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La Constitución fue pergeñada en parte en Sigüenza

A Jorge de Esteban, catedrático de derecho de la Complutense, se le apoda “octavo padre de la Constitución” por escribir un libro en 1973 que influyó en ella. En una entrevista para El Mundo ha dicho (1/12/2018): «Felipe González [...] me pidió que hiciera un proyecto, unas bases constitucionales. Tras los comicios, el partido se encomendó a Gregorio Peces Barba, que reunió en Sigüenza a varios juristas del partido [...]. [...] gran parte de lo que yo propuse pasó después al texto constitucional [...].»

Más allá de la anécdota, lo que sabemos, y esas palabras confirman, es que la Constitución del 78 no fue fruto de un proceso público en el que los ciudadanos, con libertad deliberativa, aportaran los detalles del nuevo poder que habría de constituirse tras el dictador. Ni siquiera se convocó asamblea constituyente, las elecciones de 1977 fueron a Cortes Generales, que luego se pusieron a redactar un texto sin expreso mandato del pueblo y sin su dirección. Pueblo al que se entregó el plato de lentejas ya cocinado, que tuvo que ingerir, antes de que se enfriara, en un plebiscito, jamás en un referendum si usamos bien el lenguaje ya que solo se ofreció en el menú el sí y el no, nunca varias opciones. El que hace la pregunta, como se sabe, manda, y la pregunta jamás se la hizo el pueblo a sí mismo. Esa es la cruda realidad: intento describir, no valorar.

Si queremos salir del actual estado de degradación institucional es necesario empezar a decir las cosas como son. La constitución de 1978 se pergeñó en los despachos, sin taquígrafos, bajo el control de poderes previamente constituidos y ajenos al ciudadano: los partidos y el rey. No hay constitución si no se constituye el poder de novo a partir del mandato colectivo de la nación. Si el texto es otorgado por un poder anterior, lo que hay es una ley fundamental dictada, una carta otorgada, jamás una constitución.

La apreciación dista de ser meramente académica. Porque cuando un poder se pone a sí mismo las normas, acaba siendo un poder no controlado. La democracia no es el “gobierno del pueblo”, el poder no está ni ha estado jamás en el pueblo. La democracia es el “control del poder por el pueblo”, que no es lo mismo. Y cuando la ley fundamental de un país se diseña sin dar la palabra en el proceso a aquél al que se quiere gobernar, resulta siempre un traje a medida. Un poder sin contrapesos. Solo hay que examinar mínimamente el sistema para verlo.

Los diputados no representan a los electores sino al jefe de su partido, que es quien los pone en las listas electorales y a quien, por tanto, se deben. El pago es nombrarlo presidente. Y el mecanismo de poder consiste, durante la legislatura, en votar lo que el jefe manda. Los falsos parlamentarios no parlamentan nada: llegan al hemiciclo con el voto en la mano, haciendo luego un teatrillo para cubrir el expediente. Todo funcionaría igual sin diputados, asignando cuota de voto a los jefes de los partidos según sufragios recibidos en las urnas. Los falsos parlamentarios del sistema de partidos existen para dar apariencia electoral a los comicios y ser los empleados de las cúpulas: jamás representan los intereses de los votantes, sino los de las siglas.

Votamos siglas, no personas. No tenemos un representante de distrito que sea responsable, con nombre y apellidos, ante sus electores, como puede serlo un abogado de un cliente en un juicio, que pueda ser cesado en el mismo instante en que incumpla el mandato imperativo del elector, igual que cualquiera haría con su representante legal si no le satisface. Ni siquiera recordamos sus nombres, votamos listas en la práctica anónimas. Solo refrendamos facciones integradas en el estado según cuotas de poder que variamos ligeramente cada cuatro años. Incluso está prohibido el mandato imperativo en la constitución (art. 67), demostrándose que el principio de representación brilla por su ausencia. El resultado es que el legislativo no está, ni puede estar, controlado por el ciudadano, primer requisito para que haya democracia.

Pero es que, además, como el ejecutivo es nombrado por el legislativo, no hay separación de poderes. Desde Montesquieu se sabe que un poder fuerte (ejecutivo) no puede ser controlado más que por otro igual de fuerte y separado (cámara de representantes). Y si el ejecutivo es un poder descontrolado, fallamos en el segundo requisito para que haya democracia. Nos hartamos de leer en los medios “el gobierno aprobará la nueva ley de...”. El ejecutivo legisla, directamente (decretos) o mediante la disciplina de sus empleados en las cortes. Y lo puede hacer, de hecho lo hace, para ampliar sin límite el poder de los partidos, tejiendo un sistema en el que esas organizaciones opacas, ajenas al ciudadano, ocupan todos los estamentos de la vida pública (justicia, televisión, consejos escolares, rectorados, empresas públicas, miles de organismos, etc.) Lo sabían los revolucionarios franceses, aunque fueron incapaces de llevarlo a la práctica: un poder único que gobierna y legisla es un peligro. Siempre querrá más poder porque, simplemente, dispone de los mecanismos legales para acumularlo. El corolario es la corrupción como factor intrínseco al sistema.

La constitución del 78 nos trajo las libertades públicas –y gracias por los servicios prestados–, pero no la libertad política ciudadana, secuestrada por los partidos. Hay que jubilar el texto actual antes de que todo siga degradándose, y cuanto más tardemos, peor será. Necesitamos un sistema con representación del elector y separación de los poderes políticos. Además de la escrupulosa independencia de la justicia, tercera pata de una democracia digna. La democracia se basa en la desconfianza hacia el poder, que debe estar controlado, luego jamás podrá ser el poder el que diseñe el sistema, sino que tendrá que hacerlo la nación sin que intervenga nadie por encima de ella. Solo así lo que se diseñe tendrá la legitimidad que ahora se duda de lo de hace 40 años, con los consiguientes riesgos que estamos viendo y que, sin duda, irán a más. Los juristas solo tienen que mirar un poco fuera del antidemocrático paradigma de la oligarquía de partidos estatales: hay soluciones que ya han pasado con creces el filtro de la historia.

 

Carta a los Reyes Magos

Una vez más, los Reyes Magos les traerán sus correspondientes regalos a algunos de los protagonistas de la política, la economía, la cultura, la sociedad y el deporte. Es probable que no todos queden satisfechos, pero hay que tener en cuenta las circunstancias en las que nos movemos. Aquí todos se retratan y cada cual se hace merecedor a su “regalito”. Y, además, no se admiten reclamaciones, ni devoluciones.

Felipe VI: No está el horno para bollos. Antes de que Pablo Iglesias declare de forma unilateral y por decreto la III República – lo de “real decreto” es otra anomalía del pasado – estaría bien que Sus Majestades de Oriente le llevaran a la Zarzuela un manual de supervivencia para tiempos revueltos.

Doña Letizia: Algunos trajes de gala, una cámara de fotos y mayor protagonismo en actos sociales e institucionales, antes de que los monopolice Begoña Gómez, la mujer del presidente Obama. Perdón, del presidente Sánchez.

Don Juan Carlos: La nueva Guía Michelin, con los mejores restaurantes españoles, y mesa reservada para disfrutar de la alta cocina en “El Doncel” de Sigüenza y “El Molino de Alcuneza”, premiados con una estrella.

Pedro Sánchez: La colección de la Revista “Viajar”, que ahora celebra su 40 aniversario, con el fin de que elija sus próximos destinos y los escenarios donde hacerse los posados.

Carmen Calvo: Un vídeo con las declaraciones de Pedro Sánchez en la oposición y en el Gobierno. A ver cuántas diferencias y contradicciones encuentra.

Pablo Casado: El diccionario VOX de la Lengua Española, para precisar mejor sus referencias al pasado y llamar por su nombre a quienes intentan robarle la cartera antes de que consolide su liderazgo. También un spray para eliminar a los inútiles e incompetentes que le rodean.

Albert Rivera: Más banderas españolas para colocar en plazas y balcones y unos dados para echar a suerte con quién pactará Ciudadanos después de las elecciones andaluzas y generales.

Pablo Iglesias: Unas tijeras de podar de dos manos, para recortar los setos del chalet de Galapagar y las cabezas discordantes de su partido. Para esto último, siempre contará con la inestimable ayuda de Pablo Echenique.

Manuela Carmena: Un patinete eléctrico para recorrer el Madrid Central junto a los candidatos al Ayuntamiento, con paradas obligatorias en Cibeles, Gran Vía, Callao y Plaza de España.

Íñigo Errejón: Nos pide que sus regalos se reenvíen a Venezuela para que los niños jueguen después del desayuno, la comida y la cena (tres comidas). También pide ayuda a los Reyes para combatir el consumismo y la obesidad en esta república bolivariana.

Quim Torra: Cualquier cosa que haga ruido – un tambor o una zambomba, por ejemplo – y algún libro que hable bien de España, a ser posible con lacito rojo y amarillo en la portada.

Carles Puigdemont: La versión original del bolero de Los Panchos,“Dicen que la distancia es el olvido”. Y Torra repitiendo el estribillo “pero yo seguiré siendo cautivo de los caprichos de tu corazón”.

Oriol Junqueras: Un juego de té y un amplio surtido de pastitas para hacer más amenas y agradables las reuniones con políticos, amigos y familiares que le visitan en su despacho de la prisión de Lledoners.

Josep Borrell: Resistencia para aguantar los insultos de los independentistas catalanes y una buena dosis de paciencia ante la falta de solidaridad y apoyo de Pedro Sánchez.

Ada Colau: Un belén como Dios manda, con el niño en el pesebre y al lado San José, la Virgen, la mula y el buey. De propina, un vídeo en HD del último desfile de las Fuerzas Armadas.

Susana Díaz: La historia de los últimos “cuarenta años” en Andalucía, donde se recuerden los éxitos logrados por sus gobiernos en estas cuatro décadas. Y las que vengan…

Artur Mas: Otra remesa de huchas – que no de urnas –, para recaudar los cinco millones de euros que le reclama el Tribunal de Cuentas en concepto de gastos ocasionados por la consulta ilegal del 9-N.

Gabriel Rufián: Una foto dedicada de Josep Borrell, sin escupitajos, un poco de serrín y algo de estiércol. Tampoco le vendría mal un manual de educación y buenas maneras.

Emiliano García-Page: Una estancia gratis de quince días en el futuro Parador de Molina de Aragón, si es que algún día se inaugura.

María Dolores de Cospedal: Una visita guiada por Castilla-La Mancha, para celebrar su despedida de la política en diferido.

José Luis R. Zapatero: Un apartamento en el centro de Caracas, en el que pueda recibir a sus amigos bolivarianos. Prohibida la visita de disidentes.

Mariano Rajoy: Dos pares de zapatillas de running y una bici. Si no es mucho pedir, también una placa con esta perla cultivada: “Cuanto peor mejor para todos y cuanto peor para todos mejor, mejor para mí el suyo, beneficio político”.

Sergio Ramos: Un carro ligerito y manejable para que tiren de él algunas de las nuevas “estrellas” madridistas.

Leo Messi: Los últimos mundiales de la selección argentina, comentados por Maradona cuando no esté bebido.

Fernando Alonso: El taller mecánico de Playmóbil y una buena caja de herramientas.

Rafa Nadal: ¡Vamos, Rafa, vamos! Como ya tiene de todo, el mejor regalo sería que le respetaran las lesiones y los envidiosos.

Luis Enrique: Una foto dedicada de Vicente del Bosque..., y otra de José Mourinho.

Amancio Ortega: Una pequeña ayuda para hacer frente a los gastos de la boda de su hija.

Donald Trump: Un libro de iniciación a la lectura.

Nicolás Maduro: Pide la mediación de sus majestades para que Pedro Sánchez visite cuanto antes Venezuela y pasee por el centro de Caracas en mangas de camisa.

Miguel Ángel Revilla: Un programa de televisión en el que reparta latas de anchoas y explique con detalle cómo ser presidente de Cantabria en varias legislaturas – modelo también incorporado por Sánchez al Gobierno de España – sin haber ganado nunca unas elecciones.

 

Abrazando una catedral

Impresionan sus dos torres almenadas cuando levantas la vista en el cruce de la calle Cardenal Mendoza y la calle Medina. Sorprende la belleza del rosetón de su fachada principal, a la que se accede por dos puertas enrejadas y a través de losas erosionadas por el paso de los siglos. Desgastadas, al fin y al cabo, por miles y miles de peregrinos, por decenas de miles de pisadas de creyentes y no creyentes, que cruzaron ese patio en los últimos 850 años desde la consagración del templo.

Pero no es menos impresionante la panorámica que se observa bajando por la calle Mayor, con esa fachada neoclásica, culminada por la Torre del Gallo y su pequeño campanario. O esa otra imagen de gran belleza que aparece casi escondida a espaldas de la girola, cuando te asomas por la carretera de Alcuneza, al lado de las Ursulinas. Especialmente, en las primeras horas del día; cuando los rayos de un sol mañanero se cuelan por las galerías porticadas de los Padres Josefinos.

Hay otras vistas interesantes de este templo, mosaico de diferentes estilos arquitectónicos, que dibujan su silueta en medio de la ciudad, controlando el centro urbano desde las alturas. Una de ellas puede contemplarse al asomarte al valle por la carretera de Soria, otra similar, aunque con otra perspectiva, al llegar a Sigüenza desde Madrid. También me encanta, quizás porque me trae recuerdos de mi infancia, otra bella imagen de nuestra catedral: la que se divisa desde el camino del cementerio. Es una catedral menos espectacular, más discreta, que se recorta y se perfila por encima de los edificios y los árboles que rodean al puente del Vadillo.

La catedral, con el abrazo más que merecido del fin de semana pasado, es sin lugar a dudas la joya monumental de Sigüenza: el alma y el orgullo de una ciudad que se despierta cada mañana oyendo sus campanas o viendo sobrevolar por encima de sus tejados – como ocurriera hace algunos días – a las cigüeñas, que tampoco quieren perderse el jubileo y las celebraciones del 850 aniversario.

Como ya he comentado en alguna ocasión, quizá se ha tardado demasiado tiempo en abrir puertas y capillas para mostrar a quienes nos visitan los tesoros que guarda en su interior este templo-fortaleza. Ya iba siendo hora de poner en valor la catedral, de levantar algo más la voz para pregonar sus encantos. La gran exposición A Tempora, inaugurada en la primavera de 2016, significó un punto de inflexión. Fue el momento propicio para darla a conocer al gran público. Una buena excusa para mostrarles a creyentes y no creyentes algunas capillas felizmente recuperadas; un motivo más que justificado para colgar por fin los tapices flamencos – restaurados para esa magna exposición con la colaboración y ayuda de la Fundación Ciudad de Sigüenza –, en algunas salas antes abandonadas; y una excelente ocasión para llevar a cabo la restauración de magnífico retablo de Santa Librada, que ahora vuelve a brillar con el color y la luz que puso en él su creador, el maestro Alonso de Covarrubias.

La historia de la catedral es también la historia de Sigüenza, y no solo la historia de sus obispos. El templo encargado de construir por D. Bernardo de Agén es el espejo en el que se ha mirado y se sigue mirando la ciudad, el monumento que marca los hitos de nuestro pasado. En sus paredes y columnas han quedado grabadas las vicisitudes y vaivenes de casi diez siglos de historia.

La vida de Sigüenza, tanto religiosa como secular, está escrita en su catedral con letras de molde. Nadie sería ya capaz de imaginarse esta ciudad, declarada Conjunto Histórico Artístico en 1965, sin ese corazón labrado en piedra, que desafía al tiempo y al espacio. Para lo bueno y para lo malo.

Porque en ella se han vivido momentos felices, solemnes ceremonias, pero también situaciones dramáticas. Nunca deberíamos olvidar, para que jamás se repita, la imagen de una catedral víctima de la guerra y del odio; esa catedral herida por la sinrazón de una contienda; esa catedral, en fin, sitiada y destruida, asustada y a merced de los bombardeos de las tropas de Franco… Ya sé que forma parte de una de las páginas más amargas de nuestra historia, pero tampoco me parece que esté de más recordarlo.

Siempre he pensado que en los muros y capillas de nuestra catedral han quedado escritas las ilusiones, las inquietudes y las oraciones de muchos seguntinos que nos precedieron y que bajo sus bóvedas se guardan experiencias y recuerdos de muchos de nosotros. El silencio y la oscuridad de la catedral, a menos en mi caso, permanecen vivas en la memoria y son parte destacada en los escenarios de mi infancia.

Aunque ha pasado mucho tiempo – finales de los sesenta -, recuerdo perfectamente haber asistido de chaval a la misa cantada de los domingos, más conocida como la misa de los canónigos, por deseo expreso de mí tío Aurelio, que además de participar en ella nunca perdió la esperanza de transmitir y contagiar su vocación sacerdotal a sus sobrinos.

En aquellas mañanas frías de invierno, sentado frente al coro y sin quitarme el abrigo o la trenca, los cantos gregorianos y el sonido del órgano me parecían algo impresionante, casi un espectáculo sobrenatural. Como me lo ha parecido siempre la bóveda de la sacristía de las cabezas o la estatua del Doncel. Y como me emociona todavía el sonido inconfundible del órgano en la parroquia de San Pedro o la salida de la Virgen de la Mayor en la procesión de los faroles.

 

Consumo navideño

La navidad es una época muy especial del año pero no nos damos cuenta de la barbaridad de dinero que invertimos y la cantidad de cosas que consumimos en estas fechas, a pesar de que la mayoría de productos son más caros.

Meses antes empieza el bombardeo publicitario y los anuncios de juguetes se meten en las cabezas de los más pequeños/as.

Es la fecha del año en la que más gastos se producen y algunos de ellos no son necesarios.

Sobre este asunto queremos hablar en este artículo y por ello nos hemos planteado estas cuatro preguntas:
1. ¿Qué es lo mejor de la navidad?
Principalmente que te reúnes con tu familia y a todo el mundo le hace ilusión recibir regalos.

2. ¿Qué es lo peor de la navidad?
Que algunos niños/as por problemas económicos se quedan sin regalos y no pasan unas buenas navidades.
Además pensamos que los/as hermanos/as pequeños/as reciben más regalos que los mayores.

3. ¿Compramos demasiado en navidad?
En efecto, gastamos el dinero en cosas que no deberíamos y podríamos invertirlas en mejores causas. Por ejemplo, compramos tecnología año tras año y parte de ese dinero se podría destinar a organizaciones que ayuden a la infancia ya que el 31,3% de los/as niños/as en España están en riesgo de pobreza o exclusión social (Save the children).

4. ¿Comemos demasiado en navidad?
En estas fechas se come excesivamente y consumimos todos los productos de los que nos privamos el resto del año, alterando nuestra dieta habitual.
En conclusión pensamos que en estas fechas navideñas deberíamos pensar más en los/as demás y dar más oportunidades a las personas que lo necesitan.
Y tú, ¿vas a consumir estas navidades en función de tus necesidades reales o mediante la oportuna imposición de necesidades artificiales?

Nacho Caballero Albacete
María Rodríguez Sánchez
Ilustración: Susana Gómez Culebras

Energía eólica sí, pero no así

Vientos revueltos soplan en la comarca. Por ahora no mueven ningún molino en Sigüenza pero lo que sí están agitando son las conciencias, las lenguas, las plumas y los ánimos de la escasa ciudadanía que aún pensamos, trasnochados sin duda, que no es sino la gente que habita estos lares la que debe tener la última palabra en tan importantes asuntos. Aquí va mi contribución a este pertinente debate que La Plazuela acoge (¡gracias!) entre sus páginas.

Nos deleitaba Felipe C. Carrasco Calvo en el número anterior con un artículo (“Los molinos no nos harán ricos, pero ayudarán a salvar la comarca”) que reproduce un insidioso argumento que me gustaría rebatir. Se trata de la ya desacreditada, pero inmortal por lo que parece, teoría de que es el desarrollo industrial, turístico y económico en general el que obrará el milagro (tal parece) de que nuevas personas pueblen estas tierras y así detener la sangría demográfica que vaciará sin duda la comarca si no hay una ación decidida de los correspondientes responsables, si es que queda alguno. Dicha teoría establece que la gente no se asienta en la España vacía porque las carreteras son horribles, no hay nada que hacer por aquí, nos falta banda ancha, trabajo y “actividad económica”, como les gusta decir a quienes no contemplan ninguna otra actividad. Con esos planteamientos la receta es sencilla: autovías, centros de interpretación, internet a tope, emprendimiento empresarial (¡que no falte!), mucho turismo y macroproyectos de cualquier tipo que generen empleo. Esta teoría se concreta ahora en la defensa de los molinos de Sigüenza.

Aunque el título del artículo es ya toda una declaración filosófica, la teoría queda mejor explicitada en el siguiente párrafo: “Desde luego que no es algo muy agradable ver la zona regada de molinos, pero, en mi opinión, es más desagradable ver cómo la comarca languidece, los pueblos se abandonan, es lastimoso ver Sigüenza en muchas ocasiones triste y sola. [...] Creo que no es ocasión para dejar escapar una inversión así.”. Queda claro ¿no?: molinos o despoblación, tú eliges.

Los promotores de las macrogranjas porcinas nos planteaban la misma disyuntiva: con nuestro  solidario proyecto evitaremos la despoblación. Es un argumento que no puede faltar siempre que una empresa quiera conseguir las licencias necesarias en el medio rural.
Lo interesante de este caso es que ya ha pasado. Hace diez años se instalaron molinos en la Sierra de Pela. Hubo, como ahora, personas a favor y en contra. Algunos ayuntamientos reciben dinero de la empresa, los que instalaron molinos en su término municipal. ¿Se imaginan ustedes cuál era uno de los argumentos esgrimidos por la parte contratante? Pues justo. Veamos la evolución demográfica de Miedes de Atienza, que linda con Hijes, que linda con Ujados y de Albendiego, que también linda, en los últimos diez años. Son pueblos muy próximos, pero sólo dos de ellos reciben dinero de los molinos. Ahí van los datos, que se pueden observar también en el gráfico: Albendiego ha pasado de 37 empadronados en el 2008 a 43 en el 2017; Ujados de 33 a 34, para las mismas fechas. Estos dos municipios, contra todo pronóstico, han aumentado la población. Hijes ha pasado de 27 empadronados a 19, para las mismas fechas; y Miedes de 86 a 61. Estos dos últimos municipios han perdido un 30 y un 29 %, respectivamente. ¿Adivinan ustedes qué dos municipios reciben dinero de los molinos?. Pues sí, acertaron de nuevo. Los municipios agraciados con el maná eólico declinan en su población mientras que los pobres privados de tan suculenta tajada prosperan (hay que decirlo así en el contexto que nos encontramos) demográficamente. ¿Cómo es posible?

Es posible porque el hecho de fijar población nada tiene que ver con infraestructuras, que son en general aceptables y (sobre todo) suficientes; ni con bandas tan anchas, pues las que tenemos aunque son estrechas, nos dejan movernos a voluntad; ni con casas rurales, cuyos propietarios residen en Madrid o Guadalajara; ni con turismo y pesadísimos centros de interpretación de algo. Sigüenza, esa estrella del turismo provincial, ha pasado de 5013 empadronados en 2008 a 4496 en 2017...... Aunque les sorprenda a todos los emprendedores y prebostes de la comarca, tampoco es cuestión de dinero. Y, sobre todo, la despoblación no se detendrá con proyectos industriales, que sólo alejarán a las personas que están en disposición de venir: las que no se preocupan demasiado por los baches de la carretera, las que no quieren más internet, sino menos, y las que, en definitiva, ven la vida en el medio rural como algo más profundo que trabajar desde casa montando una start.up para Google y viendo el Ocejón por la ventana, o que vender objetos y experiencias a muchedumbres de paso durante cuatro meses al año. Los molinos no van a frenar la despoblación, ni se pretende, señor Carrasco. Pero aunque lo hiciesen, estos molinos no son una buena idea. Veamos por qué.

Las energias renovables son el futuro de la humanidad. Lo curioso es que lo van a ser muy a nuestro pesar. Hace años se hablaba de “la transición” a las revovables. Todas entendimos que eso significaba el cambio, la sustitución, de las energías fósiles por energías limpias y sostenibles. Pero la realidad es que no hay ningún plan de “sustitución” sino de “adición”, tal y como exige la dictadura económica que nos gobierna. Y es que el imperativo del crecimiento constante aboca al fracaso cualquier iniciativa que no sea quemar más cada año, producir más, consumir más y, claro, lo que posibilita esta fiesta desenfrenada, generar más energía cada vez. Las centrales térmicas españolas llevan ya años preparándose para ese supuesto cierre progresivo que no llega nunca. La única central nuclear clausurada es la que la ley obligó a cerrar por la finalización de su vida útil. No hay ninguna transición sino la adición de más energía para intentar saciar nuestra insaciable sed. En realidad de toda la energía que se consume en España sólo el 20 % es energía eléctrica (en el mundo un 10 % nomás). Y de esa parte la energía eólica supone a su vez un 20 %, en el mejor de los casos. Es decir que la energía eólica aporta un 4 % aproximadamente de la energía total que se consume en España. Podría subir algo, sí, pero en ningún caso podría ser una alternativa viable para satisfacer los extravagantes ritmos de consumo del ciudadano medio. Tampoco combinada con la solar y la hidroeléctrica. Sencillamente las energías renovables no son suficientes, aunque le pese a muchos tibios ecologistas, para mantener los niveles de consumo actuales en occidente. Pero el problema no son las energías renovables, ni mucho menos. El problema son nuestros deletéreos niveles de consumo.

El proyecto eólico en Sigüenza no pretende cambiar el modelo energético, ni llevar a cabo una transición a una sociedad mejor, ni disminuir el consumo energético. Pretende aumentarlo para que haya otros pueblos donde instalar sus ciclópeas torres y engrosar sus ciclópeos beneficios. No pretenden ser actores en la dinamización de la comarca, como se suele decir, ni tienen interés en fijar población. Tampoco pretenden solucionar las necesidades enegéticas de los habitantes de Sigüenza. Y no les importa una higa el futuro demográfico de la comarca. Quieren ganar dinero, y van a poner sobre la mesa los argumentos más inverosímiles si éstos contribuyen a apuntalar su legitimidad. Y juegan con las cartas marcadas porque saben que el nuevo Dios omnipotente, los evanescentes mercados, el fantasmagórico sistema, nos exigirá consumir el año que viene más energía que éste, o las siete plagas bíblicas se recordarán como una inocente broma ante la infinita desgracia que asolará nuestra Tierra. Buscan la obtención de beneficios rápidos, aderezados con jugosas subvenciones (también municipales) y los dividendos son el único horizonte hacia el que caminan. El proyecto eólico en Sigüenza implica seguir profundizando en el modelo decadente que nos impone el capital, empujándonos al precipicio. Lo demás, propaganda.

Pese a sus turbias maquinaciones, claro que las energías renovables son la solución, no el problema. Pero no en forma de macroproyectos (siempre en zonas deprimidas y despobladas) para alimentar la reproducción del mismo sistema que nos conduce al desastre ecológico. Son la solución para una generación y una gestión deslocalizada de la energía, lo cual se traduce necesariamente en un avance hacia una sociedad más descentralizada, hacia más amplios horizontes de autonomía comunitaria y hacia un modelo social, en definitiva, que abandone el mito del más es mejor. Es decir, que esbozan justamente la sociedad hacia la que muchas queremos ir, pero en la que hay menos sitio para “empresas energéticas”, “holdings” y grupos inversores que necesitan otro trozo de naturaleza para continuar con el business as usual.

La solución es precisamente poner molinos en las casas, en los pueblos, instalar placas solares, desengancharse de las compañías eléctricas, decidir con el vecindario qué modelo energético queremos, buscar soluciones sostenibles en el paradigma de que nada puede serlo si se le exige un crecimiento infinito. Y decir tajantemente “no” a los mercaderes que quieren instalarse en este templo. Porque el lucro se esconde tras su hipócrita facundia. Porque no les interesa lo más minimo conservar la Obra. Y a nosotras nos va la vida en ello.

Isato de Ujados

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