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Verano de mascarillas y distancias

Ni canción del verano, ni fiestas, ni peñas, ni pasacalles, ni encierros, que bastante encierro tuvimos la primavera pasada con el estado de alarma y el obligado confinamiento. Hace un año, por estas fechas, ya había empezado la Liga y Pedro Sánchez presidía un gobierno en funciones, a la espera de algún acuerdo o de nueva convocatoria electoral. Antes de hacer las maletas, con la imagen todavía presente y evocadora de la procesión de Los Faroles, Sigüenza recuperaba la calma. Volvía a la normalidad. Se agradecía en ese final de agosto la bajada de las temperaturas y el aire fresco que acompaña a las noches seguntinas.

Este año todo ha sido distinto. Un verano atípico, de mascarillas agobiantes y distanciamiento social obligado, aunque no siempre se hayan respetado las distancias. “Lávese las manos con el gel hidroalcohólico, póngase la mascarilla y no se acerque. Mantenga por favor la distancia”, advierte el funcionario de turno. ¿Le parece bien la quirúrgica, la higiénica, la EPI o mejor la FPP2? Sensación de agobio, sonrisas forzadas y gestos apenas perceptibles de preocupación, detrás de esta prenda imprescindible que nos tapa la boca y la nariz cada vez que salimos de casa.

Uno de los primeros días de las vacaciones, cuando ya había salido a la calle, caí en la cuenta de que me había olvidado en el perchero de la habitación este inseparable “objeto o trozo de tela o papel que se coloca sobre la nariz y la boca y se sujeta con una goma o cinta en la cabeza para evitar o facilitar la inhalación de ciertos gases o sustancias” (RAE). No era la primera vez, por cierto, que me había ocurrido algo parecido y desde hace algún tiempo, para evitar males mayores, llevo un paquete de mascarillas sanitarias en la guantera del coche.

Pero, en este caso, preferí llamar a casa desde el portero automático y pedirle a mi mujer que me lanzara por la ventana la mascarilla olvidada. La mascarilla fue descendiendo, hasta que una corriente de aire la arrastró y la dejó colgada en uno de los tubos de conducción del gas que sobresalen de la pared. No sabía qué hacer ante ese imprevisto, mientras observaba la mascarilla a varios metros de altura. Pero gracias a mi buena puntería, ejercitada en mis años de infancia con tirachinas, conseguí recuperar el dichoso trapito, la prenda más popular del verano; esa humilde mascarilla que nos cubre las vías respiratorias y nos impide muchas veces reconocer a quienes se cruzan en nuestro camino.

El verano de 2020 ha sido, sin lugar a duda, un verano raro, raro, raro… Un verano en el que nos hemos visto obligados a superar el miedo al coronavirus, intentando hacerlo compatible, pese a los rebrotes, a la necesidad de recuperar una normalidad que se me antoja cada vez más difícil.

Una de las primeras reflexiones que conviene hacerse, después de las vacaciones de este año, es si seremos capaces de doblegar a esta pandemia en España con las directrices de un gobierno que se parece bastante al ejército de Pancho Villa o atendiendo ahora a las medidas de protección aplicadas por otros 17 gobiernos que hacen la guerra por su cuenta y procuran eludir responsabilidades cuando los contagios se incrementan.

El coronavirus amenaza, mientras tanto, nuestras vidas y nuestras economías. Y, lo que todavía es más preocupante, nos avisa cada día de lo frágiles y vulnerables que somos, a pesar de los avances tecnológicos y a pesar de los descubrimientos científicos de nuestro mundo globalizado. El maldito virus anda suelto y ha sido capaz de encerrarnos durante meses en nuestros domicilios, provocando en España cerca de cincuenta mil víctimas mortales, una cifra que está muy lejos de los 29.000 fallecidos de las listas oficiales. Desgraciadamente, tenemos un gobierno que se resiste a reconocer la cifra real de fallecidos.

Por otra parte, una generación ejemplar, que logró reconstruir y hacer más moderno y habitable un país que había sido destruido por la guerra, se nos ha ido por el desagüe del olvido y la indiferencia. Son nuestros héroes caídos, los abuelos que tantas lecciones nos han dado y que se han marchado en medio de la soledad y del olvido. Decenas de miles de mayores han perdido la vida en una pandemia que pensábamos que era como la gripe y que no fue atajada cuando estábamos a tiempo de pararla. Decenas de miles de familias tienen que llorar ahora la ausencia de sus seres queridos —otras muchas han cerrado sus empresas o han perdido sus trabajos—, mientras me sigo preguntando si, con todo lo que ha caído, seremos todavía incapaces de aprender de los errores cometidos.

El uso de las mascarillas, el distanciamiento social y la higiene personal son importantes. Para todos y sin excepciones. Los ciudadanos españoles tenemos que tomar conciencia de la gravedad de la situación en la que vivimos y pensar en cómo salir de esta crisis que no tiene precedentes en los últimos cien años.

Hasta hace algunos días, caminaba por el pinar de Sigüenza con la mascarilla preparada en el bolsillo para enfundármela cuando me cruzara con alguien. Ahora, ya en Madrid, es una prenda que me cubre la cara desde el mismo momento en que salgo de casa. La vuelta de este verano de mascarillas y distancias se presenta complicada. Vuelven los niños a los colegios, pero se mantiene la incertidumbre…, y se siguen incrementando los contagios.

Menos mal que ya empezamos a estar curados de espanto.

Javier del Castillo

Ilustración: Galia

SANCTIFICETUR NOMEN TUUM

Siempre he pronunciado su nombre con respeto y cuando lo he escrito ha sido con un atávico orgullo no disimulado. Siempre te he buscado entre los colorines de los mapas, más bien por si estabas ausente que por si estabas ahí y no querías decirme nada; y, en los libros que al final tienen un índice onomástico, he peregrinado con la uña del dedo índice simulando ir ganando altura por ver si te encontraba, entre Sevilla y Soria. También te busco en postales, en grabados, en medallas, en sellos, en camisetas, en mecheros, en los papeles de envolver el kilo de chuletas o un brazo gitano, igual que en reproducciones de materiales de bisutería no más nobles ni baratos. Hoy te encuentro en los distintos medios de comunicación, y tus muchas imágenes y textos los retengo tercamente en los archivos de mi ordenador, porque tu peso no pesa.

Veces y veces he oído la secuencia sonora que te nombra con los significantes de forma correcta emitidos, pero no siempre los sonidos de los demás son los que son los tuyos: te confunden la ese con la zeta o al revés en estas sureñas regiones del reino; o te rompen el espinazo central en dos partes y el dolor no te deja queja alguna porque sabes del sedante de las buenas intenciones de los criminales; o te tratan como antigualla no evolucionada en el curso del tiempo donde puentes fueron pontes y fuentes fontes, y se te medio entornan los ojos notando cómo ibas creciendo tras muros y murallas en la vastedad de un páramo inmisericorde, que los brazos eran ya esas altas torres para ver y ser vista, la celosía de tu infancia mostraba ya a una moza en flor y perfumada, ojos para mirarte, labios para la doncelía; o qué decir de ese signo de distinción, esos dos puntos horizontales sobre esa ü que tú, como las ajorcas de las damas iberas, te cuelgas cada mañana para salir a pasear ribera abajo. No quiero hablar de tu acentuación, aunque bien sabes que eres una palabra exenta como una escultura, importante por sí misma, tónica es decir, no del nivel de otras palabras que no sirven sino para relacionar, y eso es nada, otras palabras.

El tiempo, eso que nos hace viejos, eso que todo lo embarra y lo mezcla, te ha cercado de otros avatares. Los más modernos, como Google, te rebajan la inicial mayúscula, como si en ello se llevaran algún significado. Minúscula, pues. Esos mismos te prefieren desnuda de adornos, esencial, minimalista, sin almenas ni tesoros, ni recovecos con que un signo de escritura obligue a que esa ü sea pronunciada, no como ese alguien o ese aquel que en la escuela no supo aprenderlo y luego, como de sabio, lo ignoró. No te serán necesarios tampoco los pendientes, pero a ti te gusta pasearte con ellos, más que por presumida, por esa moderna antigüedad que tan diferente te hace. Y no lo dudes, que siempre puede ser peor: ahora los posmodernos de movilazo escriben “ziwenas” por cigüeñas, adulterando ese radical origen tuyo por un extraño ringorrango sajón que resulta como un insulto que hiere en los ojos y por el dasawe del wáter echan tu cigüeñal. Mil veces eres injuriada con el desparpajo injusto de un novato imberbe, y tú lo más que haces es cerrar los ojos, igualito que las estatuas de Plensa, como si tu fuerza fuera el silencio en vivo, y aguantar ¡Qué remedio! Y además, es dudoso el género gramatical de tu elaborado esqueleto, eres guapa y guapo en el mismo momento, luminosa e incluso luminoso, maestra y maestro, doncel y doncella, pero prefieres madre y madrastra, que es lo que mejor casa a tus instintos y a tu puro significante.

Para conquistar tu nombre hay que subir muchas cuestas resbaladizas, vadear muchas mimbreras, hay que evitar el sol demasiado de la desolada intemperie, comerse el frío, saltar charcos, rodear plazas, rendir fuertes y murallas, traspasar fronteras. Todo un laberinto tus moradas hasta que, con tus arreos propios bien puestos, dejas de ser guiños de algarabía y visajes de jerigonza. Y entonces suena la claridad, como una campana dorada, y te conviertes en exactitud y precisión: cuatro vocales y cuatro consonantes todas distintas y magistralmente ordenadas y talladas por el uso del hablar. El aire, materia inocentemente natural, hay que refinarlo en los pulmones; para que cumpla su función, hay que ir dejándolo escapar en tres tramos, tónico el central, manejándolo con las riendas de la lengua según su posición en la boca. Alveolar, gutural, nasalización, inter labial, son tecnicismos aclarados en los manuales de fonética y fonología. ¡Qué difícil llamarte! ¡Arte de magia el dudoso trazado de los signos que son ya tan tuyos como míos! La primera sílaba, un silbo casi, resulta ser ya un suficiente modo de invitación al silencio y a la siesta, a la silla y al sillar; la segunda, me avergüenza como un regüeldo endiablado; pero es la tercera y final la preferida por ti y por mí, y entonces vamos sacando nuestra colorada lengua por entre los castos dientes y los labios de lirio. ¡Y el aire se siente puramente agotado como yo!

Días de confinamiento sin fin y desescalada, soledad que enerva y frustra, un libro o un montó es un compañero excelente en este acuoso desierto. Stephen tiene su historia: de Dublín, lo conocí a mediados de los ochenta en un instituto de Alcalá de Henares en que ejercía como profesor de inglés, se casó allí, etc. Su hobby es la biografía y la obra de Cervantes, su espinita se llama Brexit. Hace unos años volvimos a coincidir y desde entonces nos tomamos alguna cervecita juntos, como ahora, al sol de las ocho y pico de la tarde. Entre Sirenas al norte y Nereidas al sur, cómodamente sentados frente a un mar que espejea un rubor como de vino y canta su sedante melisma, estamos esperando a Charo y Lola para echar un ratito y charlar.

-El teletrabajo es más trabajo, es un engorro sin fin que me tiene estresadísima. Y más blanca que el blanco de la leche. Aburrida estoy, y el verano llamando a la puerta, y todo esto que no acaba de acabarse. ¡Qué envidia me dais, jubiletas!- decía Lola mientras iba desenmascarando su sonrisa y luego escondía su tableta y sus gafas de sol en el bolso de cuero. Charo ya se había sentado, la mascarilla de pulsera:

-¿De qué se platica en esta botica? ¡Nada de política, eh, que si no Lolita se irrita!

-Pues mira. Estábamos hablando –decía Stephen mientras giraba la copa sobre la mesa- de su pueblo, que quizá vaya a aparecer en un listado para ser reconocido como patrimonio de la humanidad. Es muy difícil conseguirlo pero hay patrimonio, cultura y paisaje. Lo descubrí gracias a una excursión del departamento de extraescolares, luego he vuelto otras tres veces. Os dará la risa el que un pueblo de menos de cinco mil tenga lo que tiene por haberlo sabido mantener, que haya manejado tantísima piedra, haya trazado un espacio urbano para la convivencia, tres iglesias románicas y una catedral para verla y dentro la joya de su Doncel, una fortaleza acogedora, manzanas de edificios en terrazas bajando la cuesta hasta el Henares, río de la avena loca del Arcipreste de Hita y de ninfas renacientes, agua del bautizo de Cervantes…

-Esos son delirios de grandeza y puro chovinismo. La vanidad castigará a los “seguesanos”. Anda, búscalo en la tableta y dale a imágenes -estalló Lola mirándome con una expresión desdeñosa-. ¿Y la ciudad más antigua de occidente? ¿Los sarcófagos? ¿El teatro romano? Mis murillos, mis zurbaranes, mis goyas ¿no son nada? Y para guapo guapo el San Servando de la Roldana. ¡Habrase visto! Y no hablemos de los carnavales, Stephen.

- Creo que hay varias varas para medir varias cosas –retomó el irlandés-. Todo aspirante debe cumplir unos requisitos de los que puedes informarte en internet. Tened en cuenta que crearon donde nada había, y que eso ha de ser mantenido en un medio rural y en una España peligrosamente despoblada y desfavorecida. Los cluniacenses franceses reconquistaron la plaza en el siglo XII, implantaron el nuevo rito, construyeron símbolos, pero siglos más tarde también otros franceses la asediaron y asaltaron, despreciaron la imagen de la patrona traída por aquellos antepasados suyos y sometieron a sus habitantes a la indigencia de por vida. La nueva división territorial del reino, que Javier de Burgos modeló, le adjudicó, como sede episcopal, un territorio nuevo y repartió el que tenía. Fue un mal no menor decir adiós a San Baudelio, adiós a Medinaceli, adiós a Huerta. Y en la guerra civil el desatino de ambos bandos, a cañonazos por tierra y bombas por aire, la pretendieron con insano sadismo. Incluso el obispo ha emigrado a tierras de mejor pastoreo. Edificios totalmente vacíos que el tiempo irá royendo como es su costumbre. No hay ni vino ni aceite ni lavanda, ni una industria, siquiera pequeña, que sujete a los resistentes residentes y les permita prosperidad. Ni agricultura ni ganadería, apenas ya artesanos y cuatro hortelanos. Abundan tiendas y comercios, bares, restaurantes y terrazas. La enseñanza fue hace años su punto fuerte. Quizá podría especializarse en la práctica del idioma español para alumnos extranjeros, u otro tipo de saberes. Hasta entonces no le queda más remedio que vivir de los viajeros y turistas como un singular parque temático, eso sí, con la ventaja de distar de Madrid sólo ciento cincuenta kilómetros. Lo que hace falta es conseguir y gastar un montón de euros para llevar a cabo un amplio programa si no de creación al menos de mantenimiento –concluyó Stephen apurando el penúltimo trago ya calentorro.

Charo aplaudía con sordina el argumentario del discurso del irlandés hasta que se dio cuenta de que se le había caído la mascarilla y la recogió encogiendo el torso. Lola iba poniendo mueca de mona lisa mientras visaba y veía, pasaba, ampliaba, retrocedía las imágenes. El camarero ponía otras cuatro cañas. Al sol, ya beodo y púo, del todo amoratado, nada le quedaba para ocultarse en su yacija.

-¿Y este es el pueblo del que nunca te has desempadronado? ¡Joé, si es un gallo! Mira, mira, Charo, ¡un pueblo rojo! Arfavo, vente acá pacá –y acercaron no sin peligro las sillas para comentar juntas las imágenes - . Muy bonita postal, verde y azul. Al menos cinco rascacielos. Esto es la plaza mayor… esta, otra plaza con tres escudos, … un parque con árboles y quiosco, …una calle, un arco y encima un altar con virgen, …otro arco con virgen, … una casa con portón y almenas, …otra calle de casas iguales … una fuente con tres caños, … un museo pone que es, … aquí, antigua universidad, . ..eh ,quilla, peaso iglesia , no pinta que esté abandonada, …altar, altar, capitel, bóveda, reja del coro, sacristía, rosetón, claustro, capilla del Doncel, el hermano del Doncel, sus padres, más Doncel. A este ya lo tenía yo visto. ¡Qué tarde es! Venía así, la misma imagen, en el libro de Historia que me hicieron estudiar. Que me duele la cabeza. Hace poco que hablamos del síndrome de Stendhal pero lo mío debe de ser otro virus o el maldito teletrabajo. Escucha, siguentero, que tu pueblo me ha gus.., nos ha gustado mucho. Otro día será otro día. Apago la tableta, recojo mis cosas, ¡uf, la mascarilla! Bueno, pues muá, muá y muá. Todavía tengo que hacer cena para tres. Charo, hablamos mañana.

Y Lola se fue. Con Charo y Stephen aún nos tomaríamos otra u otra dos. Ya era de noche. Las palmeras, recién podadas, levemente inclinaban su penacho al viento del sur. Desde que han suprimido la circulación, todo se oye.

- Oye, ¿y tiene allí Cervantes el nombre de alguna calle?

- No, que yo sepa -le respondí-. Sin embargo sí las tienen Machado, Lorca, Picasso y algunos más del siglo XX. Es que hay muy pocas calles de nuevo cuño, de mujer creo que ninguna. No sabemos que Cervantes estuviera o pasara por allí, sí sabemos que conoció al secretario de uno de sus obispos. Esto, por supuesto, ya lo comentamos hace tiempo. Lo que no sé es si sabes lo del soneto de Alberti.

Hice ademán de declamar los primeros versos. Sí, conocía el poema. Lo guardaba en una foto que le había hecho en la estación del tren la segunda vez que vino. Charo se mostraba intranquila, la mascarilla de acá para allá, salió de la terraza a fumarse un cigarrillo y a trastear en el móvil. Y volvió. Me preguntó si estaba de acuerdo con lo que Stephen había dicho. Respondí:

-Totalmente de acuerdo, turismo, enseñanza y patrimonio, claro que este patrimonio tiene a la iglesia por dueña. Para todo habrá que contar con ella. Somos ya jubilados mayores. A ti quiero recordarte lo de tu admirado Stevenson, el escocés de La isla del tesoro, cuando habla del ocio como un hacer muchas cosas no reconocidas en los formularios de las clases dirigentes; que el ocioso cuida de su salud y espíritu al estar al aire libre, que nunca será dogmático y sí tolerante con toda persona y opinión, que si una persona no puede ser feliz más que estando ociosa, ociosa ha de estar. Reivindico, pues, el acceso a una cultura del ocio, un asunto me temo, muy personal.

-Quillo, que no me enteraba muy bien de cómo se escribía y cómo se pronuncia el nombre de tu pueblo. Creía que era algo así como Gigonza o algo parecido. Ahora ya lo tengo aquí pero no sé si lo sé muy bien leer. A ver, si, sig … Oye, ¿y estos dos puntos aquí cómo los leo?

- Pues no somos ni seguesanos ni siguenteros, ya se lo diré yo a Lola. Somos seguntinos con la pérdida de esos dos puntos que sin función son inútiles del todo. Respecto a su pronunciación… “siempre he pronunciado su nombre con respeto y cuando lo he escrito…” 

Antonio Ortiz Mochales

Miedos

En medio de la pandemia y el consiguiente estado de alarma, hemos ido viviendo los cambios de fase en cada Comunidad Autónoma, como buenamente se ha podido. En Madrid, para que negarlo, bastante fastidiado. De manera que tampoco en esta ocasión, hay forma de que escriba algo de título más optimista.

Los negacionismos no son cosa de ahora. Que la tierra sea redonda, que haya existido el Holocausto o que tengamos encima una crisis climática, solo por nombrar algunos.

Ahí hemos tenido a nuestro querido Trump y sus peculiares recomendaciones. A Bolsonaro, anunciando su inmunidad al colonavirus  porque él es un atleta, al presidente de Méjico que animaba a salir a restaurantes y demás, a Boris Johnson que recomendaba para su país la “inmunidad colectiva”. Los resultados de esas ocurrencias son por todos conocidos. En el entorno de Europa y en España, las opiniones han sido para todos los gustos. Hace unos días, el presidente de la universidad católica de Murcia hacía unas declaraciones, hablando de esclavos de satanás y de conspiraciones.

En las redes sociales, han circulado distintas teorías sobre científicos que han soltado virus modificados en laboratorios para destruir la humanidad, y otras en esa línea. Han proliferado gurús de toda índole y visionarios que tenían la solución.

Imagen de la gripe española de 1918-1920.

Los sentimientos de angustia y ansiedad, al igual que el miedo, son respuestas posibles a situaciones de incertidumbre como la actual, ante algo que es vivido como un peligro. Miedo al contagio, a perder el empleo, a perder la vivienda. Lo paradójico del miedo es que también puede salvar.

El miedo guarda la viña, dice el refrán. Pero también puede ser vivido como cobardía moral. ¿Por qué habría que ocultar el miedo como algo vergonzoso?

La incertidumbre que nos acompaña en esta época de pandemia, en que epidemiólogos prestigiosos a nivel internacional, muestran sus dudas, propician que esta situación traumática colectiva, se viva individualmente de muy diferente forma. Están los que siguen sin salir de casa desde antes del mes de marzo, hasta los que son inmunes al miedo y, en el día a día, andan rivalizando con el virus y poniéndose en riesgo.

¿Cómo interpretar todos estos comportamientos? ¿Qué podemos aprender de lo que está ocurriendo?

Entre la reflexión y la ignorancia hay un amplio campo, y algunas investigaciones pueden ayudarnos.

Es la era de la globalización, los viajes largos duran horas, y es muy fácil la extensión de un contagio por el movimiento rápido y frecuente de unas zonas a otras. Pestes hubo siempre. Historiadores estudiosos de la Edad Antigua, al referirse a la peste antonina, sostienen que ya en el siglo I, la peste tuvo lugar por los desplazamientos que hacían las legiones romanas a las distintas provincias del imperio.

En ciencia, María  Blasco, doctora en Bioquímica y Biología Molecular, nos dice que el lenguaje bélico no es el adecuado, y afirma sin dudarlo, ¡no son guerras, son virus! Los ejércitos no van a parar el virus porque no se trata de una guerra, sino de una cuestión de salud. Poco después de los primeros casos, científicos chinos fueron los primeros en averiguar el material genético del virus. Y en cuestión de semanas se descubrió cómo infectaba este virus las células humanas. Un científico puede más que mil soldados, afirma.

Ester Pascua, investigadora medievalista, al tratar sobre la peste negra del siglo XIV, habla de las danzas de la muerte, pero también del miedo y del control social, del dolor, de la incertidumbre y de la inquietud sobre el futuro. De las consecuencias políticas, culturales, económicas y la caída demográfica. Dice que aceleró procesos que ya venían del siglo XIII, es decir que provocó cambios, como los que presumimos tendrán lugar en el siglo XXI actual.

Igualmente ocurrió con la pandemia de gripe de 1918 que mató a unos 50 millones de personas en todo el mundo. Fue a partir de entonces, cuando se comenzó a ver la importancia de contar con unos buenos servicios de salud.

Estas cuestiones sobre lo sucedido en otras épocas, están vigentes en este momento,  y es algo que se repite en los planteamientos de los investigadores.

Es muy cierto que algunos cambios perdurarán, no otros. Incluso costumbres cotidianas en la mesa como usar cubiertos, platos y vaso propio, se implantaron después de epidemias.

Los brotes recientes en distintos países, el nuestro incluido (cuando escribo estas líneas hay once brotes en España), transmiten no sólo incertidumbres, sino inseguridad en cuestiones de salud, pero también en lo social y en lo económico.

La expresión “nueva normalidad”, se ha instalado en los últimos días, igual que hace no tanto se hablaba de ruedas de prensa diarias, estado de alarma o las fases tal o cual. Ahora se apela a la responsabilidad personal, cuando se ven playas abarrotadas o fiestas multitudinarias, sin protección y sin distancia. Actitudes que conviven con las de quienes, ante esas situaciones, temen los contagios. El personal sanitario declara tener miedo a que esos comportamientos tengan consecuencias. Parece por tanto, que estos temores no están fuera de lugar. Somos frágiles y vulnerables. Son frágiles no solo nuestros cuerpos, y los sentimientos de tristeza, angustia y preocupación están presentes porque la fragilidad emocional, que nos hace vulnerables, forma parte de la condición humana.

En lo individual, los recursos que cada uno tiene para afrontar situaciones graves, son siempre singulares, salir a una playa, aunque este año sean “playas vigiladas”, es la opción de algunos. El cine, la literatura, el humor, el arte..., son un bálsamo en cualquier circunstancia, en épocas de bonanza un placer, y gran ayuda en tiempos adversos.

Carmen Peces

¡Cuánto habría que aprender de ellos!

Ha tenido que ocurrir una tragedia, una catástrofe como la que todavía estamos viviendo, para que nos diéramos cuenta de que ellos estaban entre nosotros. Indefensos, ensimismados en sus recuerdos, intentando recuperar momentos felices, con esa memoria selectiva de la que algunos se ven privados por culpa del maldito alzheimer. Muchos de ellos, decenas de miles, han dejado este mundo en la más triste soledad, abandonados a su suerte, entre la sinrazón y la impotencia.

El coronavirus ha diezmado y se ha llevado por delante a una generación irrepetible, curtida en la adversidad y en el sacrificio. Muchos de ellos nacieron durante la guerra civil y otros eran casi unos niños durante la contienda o se quedaron huérfanos cuando los bombardeos dejaron paso a los escombros y a la miseria, en un país devastado por la guerra. En sus recuerdos más lejanos están las meriendas con pan duro y una onza de chocolate, el huevo frito compartido, la leche en polvo, las cartillas de racionamiento o el abandono del colegio porque había que echar una mano en casa.

Con el paso de los años, en aquella España marcada por la escasez y la grisura de la posguerra; en aquel país que intentaba mirar hacia delante, superando las heridas de una contienda fratricida, comenzaron a ver un poco de luz al final del túnel. Los primeros “brotes verdes”, entre los edificios reconstruidos. Después de tantas privaciones y sacrificios, la generación de nuestros padres empezaba a ver a partir de los años sesenta algún resquicio de esperanza en la emigración y en el desarrollo de los primeros polígonos industriales. Sus hijos – menos mal – ya podíamos estudiar, incluso hacer una carrera, gracias a su enorme sacrificio.

Pues bien, estos hombres y mujeres, que se pasaron media vida luchando para sacar adelante a sus familias y que por fin pudieron empezar a celebrar con entusiasmo los progresos y el bienestar de sus hijos, han muerto de forma inhumana. No se merecían acabar así, abandonados a su suerte, en medio de una pandemia en la que a muchos de ellos ni tan siquiera les dieron la oportunidad de despedirse de sus seres más queridos. Nuevamente, sacrificados por una causa mayor.

La deuda que tiene este país con la generación anterior a la nuestra es enorme. Impagable, inabarcable. Ellos, después de haber sido niños de la guerra y niños huérfanos a los que en muchos casos se les ocultaban las causas reales de la muerte del padre o del abuelo, fueron luego capaces de mirar hacia adelante y de poner los cimientos para construir un país moderno y democrático. Cuarenta años después, al final de la dictadura, también fueron capaces de volver a sacrificarse con la mejor intención posible: “que vosotros no tengáis que volver a pasar las mismas calamidades que hemos pasado nosotros”, como me repetía mi madre.

Pero, desgraciadamente, el legado de esta generación que debíamos de tener colocada en un pedestal se ha ido perdiendo en el olvido, como se ha perdido la tolerancia a quien discrepa de los postulados propios. El odio que ahora se respira entre los nietos de la generación de españoles que decidió pasar página y buscar puntos de encuentro para reconciliarse es la prueba más evidente de que los hemos olvidado.

Cuando todavía vivía mi padre, en sus últimos años, fui testigo en muchas ocasiones de aquellas historias ya lejanas que le contaba a mi hija Isabel, y que yo ya había escuchado otras tantas veces. Eran historias duras, pero tan reales como la vida misma. En alguna ocasión su nieta, mi hija, le recordaba que aquello que le estaba relatando ya era la cuarta o la quinta vez que se lo había contado.

Sin embargo, no por reiterativo era más oportuno y necesario. Conocer lo que han hecho quienes nos precedieron – lo bueno y lo malo – debería formar parte de la educación obligatoria en las siguientes generaciones. Cuando mi padre le contaba a mi hija cómo había visto sacar de la iglesia y quemar las imágenes de los santos o cómo se llevaban, los de un bando o los del otro, a vecinos que ya nunca más volverían a verlos es duro. Sin embargo, esa tragedia también necesita contarse. Aunque sólo sea para comprender, desde la distancia, algunas de las cosas que ahora nos pasan y, sobre todo, para poder darles el valor que realmente tienen los conceptos de respeto y tolerancia.

La comunicación entre generaciones creo que se está perdiendo justo cuando más facilidades tenemos para mejorarla. La brecha generacional se agranda, a pesar del importante papel que siguen jugando los abuelos en las familias – especialmente en los momentos más duros de las crisis económicas – y se acentúa además por la omnipresencia de los móviles y sus múltiples aplicaciones en nuestras relaciones. El niño que antes escuchaba encantado las batallitas del abuelo, aunque fueran repetidas como las de mí padre, prefiere ahora ponerse videojuegos en la tableta o en el smartphone y disfrutar de sus batallas virtuales.

La generación de nuestros mayores también ha llegado tarde a las nuevas tecnologías. Aunque a muchos de ellos estos avances tecnológicos les hayan servido para despedirse de sus hijos por videoconfencia. Tampoco ha tenido tiempo de asimilar tanto progreso.

Nacieron con la crisis, lucharon luego para levantar el país, sufrieron infinidad de penalidades antes de ver disfrutar a sus hijos y nietos… Y, ahora, con todo lo que han pasado, se nos mueren en medio de otra maldita crisis.

Sólos, sin consuelo, como si hubiera caído una maldición sobre ellos.

Javier del Castillo

Las buenas maneras

Escrito del Grupo Popular del Ayuntamiento de Sigüenza en relación con el Pleno municipal en el que se aprobó el presupuesto para el año 2020.

En los tiempos que corren, los colores, los emblemas y las ideologías no deberían estar enfrentadas, más bien, lo contrario. Trabajar juntos y alejarse de los protagonismos, de las fotografías huecas y de los anuncios publicitarios debería de ser el objetivo. La situación actual no conoce de ídolos, grandes estrellas y menos de políticas populistas y complacientes.

Pleno del 15 de junio.

El camino es la verdad, la transparencia, compartir, y sobre todo, respetar. Podría parecer que el respeto, y no digamos, tener un trato cercano y afable es secundario, pero creemos que son los cimientos sobre los que se construye la sociedad. Las estrategias políticas, los discursos grandilocuentes, el defender una posición descalificando a la otra parte, el quitar el uso de la palabra, los ataques personales y los matices autoritarios no son buenos compañeros de viaje. Como decía Gandhi: “No hay que apagar la luz del otro para lograr que brille la nuestra.”

El pasado lunes 15 de junio se celebró pleno en el Ayuntamiento de Sigüenza de forma presencial. El pleno más importante del año, ya que se debatieron los Presupuestos del año 2020, en junio, casi 7 meses después de comenzar el año. Además de otros puntos, el equipo de gobierno aprobó los nuevos ‘logotipos’ e ‘imagotipos’. Finalmente, en el tiempo de ruegos y preguntas, planteamos alrededor de 40.

¿Por qué hemos votado no al Presupuesto de 2020? Se lo explicamos, sin tener en cuenta que llega tarde y que en algunas partidas está mal conformado y estructurado:

1. Los ingresos están sobreestimados. A modo de ejemplo: ¿Cómo se puede decir que la subida en la aportación del IBI es porque ha aumentado el empadronamiento? ¿Cómo se puede decir que se van a ingresar por casetas y barracas de fiestas 8.500 euros y de precios de los anuncios del programa de fiestas 10.000 euros si se han suspendido las fiestas? ¿Cómo se puede decir que van a aumentar los ingresos por consumo de agua potable si llevamos más de cuatro meses en los que la hostelería, que es una parte importante del consumo, desgraciadamente no ha podido estar abierta con normalidad? ¿Cómo pueden explicar que los ingresos de turismo solo disminuyen 8.000 euros cuando llevamos más de tres meses en los que la oficina de turismo no ha podido prestar servicio, y dentro de ese período ha estado la Semana Santa?

2. No han atendido a gran parte de nuestras propuestas presupuestarias (por cierto, nos entregaron la documentación del presupuesto “incompleta” un martes por la tarde, siendo el pleno el lunes siguiente). A modo de ejemplo: pedimos que este año dejara de cobrarse la tasa de terrazas, una medida sencilla que otros ayuntamientos han hecho derogando la ordenanza este año. Les dijimos que si no hay fiestas de San Roque para qué dejan una partida de 110.000 euros. Nuestra propuesta no es eliminarla, ni mucho menos, si no destinar una parte de la misma partida, a aumentar los servicios de bienestar sanitario; la asistencia social primaria; incrementar las ayudas a autónomos y Pymes de Sigüenza; y aumentar las subvenciones a Cruz Roja y Cáritas. Aprovechamos este punto para agradecer a todas las asociaciones, empresas, personas particulares y, muy especialmente, a la Peña Atlética Seguntina y Motoclub Alto Henares su solidaridad con la sociedad de nuestra ciudad y núcleos agregados. Además, en las reuniones por videoconferencia solicitábamos que se estudiaran los impuestos municipales “0” para autónomos y Pymes; la reducción de ciertos recibos para particulares en situaciones críticas; pero, nada de nada.

3. Se dice que es un presupuesto inversionista como nunca, pero la realidad es otra. En porcentajes, el año pasado las inversiones directas suponían el 10% del presupuesto y este año es el 4,9% (claro dirán que reales llegan cerca del millón), pero no se dice que gran parte de esa cantidad que intentan defender es lo obtenido por el anterior equipo de gobierno -es conveniente recordar el “Legado”-. Para el arreglo de la Alameda se consiguieron 350.000 euros, que aunque la Sra. Merino y el Sr. Page digan que son “parches”, ahora se va a destinar a otros fines para nuestra ciudad - también necesarios - como el Asfaltado del Camino Viejo, la Calle San Lázaro o un Parking de Caravanas. Por cierto, esa inversión no es del Ayuntamiento, y no puede estar en ese apartado porque nuestro Consistorio no tiene que aportar nada, la Diputación corre con el gasto.

4. Se dice que se ha incrementado la partida para nuestras pedanías en un 300%, sin embargo, el año pasado con la partida de Diputación para obras “Financieramente Sostenibles” se invirtieron más de 180.000 euros; y este año van a ser 56.000 euros - 2.000 por pedanía-.

5. No nos parece acertado que el Ayuntamiento de Sigüenza tenga que aportar 3.000 euros de su presupuesto, utilizando de intermediario a Recamder, para subvencionar a la Consejería de Sanidad de Castilla La Mancha. ¿No tendría que ser al contrario?

6. No estamos de acuerdo, que con la que está cayendo, los planes de empleo en nuestra ciudad hayan pasado de 20 contratados a 6, y se da por bueno. Desgraciadamente la cifra que nos indica el SEPE para Sigüenza en el mes de mayo es de unos 300 desocupados (18% de desempleo).

7. Ha pasado todo un año y “maldito Legado”, pero es así. Si quitamos la barredora (con un coste de 6.000 euros al mes), el cambio de maceteros, pintar líneas y, eso sí, mucha publicidad, fotos y “vender otras cosas”, no ha habido nada más. Y no queremos olvidarnos de esos grandes proyectos anunciados, donde el principal “padrino” era la Junta de Comunidades, que por cierto aprobó el Presupuesto de 2020 antes de la triste realidad que estamos viviendo, pero donde no figuran ni por asomo las “estrellas que iban a cambiar a Sigüenza”: un millón para la Alameda; la Depuradora, (siendo la primera que se iba a hacer en esta legislatura); el Centro de Día; el Paseo Fluvial… La Sra. Merino tendrá que aprender que “Las palabras poseen fuerza, pero nada les confiere tanto poder como el contacto con el papel”.

8. El endeudamiento de nuestro ayuntamiento, gracias a la gestión eficiente y activa de años anteriores, va bajando y esperemos que siga así (estaba alrededor del 80% en 2011 y, si todo se hace de forma adecuada, pasará en este año al 17%).

9. Por último, y no menos importante, este grupo rechaza la actitud mostrada en el pleno por María Jesús Merino a los concejales de la oposición con una postura más propia de otros foros políticos que de un pleno municipal, cuyo objetivo no es otro que el consenso común.
Sobre los nuevos ‘logotipos’ e ‘imagotipos’, no podemos apoyar el referente al escudo de la ciudad. Un escudo que no es de ningún partido ni de ninguna ideología; es de la vecinos de Sigüenza, y en él se simboliza su historia, su tradición y su cultura. Somos conocedores de que el escudo heráldico de Sigüenza continúa vigente, pero no entendemos que desde hace meses se está utilizando un “imagotipo” de manera frecuente por parte del Ayuntamiento para las comunicaciones como si del escudo heráldico se tratara. “El logotipo es solo para la publicidad”, decían, pero permítanos manifestarles que esto no se está cumpliendo. También sorprende que se lleve ahora a su aprobación, cuando se está usando desde febrero sin ninguna puesta en común previa.

Finalmente, nuestro grupo preguntó cuestiones importantes sobre el día a día de nuestra ciudad: el funcionamiento del Centro de Salud y la atención que se va a dispensar en el verano; sobre cómo está afectando la pandemia a nivel de personas infectadas y fallecidas; si se va a hacer y dedicar algún lugar público a las víctimas y héroes de lo que estamos viviendo; qué medidas se van a tomar para la apertura de edificios municipales, instalaciones deportivas y piscina; si se va a hacer una comisión de trabajo para afrontar la recuperación económica y para ayudar a las personas afectadas, incluyendo los autónomos y Pymes seguntinas; en qué consiste la propuesta que tiene este equipo de gobierno de externalizar la limpieza viaria de la Ciudad, entre otras.

Seguiremos defendiendo los intereses de los seguntinos, sabiendo escuchar a los vecinos, respetando las opiniones de cada uno y realizando una crítica constructiva para llegar al consenso. Porque, como decía Martin Luther King: “Un verdadero líder no busca el consenso, forja el consenso”.

Grupo Municipal Popular
del Ayuntamiento de Sigüenza