Madrid, sí o sí, a buscarme la vida, y que estaba dudando entre estudiar Periodismo o Derecho. En función, todo ello, de si me concedían o no una beca.

En esa conversación quiero recordar que Arturo me animó a que no dejara de escribir, que apuntaba maneras, pero sin decirme claramente que la mejor opción de las dos era Periodismo. A partir de entonces, lo tuve claro. Me matriculé en Periodismo, turno de tarde, y en Derecho por las mañanas. Hasta que surgió el primer trabajo de reportero, conocí por dentro la profesión, y el Derecho pasó a un segundo plano, hasta quedar definitivamente aparcado.

Pero los buenos maestros, como el de Albert Camus, siempre están ahí. Y vuelves a encontrártelos en la Universidad y en los centros de trabajo. Durante la carrera tuve profesores admirables, como Jesús Terrón, que daba Historia Contemporánea en los primeros cursos de Periodismo, o Vintila Horia, escritor y ensayista rumano que había pasado por los campos de concentración nazis.

En el trabajo uno ha tenido a maestros como Fernando Ónega, Jaime Campmany, Javier González Ferrari, Julián Lago, Luis del Olmo, Carlos Herrera, Alsina… Y de cada uno de ellos siempre es inevitable aprender algo.


El vegetalismo y las lentejas con chorizo

El vegetalismo es una idelogía, como todo lo que acaba en ismo, desinencia que por casualidad se parece al sustantivo istmo y que, curiosamente, sirve para la misma cosa, o sea para separar. Mis maestros de ciencia política me enseñaron que todas las idelogías son falsas, que solo son verdades parciales elevadas a principios universales, que además lo son así por definición, es decir, etimológicamente (una idea, que bien poco es, elevada al nivel del logos, es decir al de la explicación). Si analizamos los dos opuestos clásicos, en un lado está el comunismo, también llamado socialismo, que sostiene que la comunidad es la medida de todas las cosas, mientras que el liberalismo, en la orilla opuesta, concibe el mundo como individuos cargados de derechos entre los que no cabe comunidad alguna más allá de los intereses particulares. Marx, que se tragó sin masticar al “intenso” de Hegel, pensaba que la lucha de clases era, nada menos, el motor de la Historia, mientras que Smith y los suyos afirmaron que la libre competencia era el único mecanismo posible de organización social, anunciando que todo recaía en algo “invisible” (la famosa mano) que, al parecer, tenía poderes esotéricos, dicho todo sin despeinarse siquiera. Ideas, ideitas, o incluso simples ocurrencias con pretensión de universalidad. No busquen más en ninguna ideología.

Pero esta nuestra, no. Es el primer caso en la historia en el que nos encontramos ante una ideología verdadera. Porque, como resulta obvio, todos somos vegetales. Luego el vegetalismo es por definición completo e incluyente, integrador y total, sobre todo esto último. Al fin y al cabo, entre el paramecio y la euglena solo media un cloroplasto. Todos somos vegetales, unos con función fotosintética y otros, más imperfectos, sin ella, pero no por ello menos celulares y menos acuosos. Sí, ya sé que el mismo Stalin o incluso Locke pudieron decir cosas que suenan superficialmente parecidas, que lo suyo era lo bueno y lo de los demás no. Pero jamás ha habido una ideología que contemple por igual a todas las células del mundo. Estamos ante la ideología más absoluta, digo bien, jamás imaginada. Podemos llamarla vegetalismo o quizá cloroplastismo, pero quizá lo primero pueda cuajar más, me da la nariz.

Los derechos de los seres cloroplásticos son los mismos derechos de todos los vegetales, fotosintéticos o no, equivalentes todos. Porque no vamos a caer aquí en otorgar derechos a nadie, como hacen a veces los humanicistas, también llamados antropocistas, hacia otros seres equivalentes, reafirmando, sin saberlo, la prevalencia de su poder. Así hacían los reyes de corte feudal hasta tiempos remotos hoy felizmente pasados y olvidados, por ejemplo en el 1978. Los derechos se han de ganar colectivamente, es decir, entre todos, si se quiere que lo sean en lugar de concesiones. Si alguien tiene el poder de dartelos lo tiene también de quitártelos, como aprendieron mal y tarde los franceses en 1793. Solo el derecho que se concibe entre los que se someten igual y voluntariamente a él es derecho que nadie puede fulminar unilateralmente. La nación política vegetal, como un cuerpo político heterogéneo pero universal y completo en sí mismo, ha de elegir destino y dotarse de derechos y obligaciones por un mecanismo que garantice perfecta equivalencia de poderes individuales fundadores. Para eso es necesario un proceso constituyente en el que absolutamente todos los seres celulares, es decir, vegetales, diseñen con plena voluntad como individuos libres su ley primigenia, es decir, unas reglas del juego cimentadas en la absoluta paridad fundadora, se posean cloroplastos o no, de todos los miembros del cuerpo político (libertad política colectiva). Sin ello, no se puede hablar de derechos, como mucho de libertades graciosamente concedidas por una parte del todo político indiviso erigida artificialmente en dueña del poder.

Todos somos equivalentes en nuestra vegetalidad. Primero porque lo vegetal es lo primigenio y, de alguna manera, todos hemos nacido de vegetales en algún momento pasado de la historia. Pero además, porque sin lo vegetal no existe la materia que constituye lo orgánico. La vida no es posible sin esos pequeños tilacoides cargados de clorofila. Todos somos seres celulósicos por herencia, pero sobre todo por sustancia. En realidad, si seguimos nuestros razonamientos, estamos en un estado de cosas que resulta inadmisible. Afirmo y elevo a postulado básico emanado de la lógica más aplastante, que a nadie se le ocurrra llamarlo simple idea, que, como seres vegetales que somos no podemos seguir deglutiendo otros organismos legalmente equivalentes. Es obvio que va contra derecho y, aún digo más, contra natura. La nación vegetal ha de buscar una alternativa, no es admisible que una parte de ella siga devorando a la otra como si de un dios mitológico en un cuadro de Goya se tratara. Es necesario crear el bistec sintético a partir de la pureza pimordial de elementos fotoeléctricos expuestos al sol, o su equivalente tecnológico.

Cuando me ponen un plato de lentejas siempre dejo a un lado las legumbres y devoro, con respeto siempre pero nunca sin fruición, el chorizo y el tocinillo. Entrañas que, como tales, no son más que una parte, al contrario que cada lenteja, que es por sí misma una vida, una promesa de futuro, un todo completo. Igual me pasa con la fabada y con el cocido montañés, o no digamos con un tomate, receptáculo de una miríada de semillas que los antropocistas, tan parciales e injustos ellos, untan sin remordimientos en el pan para después convertir en bolo alimenticio (yo suelo comerme el jamón y dejar el pan con su unte, ya se imaginan). La nación vegetalista deberá prontamente, una vez constituida legalmente, enunciar leyes contra la atrocidad inter pares. Cloroplastus sumum.

Ahí queda enunciado el vegetalismo, la propuesta más universal que ha concebido un conjunto de células en toda la historia de la vida en la Tierra. Aunque, ahora que mentamos la universalidad, quizá debamos ir más allá. Nuestros razonamientos nos llevan a un avance definitivo que podría resultar un simple paso para un vegetal, pero un salto de gigante para la nación vegetalista: ¿Por qué quedarse en lo vivo? ¿Por qué restringirse a la mortal célula? ¿Acaso no existe algo más universal aún que la materia orgánica? Sí, querido lector vegetal, como ser consciente y sensible estarás pensando lo mismo que yo. Somos mucho más que simples células. Pero ya no tenemos espacio hoy para hablar del mineralismo.

Julio Álvarez