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Unas cuchilladas después de misa. 

Juan de Arriba era criado del arcediano de Ayllón, y el 16 de Mayo de 1570 el alcalde mayor de Sigüenza, que era el doctor Peregrina dictó sentencia contra él.

Y es que el buen Arriba había salido al campo, con espada y rodela, al encuentro de Pedro de Ruesta, sobrino del arcediano, aunque tuvo que esperar porque estaba en misa en Ntra. Sra. de los Huertos.

La salida de misa debió ser interesante porque Arriba arremetió contra Ruesta tirándole diversas cuchilladas, que el otro debió esquivar. El hecho es que hubo escándalo, que el alcalde le siguió y le prendió, siendo lógicamente tema para toda la semana.

Santa María de los Huertos. Sigüenza.

Algo tenía que haber porque Ruesta fue requerido por las autoridades y no quiso poner denuncia. El caso es que el alguacil mayor le acusó de este delito y se sacaron los antecedentes, porque tenía otras dos sentencias de los años 67 y 69 condenándole a penas pecuniarias por las almas, y a destierro.

Nuevamente fue condenado a 1.000 mrs. más la espada y la rodela, con cinco años de destierro precisos, y pena de galeras por su eventual quebranto. Además le cayeron otros dos meses de destierro por cada una de las dos sentencias que tenía por cumplir.

Juan de Arriba se conformó con la sentencia y el 26 de Mayo salió para cumplirlo enviando razón de ello el escribano Cosme de Villaverde y más tarde el alcalde Peregrina escribió a Mateo Vázquez, secretario del cardenal Espinosa porque Arriba había pedido gracia y se quejaba de que no ejecutaba lo decretado algo que el alcalde afirmaba haber desconocido hasta el 13 de Julio y que el decreto anterior lo tenía el arcediano de Ayllón que, por descuido o por no querer, no se lo había entregado.
Volvía a contar el suceso afirmando que Arriba había ido con intención de matar al sobrino de su señor y que había un secreto referente a cierta mujer casada y que si había que hacerle merced hubiera sido mejor suspender el destierro en vez de levantarlo y que no tenía oficio ni beneficio ni deudos para pretender Arriba lo que pretendía.

El condenado, por su parte, tras haber cumplido casi dos años de destierro, justificaba la petición, diciendo que no hubo herida de ninguno de los dos y no se había querellado antes bien había rogado al alcalde que se inhibiese y que hacía más de un año que él y Ruesta eran amigos y se trataban por carta; añadía que si había aceptado la sentencia había sido en la seguridad de que el cardenal le habría levantado el destierro como muchas veces le había suplicado yendo incluso hasta Córdoba con este objeto y habiéndole hecho una última petición seis meses antes, tras lo cual pidió al secretario una relación del hecho, pues entre tanto había caído enfermo y había tenido que abandonar la corte y había gastado cuanto tenía y se apelaba al amor de Dios para el levantamiento del destierro. No parece que Mateo Vázquez estuviera por la labor después de las informaciones del alcalde, pues anotó “No ha lugar”.

Lo que sí está claro es que las comidillas de Sigüenza tenían variedad y frecuencia de argumentos. Mientras entre el alcalde y Vázquez se debatía el asunto del destierro llegó a Sigüenza un alguacil del Santo Oficio que llevaba dos presos desde Barcelona.

Debía ser uno de esos personajes muy seguros de sí porque el alcalde le ofreció la cárcel o prisiones para los presos, que el alguacil en causa no aceptó.

Uno de los dos se dio a la fuga*.
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*IVDJ, Envío 72, caja 98, t. II, n. 239-246.

 

 

Juego y jugadores en Sigüenza. 

No se trata del póker, ni de una película como El Golpe, ni se jugaba en el tren. Era en Sigüenza el jueves de comadres.

Ya sé que muchos de ustedes es la primera vez que ven esta fecha variable en el calendario, pero no es otra cosa que el actual jueves lardero –chorizo y huevo–.

Pues bien, el jueves de comadres un arquero de su majestad comenzó a jugar con otro a las Tablas, públicamente, al Sol (¿quizá fuera de la puerta del Sol?) y del juego de tablas pasaron a jugar con dos dados al momo sanz (que era también un tipo de juego de tablas) y apostando algunos de los circunstantes con la ocasión del tiempo, casi al fin del juego llegó Juan de Herrera y apostó y jugó tres o cuatro suertes por lo cual fue denunciado y preso al octavo día y hace muchos que lo está, condenado a doscientos ducados y cinco años de destierro del reino.

El padre del encausado, Alonso de Gamboa escribió al cardenal Espinosa –que para eso era el obispo de Sigüenza y el que mandaba en el reino– solicitando el perdón porque el juego había sido ocasionado por la fecha concreta, y había sido público, sin entender que se ofendía y pidiendo escribiese a uno de los alcaldes para que templase el rigor de la sentencia dada la larga prisión y el tanto gasto*.

El Juego de Tablas figura ya en el “Libro de ajedrez, dados y tablas” de Alfonso X. Se jugaba sobre un tablero dividido en cuatro cuadras de seis casillas cada una y con una franja central dividiendo las dos mitades del tablero. Para el juego se empleaban quince tablas o fichas redondas y dos o tres dados pues había una quincena de variedades, siempre según Alfonso X.

Vamos que ya entonces jugaban al backgammon y que el juego de Tablas es de los más antiguos de la humanidad que, por lo visto, requiere un gran sentido de la estrategia.

Otro que aparece jugando es Juan Yáñez de Valmaseda. Este señor era nada menos que el provisor –el que gobernaba la diócesis en nombre el cardenal Espinosa– y de él decía un informante anónimo, al mismo cardenal, que buscaba conversaciones con prebendados y se iba al campo con ellos muy de ordinario; también se descomponía frecuentemente jugando al Ruejo y tirando al canto o corriendo y justando, con una capa bajo el brazo y llevando a cabo otras liviandades de esas que no las haría un estudiante.

Pues el mismo informe no se para aquí y parece querer decir: “Quítelo usted porque es un tonto que no entiende nada, un ineficiente, un maleducado y uno que no sabe estar a la altura. Póngame en su lugar”.

Por eso decía también el autor que a Yáñez se le consideraba un hombre muy vulgar porque tenía mucha conversación con cantorcillos y gente de esta manera, dándoles orden en sus representaciones y músicas, preparándolos a ello, hasta ir de día, en persona, a la cantoría a verlos ensayar “y a ponerlos en los meneos que han de hacer”, o sea que también había actividades musicales en Sigüenza fuera del culto catedral.

El informante tenía que ser un quisquilloso pues ¿por qué no podría el buen Yáñez hablar con quien quisiera, pasear con quien le diera la gana o jugar un rato y distraerse con el canto y con la música? Siempre ha habido mojigatos.
Bueno pues estas breves noticiejas las he leído y copiado en el madrileño Instituto Valencia de Don Juan.
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* IVDJ, Envío 72, caja 98, t. II, n. 143.

 

Viñeta

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