Estamos el uno frente al otro, en la cafetería del Círculo de Bellas Artes, y llega la camarera con el café frío y la cucharilla sucia. Observa lo que tiene delante. Se ajusta las gafas culo de vaso y reflexiona en voz alta: “Amigo, vamos al puto desastre”. A continuación reclama la atención de la empleada, a la que le devuelve educadamente el café y la cucharilla, esperando tener más suerte en el segundo intento.
Durante la espera de ese nuevo café, y yo con mi botellita de agua, ponemos cara de circunstancias, nos observamos antes de intercambiar los primeros golpes, y bromeamos sobre el café frío y la maldita suciedad de la cucharilla. Mi interlocutor mira de nuevo a su alrededor y repite la sentencia: “Vamos al puto desastre”. La suya es una apreciación genérica, sin matices, como si intentara invitar al compañero de mesa a que se pronuncie y elija a los culpables. Tampoco parece, por el tono de su voz, que este tipo de “desastres” le haga perder la paciencia y le ponga de mal genio.
Seguidamente, cuando le recuerdo el motivo de nuestro encuentro, tampoco parece inmutarse. Mira el móvil que tengo sobre la mesa y me recuerda que el suyo solo lo usa para hacer y recibir llamadas. Pertenece a la primera generación de los Nokia y no tiene cámara de fotos ni acceso a Internet. Ni falta que me hace, parece querer insinuarme. Aunque, por razones de trabajo, algunos colaboradores se encargan de colgarle fotos y mensajes en las redes sociales. Y, sobre todo, vídeos de sus actuaciones en el canal Youtube, que luego ven miles y miles de entusiastas seguidores.
A Leo le cuesta entrar en materia, como si meterse en la entrevista le diera pereza, pero finalmente hablamos de sus viajes. Acepta todo tipo de preguntas, incluso las que no tienen respuesta, pero no cabe duda de que su querencia natural son los monólogos. Al fin y al cabo, es un maestro de esa narración oral que escenifica como nadie. “Una vez, viniendo de Valencia en tren, atropellamos a un rebaño de ovejas y a un caballo. Yo iba en el sentido contrario a la marcha del tren y vi pasar una oveja como si la hubieran disparado con un cañón. Luego otras dos o tres, hasta que el tren se detuvo. El maquinista estaba pálido, porque no sabía si llevaba jinete el caballo”.
Son cosas que pasan. Y, a pesar de los sustos, seguimos viajando y contándolo. “Antes, para ver las fotos del viaje de un amigo – me comenta, dejando la renovada cucharilla a un lado - tenías que ir a su casa. Te invitaba a cenar y a los postres te colocaba 200 fotos de Nueva York. Y ahora no. Ahora te están llegando sus fotos de Nueva York en tiempo real. Y con el 5G, antes de que las dispare. Las redes sociales son vehículos de exhibicionismo, no vehículos de comunicación. La gente se crece. Es lo que hay”.
Hablamos del postureo y de la pérdida de tiempo de quienes entran a debatir asuntos absurdos o superficiales en las redes sociales. “Tengo amigos que han abandonado Twitter y Facebook o que ya solo los utilizan de forma esporádica. Han dejado de entrar en polémicas por pura salud mental”, le digo, y me responde que le encanta el arte mesopotámico.
Aunque suponía cuál sería su respuesta, intenté que Leo me ratificara que no le gustan los controles y cacheos de los aeropuertos. “Cada día hay una moda nueva: bolsa de plástico sin asa, el ordenador en una bandeja, el zapato en otra, la chancleta apartada de los líquidos… Me cansa. Es horroroso. Una vez pasas el control para embarcar, estás a su disposición, como si fuera un secuestro legal”.
También hablamos de sus viajes por la geografía española, con su mochila, algún libro y unos cascos. “A mí de España me gusta todo. Extremadura es un lujo; Asturias te mueres; Cataluña es espectacular… Pero, desgraciadamente, estos sitios no tienen glamour y la gente se va al Caribe o detrás de un antílope en un safari fotográfico”.
Le gusta visitar los mercados, intentar conocer lo que opina la gente del lugar y procura huir de los escenarios con mayor densidad de turistas haciendo selfies. Me confiesa también que tiene una colección de muñequitos que se han ido acumulando por sus frecuentes desplazamientos: “suelo comprar cosas de madera, para que no me piten en el puto aeropuerto”. También comparte conmigo un pequeño secreto: su curiosa teoría sobre la vocación viajera de los japoneses. “Pobrecillos. Tienen un país que está hecho donde no puede estar, con terremotos cada veinte minutos. Con esa zozobra en la que vive esta gente, cogen una semana de vacaciones y salen zumbando hacia Europa”.
Le cuesta mucho más explicarme de manera razonable por qué vale más el taxi hasta el aeropuerto que el viaje posterior en avión a un país europeo. “Es un misterio para mí. No me salen las cuentas. O el avión está muy subvencionado o no lo puedo entender. La gente te dice: me he ido a Roma por diez pavos. Pues, que quieres que te diga, yo con diez pavos no llego a Aranjuez”.
Nos despedimos, mientras una señora se le acerca, le planta dos besos en la mejilla y le da las gracias por intentar alegrarnos la vida. Leo Harlem, coge la mochila y se somete disciplinadamente a una sesión de fotos de mi compañera Victoria Iglesias.
A la salida del Círculo de Bellas Artes, un grupo de japoneses se fotografía en el cruce de Alcalá con Gran Vía.
Javier del Castillo