Acto final de un campesino (o 10 años en Santamera)

El interés que mostraba La Plazuela por lo que desarrollábamos en Santamera, el proyecto campesino La Taina, se traducía en la cobertura que puntualmente daba a nuestras reflexiones y encuentros. Quizá es el momento y lugar para reflexionar sobre los desencuentros. Los detalles, como ocurre en parejas y amistades, son de un ámbito tan doméstico que huelen a fritanga, pero cuando se someten a un cribado pueden alimentar ciertas curiosidades.

Una fórmula repetida a lo largo de la historia, como alternativa a los movimientos que quieren transformar una sociedad desde dentro, ha sido la de crear un espacio independiente de esta. Parecía que en Santamera ocurría algo así. Hace años La Plazuela nos dedicó una extensa entrevista con portada incluida. Releyéndola, parece que se gestaba, sin decirlo explícitamente, un proyecto coherente en la dirección de crear uno de esos espacios transformadores. Pero era precisamente cuando leíamos ese artículo o cuando escuchábamos a los que nos conocían, cuando creíamos que estábamos haciendo algo con aires de transformación, cuando comenzábamos a creer en algo que no estaba previsto.

Aterrizamos en la comarca hace más de 20 años. Para rehacer nuestras vidas en este “espacio en blanco” tuvimos que cambiar de oficio, de gente, abandonar viejos hábitos y adaptarse a otros nuevos. Pero con el transcurso del tiempo, poner ladrillos en una obra o copas en un bar para seguir yendo a un centro comercial, al cine o a comer a un chino no sólo parecía insatisfactorio. Era incoherente, porque en esencia hacíamos lo mismo que en la ciudad pero a 150 kms de esta. Y lo más sospechoso: no participábamos en ese escenario natural que nos envolvía. Así pues, una mañana se acerca un vecino y te pregunta: ¿y si ponemos cabras? Y uno de responde: ¿Cuántas?

Es el ánimo de compartir la experiencia, de integrarnos en el paisaje con el pastoreo, de recuperar las huertas, de agradecer la generosidad de los que nos cedían sus propiedades, de aunar esfuerzos con los que se van quedando y con los que desinteresadamente nos ayudan. Es la sorpresa del fruto de la tierra y de las personas lo que en determinado momento nos hace pensar que en alguna medida vivimos en comunidad.

En este punto me permito la licencia de hablar en primera persona. En una experiencia así, donde el peso de las relaciones humanas es una urdimbre emocional tan intrincada que se pierde el mínimo común de objetividad, donde la individualidad en ocasiones se construye con los escombros de lo que uno creía que era y con un amasijo de recuerdos en los que predominan lo que se veía y construía con materia cuantificable, he de limitar mis palabras al sentir más íntimo y subjetivo.

Dos tipos de personas, dos inclinaciones, dos naturalezas, dos doctrinas: la “nueva era” y la política. Dentro y fuera. Que no excluye que se mezclen, se turnen y en ocasiones se fusionen. Pasan los años y se alcanza un grado de autosuficiencia envidiable; el grupo ya es numeroso; se colabora con regularidad con otros colectivos; el lugar es un espacio con proyección pública; se nos observa como comunidad. Es una vida dura, rutinaria, austera y con poca pasta: esto ya lo sé y lo acepto, y en eso radica nuestro tipo de vida. Quien no acepta esto se ha equivocado de sitio. Pero en mi interior hay algo que no marcha y empiezo a tener indicios de que a otros les pasa lo mismo. Comienzo a interesarme por el funcionamiento de las comunidades, en las de siempre y en las de ahora. Y sobre todo, a tomar consciencia de mi mismo y repasar cada noche mis emociones, relaciones y labores realizadas. En mi hay algo de nueva era y mucho de política. A la una la atropello con un cristianismo de connotaciones esotéricas y a la otra con un anarquismo de vanguardia. El enrarecimiento se refleja en la ausencia de humor, de espontaneidad; se miden las palabras; pequeños conflictos de convivencia; alianzas de trastienda y divergencias de sonrisa forzada; caras largas como jipis de Easy Rider; toxicidades e inmunodeficiencias. Los nueva era vienen con sus nuevas recetas (facilitadores, coachings, constelaciones familiares, misticismo cuántico y flores de bach) y las recetas de la abuela (yoga, meditación, budismos y ayunos). Los políticos nos animan por nuestros indudables rasgos antisistema, asamblearismo y autosuficiencia recetando todo tipo de organigrama de tiza y pizarra. Y yo, que naturalmente soy más culto, listo, guapo y autónomo, me automedico con Thoreau, Weil, Kazanzakis, el bueno de San Francisco e Ibn Arabi. A quienes les subvencionan sus padres son unos pijos, los que pagamos nuestro tabaco con pequeños trabajos extracomunitarios unos aprovechados, el más vago pide cuentas al que madruga y el que madruga exige una medalla, el que habla, mal, el que calla, peor. En mi lucha por esclarecer lo que siento o lo que pasa, por liberarme del malestar o de liberar a mis compañeros de mi malestar, hago un voto de silencio, el ramadán, me veo todos lo documentales antropológicos de Pancorbo, leo a Bookchin y a Biehl, estoy 50 días andando, me da por el landart o me voy a Imón a lobotomizarme con Jonhy Walker con fanta limón.

Me levanto a las 7 A.M y mientras me dirijo al ordeño observo las montañas de Santamera, sigo sintiendo la suerte de vivir es un sitio así. Recojo hierba para los conejos, suelto a las gallinas, y admiro la serenidad de las cabras que pronto trastocará el ordeño. Me conmueve todo lo que recibo.

Y sin embargo...

 

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