Crónicas del verano III: Bolas del cielo y del suelo

Aunque a distancia, por motivos familiares, duermo con ojos de liebre -uno cerrado y otro abierto-, atenta a lo que pasa en Sigüenza.

Ni fiestas, ni veladas musicales, ni procesiones, ni vermú, ni toros ni nada. Las novedades de este año han sido las bolas.

Bolas en el suelo, alineadas con la barbacana de la Alameda como un collar de perlas prehistórico, quizás perdido por Vilma Picapiedra.

Bolas a las que han trucado (digitalmente, claro) con grafittis de emoticonos, retratos de celebridades locales del arte y la política o del arte de la política.

Entrada a la Alameda.

Bolas blancas, bastas, de cemento o lo que eso sea, con la línea del molde atravesando ecuatorialmente sus rechonchas barrigas.

Algunas han echado a rodar, sustraídas por manos desconocidas, pero el caso es que, tan blancas, tan redondas, tan en fila, tan visibles desde el espacio, han despertado la curiosidad de los cielos.

A eso de las ocho y media del miércoles día 17 de agosto, Anno Domini 2022, se juntaron las nubes en plomizo aquelarre y decidieron complacer a la ciudad regalándole unas cuantas bolas más.

Y así, se pusieron en modo fábrica de cubitos (esos que, al parecer, escaseaban estos días), aunque redondos, produciendo a toda máquina.

Lo llamamos granizo, pero son bolas. Bolas de hielo, una gentileza atmosférica contra la escasez de material de refresco.

Como de centímetro y medio o dos centímetros de diámetro, comenzaron a caer con ruido ensordecedor.

Tomateras tras el granizo.

Me han enviado vídeos de la Alameda donde la meteorología se pone a cocinar y se va viendo como se forma una lasaña de capas de hielo, hojas verdes picadas, otra capa de hielo, otra de hojas y así.

Rugen las bolas en oleadas bajando por la calle de la Cruz Dorada, un Mar Rojo cuesta abajo que decide abrirse por sí mismo a falta de otro Moisés.

Se encabritan aguas coloradas, Nilos de sangre tumultuosos, discurriendo por cauces menguados o definitivamente secos que, de pronto, se hinchan con la fuerza de una Naturaleza enfurecida.

Pero también veo, remitido por mi hijo, el proceso de cómo en nuestro jardín, o patio, o como quiera llamarse, es triturado todo lo verde, sepultado bajo miles de bolas que se descuelgan desde lo alto con esa contumacia indiferente de lo inevitable.

Perecen los arbolitos de laurel que sobrevivieron a su penumbra húmeda, perece ese nogal jibarizado que no se desarrolla bajo la bóveda verde de los castaños, ahora masacrados, picadas sus hojas a modo de juliana, perecen los mini rosales. La albahaca, la hiedra, las violetas y las petunias son bárbaramente golpeadas, mientras los desagües se divierten saltando como las fuentes de la Granja de San Ildefonso cuando toca correr el agua.

Bolas que atascan canalizaciones y rezuman abriendo goteras donde nunca las hubo, una delicia, vamos.

Alcanza el manto blanco un espesor de más de diez centímetros, con una textura fea, similar a la del poliestireno expandido. Las hojas verdes de las macetas cuelgan tronchadas, convertidas en coladores.

A eso de la una y veinte de la madrugada recibo otro video, que muestra una pala retirando bloques de esta imitación de nieve invernal.

Daños en la pavimentación.

El día amanece y revela daños en la pavimentación nueva de la Alameda, que se resiste a perder su antigua piel, y en zonas circundantes. Es el momento perfecto para impedir que esto se repita, y mejor ahora, mientas siguen las obras, que más adelante.

Los daños son cuantiosos por doquier: las tomateras urbanas de un amigo, a freír peinetas, aparecen las calles emperejiladas.

No quiero ni pensar qué ha sido del maravilloso jardín de otra amiga nuestra, de los huertos, los sembrados aún no recogidos, las viviendas en obras o las temporalmente abandonadas por sus moradores.

A todo esto, las nubes, satisfechas, se ido como si nada, y a otra cosa, mariposa.

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