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Mientras la tromboflebitis del “generalísimo” se agravaba por momentos, según los partes médicos del equipo habitual, yo había decidido estudiar Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Era una cuestión vocacional, reforzada por la publicación de mis primeros artículos en el periódico provincial “Nueva Alcarria” y por la ilusión de contar lo que pasaba. Entonces no pensaba en la evolución de la enfermedad de Franco ni en lo que pudiera ocurrir tras su muerte.

Recuerda Antonio Muñoz Molina en su libro, “Todo lo que era sólido”, que los de nuestra generación nacimos en un mundo y nos hicimos adultos en otro. Vivimos la dictadura de niños y alcanzamos la madurez con el despertar de la democracia. Y, en este recorrido vital, lleno de incertidumbres y de sobresaltos, tuvimos tiempo de apreciar el sacrificio de nuestros padres, mientras aprendíamos a respirar nuevos aires de libertad.

A mediados de los setenta la transición a la democracia ya estaba en ciernes, pero tendría que pasar algún tiempo para valorar sin apasionamientos lo que se estaba haciendo. Ahora, desde la distancia, podemos ver mejor los resultados. Este país ha cambiado tanto que cuesta incluso asimilarlo. Aquellas primeras imágenes de Madrid, para un niño de pueblo recriado en Sigüenza (Guadalajara), empezaron siendo en blanco y negro y poco a poco se impregnaron de color y de luz, fruto de un país más moderno, libre y democrático.

Fue salir de la clerical y conservadora Sigüenza, donde todavía perduraban vestigios de la Falange y del régimen franquista, y descubrir nuevos horizontes, abandonar los controles de una pequeña ciudad de provincias e ir al encuentro de una sociedad mucho más abierta. El ferrobús de aquel verano, con parada en todas las estaciones de su recorrido hasta llegar a la estación de Atocha, fue un tren muy especial para mí. ¿Cómo llegar desde allí a la Universidad Complutense? Pues preguntando, que al fin y al cabo iba a ser una de las cosas que más tendría que practicar en el ejercicio dio de mi futura profesión.

Recuerdo que cogí el metro en la Glorieta de Carlos V y que acabé, no sé todavía cómo, en la estación de Moncloa, junto al entonces Ministerio del Aire. El calor era asfixiante y por los paseos de la Ciudad Universitaria apenas me crucé con algún grupo de jóvenes – a estos les habrá quedado algo, pensé yo – y con policías a caballo, que me imaginaba estarían haciendo guardia por si se moría Franco.

En una mole de cemento, donde se ubicaba la Facultad de Ciencias de la Información – un bunker de diseño -, hice los papeles de ingreso, y aún me quedó tiempo para cotillear los carteles de las paredes y leer pintadas con inscripciones de “Amnistía y Libertad” y algunas de estas siglas: PTE, ORT, FE, CNT, PCE, MCE, PSP, PSOE… Entre pintadas y carteles, pensé si no me estaría metiendo en un lío y si la carrera de Periodismo tendría los alicientes que me imaginaba. Pero la suerte ya estaba echada.

De vuelta a la Estación de Atocha, con una carpeta azul debajo del brazo, me sentía libre y feliz, en medio del intenso trasiego de gente desconocida. Era el inicio de una aventura, el inicio de un sueño. Al llegar a Sigüenza guardé en un cajón los papeles de la matrícula como si fueran un auténtico tesoro. “Este chico, este chico… ¿cómo es posible que él sólo se haya apañado?”, le escuché repetir a Elvira, mi madre.

El periodo de adaptación a Madrid me pareció menos duro de lo que pensaba. Y, al comprobar los buenos resultados académicos del primer curso de Periodismo, me matriculé también en Derecho, siguiendo la máxima de que “el saber no ocupa lugar”, como me decían en casa.

En otoño de 1976 descubrí en la Facultad de Derecho de la Complutense la convivencia entre la tradición, que representaban catedráticos como Alfonso García-Gallo o Luis Sánchez Agesta – Historia del Derecho y Derecho Constitucional -, la moderación de la que hacía gala el ex ministro Joaquín Ruiz Giménez, y la renovación que representaban Jorge de Esteban, Horacio Oliva o Gregorio Peces Barba. Las aulas en forma de hemiciclo de la Facultad de Derecho, con las paredes y el mobiliario de madera, nada tenían que ver con el hormigón y los techos altos de la Facultad de Ciencias de la Información.

Entre los dos edificios – que visitaba a diario – se podía establecer un paralelismo casi calcado con el escenario político de entonces: el inmovilismo y la lucha por el restablecimiento de las libertades secuestradas al pueblo español hacía ya cuarenta años.

Fueron tiempos difíciles, pero apasionantes. Tiempos de pintadas y panfletos, de asambleas y de huelgas, mientras Carlos Arias Navarro lloraba a Franco y presentaba su Programa Reformista en el Pleno de las Cortes elegidas a dedo. Para conocer mejor lo que se cocía en la esfera política, me suscribí al semanario “Cambio 16”, que unas veces lo secuestraban y otras aparecía con páginas en blanco, por decisión de los censores del régimen. La salida de la cárcel de Carabanchel de Marcelino Camacho – que puso de moda los jerséis de cuello alto – o la detención de Santiago Carrillo, con peluca, fueron algunas de las noticias más comentadas.

En ese ambiente caldeado, era difícil concentrarse, pero no podía distraerme, pues sin buenas notas no había beca, y sin beca no había recursos suficientes para vivir en Madrid y pagar la carrera.

Un día al salir de la biblioteca de Guzmán el Bueno, en el barrio de Moncloa, me enteré del secuestro del presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, por los GRAPO. Unos días después secuestraron al teniente Villaescusa. Luego, el 25 de enero de 1977, caían asesinadas nueve personas en un despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha. Aquello se ponía feo. Se suspendieron las clases y las manifestaciones se repetían por el centro de Madrid.

En una de aquellas concentraciones, después de correr delante de la policía por la calle Preciados, me paré para coger aire junto a la Plaza del Carmen. Apoyado en la pared, mientras recuperaba el aliento, se acercaron a mí dos jóvenes con gabardina y con cara de pocos amigos. Me temí lo peor. Eran dos policías de paisano que al verme tan indefenso y asustado tuvieron la gentileza de no molerme a palos.

Hoy, cuando alguno de mis hijos me plantea dificultades o problemas cotidianos, recuerdo las calamidades que yo pasé en mí juventud y lo mucho que este país ha cambiado.

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Viñeta

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