Cuando viajar suponía acabar lleno de polvo o de barro hasta el cogote, o que la ropa terminara, en el mejor de los casos, empapada por la irrupción de las olas sobre la cubierta de las naves, había gente que incluso hacía de esa práctica un oficio.
Cuando viajar suponía acabar lleno de polvo o de barro hasta el cogote, o que la ropa terminara, en el mejor de los casos, empapada por la irrupción de las olas sobre la cubierta de las naves, había gente que incluso hacía de esa práctica un oficio. Carreteros y navegantes surcaban caminos y mares con sus carros y sus barcos durante interminables trayectos, en ocasiones a demanda, para ganarse un sueldo que a veces ni siquiera compensaba el esfuerzo. Y luego estaba lo del «primo» catalán…
Retrocedamos hasta unos 45 años después de la muerte violenta del comendador Martín Vázquez de Arce, el Doncel que no era doncel. Y vayámonos a la población de Bellpuig. Estamos en el mes de julio de 1530 y en ese pueblecillo leridano se aceleran los preparativos para recibir los restos mortales de un poderoso personaje, natural del lugar: Ramón Folch de Cardona. El muerto espera en la capilla de la fortaleza napolitana de Castel Nuovo, desde hace ocho años, el momento del traslado, cuando esté acabado su mausoleo.
Y es que, por testamento, Ramón Folch de Cardona quiso que lo enterraran en el monasterio franciscano de Sant Bartomeu que él mismo había fundado en Bellpuig. Pero no se preocupó por encargar el sepulcro que debía tener una ampulosidad acorde con el tamaño de su fortuna, por lo que fue su esposa, Isabel de Requesens, quien tuvo que ocuparse del trámite y esperar, y esperar…
El mausoleo de Ramón Folch de Cardona (1530), por Giovanni de Nola. Iglesia de Sant Nicolau, Bellpuig (Lleida).
El encargo del susodicho mausoleo le llegó al escultor napolitano Giovanni Marigliano, más conocido como Giovanni de Nola, quien lo ejecutó en su taller tras informarse de la vida del fallecido para recrearla sobre el mármol. Cuando el sepulcro estuvo terminado, Isabel de Requesens procedió a organizar su traslado a tierras catalanas. Así pues, a finales de julio de 1530, una nao gallega arribó al puerto de Salou con las incontables piezas marmóreas del mausoleo debidamente numeradas. Habían empezado a cargarlas en Nápoles cuatro meses antes bajo la supervisión de un criado de la viuda. El coste total del transporte marítimo ascendió a 200 ducados, pero cada uno de los miembros de la tripulación recibió la generosa propina de dos ducados.
Antes de trasladar por tierra a Bellpuig el troceado mausoleo, este permaneció durante dos meses guardado en una torre que era propiedad del hermano del difunto, Pere Folch de Cardona, quien había sido virrey de Cataluña y arzobispo de Tarragona y también acababa de fallecer. Mientras tanto, diecinueve hombres estuvieron reparando algunos de los caminos por los que debían transitar los carreteros con sus carros a lo largo de un itinerario de casi 95 km. Al final, se calcula que fueron necesarios unos trece viajes de una comitiva de ocho carros, que a 500 kg por carro sumarían 52.000 kg de mármol trasladado. Cada viaje de ida y vuelta habría durado seis días, por lo que los carreteros debieron tardar más de dos meses en rematar el trabajo y depositar todas las piezas del mausoleo en la iglesia del convento franciscano de Bellpuig. Allí iba a ser montado del lado de la epístola.
Retrato de Isabel de Requesens (1518), por Giulio Romano en colaboración con Rafael. Museo del Louvre, París.
Fue entonces cuando Isabel de Requesens ordenó también que los restos de su marido viajaran desde Nápoles a Cataluña dentro de un arca cerrada con dos llaves, que solo fue abierta en el momento de depositar el cuerpo en el sarcófago del sepulcro, ya en su pueblo natal. Luego, como era costumbre, se requirió la presencia de dos reputados escultores para que certificaran que el mausoleo había sido ensamblado según el diseño original del artista, Giovanni de Nola. Los elegidos fueron el vasco Martín Díez de Liatzasolo y el valenciano Damià Forment, prestigioso escultor que ejecutó excelentes retablos mayores, como el de la basílica del Pilar en Zaragoza, el de la catedral de Huesca, el de la abadía cisterciense de Poblet en Tarragona o el de la catedral de Santo Domingo de la Calzada en La Rioja.
Ramón Folch de Cardona había nacido en 1467; o sea, que era contemporáneo de su «primo» seguntino, pero ¡qué diferentes iban a ser sus vidas! Baste con decir que el Doncel ni siquiera llegaría a conocer las gestas de Colón al otro lado del Atlántico, mientras que Ramón sobrevivió al Almirante más de dos décadas. Vamos a aclarar ya una cosa, y es que el Doncel seguntino y Ramón, primos, lo que se dice primos, no eran, y tampoco familia; los llamo así porque tuvieron tras su muerte algo en común: unos magníficos y, en cierta manera, parecidos mausoleos, cada cual al estilo de lo que en ese momento marcaban los cánones artísticos, uno gótico y el otro renacentista.
Detalle de la figura escultórica semiyacente de Ramón Folch de Cardona en su mausoleo.
Ramón pertenecía a la alta nobleza de la Corona de Aragón y sirvió a Fernando el Católico en diversas campañas bélicas como marino y militar que era, al igual que el Doncel, aunque tuvo mejor suerte que este. Así, ejerció de almirante en la toma de Mazalquivir (1505), en el norte de África, donde participaron seis galeras y numerosas carabelas y fustas, que llevaban a bordo unos 2.700 soldados, además de varias tafurcas, unas embarcaciones ideales para transportar caballos. Aquella victoria fue el paso previo a la toma de Orán, pues Mazalquivir ofrecía un puerto-refugio natural idóneo para albergar flotas que pudieran realizar otras incursiones y conquistas por aquellas costas. En palabras de Fernando el Católico, había que «destruir y asolar todas aquellas partes de África, y para continuar esto y esforçar la guerra contra los dichos moros por todas las vías y maneras que puedan recibir todo mal y daño». ¡Qué bruto! Está claro que el espíritu de cruzada medieval seguía presente en la mente de los poderosos a principios de la llamada Edad Moderna.
Al año siguiente de la batalla de Mazalquivir, Ramón Folch de Cardona se casó con su prima hermana Isabel de Requesens Enríquez, que acababa de heredar una enorme fortuna. Ella tenía once años y él, treinta y nueve. ¡Vaya aberración! Fernando el Católico, que asistió a la ceremonia, como regalo de bodas un poco tardío le otorgó a Ramón el nombramiento de virrey de Nápoles, suculento cargo que ostentaría hasta su muerte, en 1522. Isabel solo vivió diez años más que su esposo, es decir, falleció en Nápoles al poco tiempo de que este recibiera el tan deseado entierro en su pueblo natal.
De izquierda a derecha y de arriba abajo, detalles de una rama de encina o roble, símbolo de fortaleza; una cenefa de caracolas; dos cocodrilos frente a frente; un yelmo historiado con motivos marinos; un ser fantástico con busto de mujer y extremidades de animal; y una modesta firma del autor, «Giovanni de Nola lo hacía», por considerar su obra no del todo perfecta ni acabada.
La efigie de Ramón Folch de Cardona es el motivo y eje principal del mausoleo, al igual que sucede con la de Martín Vázquez de Arce en su sepulcro. Pero, si bien el Doncel está apoyado sobre el brazo derecho, despierto y leyendo, el catalán aparece medio recostado sobre el yelmo, acomodado con cuatro cojines y dormido a la espera de la resurrección. Ambos monumentos funerarios son de pared, y sus respectivos sarcófagos están bajo un arco, que en el caso del catalán sería un arco de triunfo que representaría la idea de la muerte no como fin, sino como paso. Este tipo de monumento funerario recuerda a los sepulcros romanos que fueron realizados a principios del siglo XVI por Andrea Sansovino y que sirvieron de modelo o de inspiración a escultores posteriores.
No sucede lo mismo con el sepulcro del Doncel, pues el hecho de que sea anterior (hacia 1491) y que la postura del difunto sea tan novedosa lo aleja de ese canon y, además, lo convierte en una pieza original y única dentro del panorama artístico europeo de finales del gótico. Otra cosa es su «tosca» factura, sus adornos y la estética del conjunto sepulcral, más atrasados con respecto a los aires de renovación que corrían ya, cuando fue esculpido, en los ambientes artísticos italianos, los más punteros del momento.
Detalle de los barcos de la flota hispana en la batalla de Mazalquivir, donde intervino Ramón Folch de Cardona.
La iconografía del mausoleo de Ramón Folch de Cardona transforma la vida del personaje en una especie de epopeya mítica, en la que no faltan hechos reales, como la batalla de Mazalquivir y el protagonismo que tuvo la flota naval en la victoria hispana, junto a seres fantásticos, como unos con busto de mujer y extremidades de animal que ejercen una función simbólica de ultratumba. Asimismo, el tema del mar se expande por todo el mausoleo en forma de caracolas, tritones y otros seres mitológicos, acaso a imitación de las creencias plasmadas en los sepulcros de la Roma clásica, donde el viaje del alma del difunto hacia las islas de los bienaventurados se producía a través de un océano y era auxiliado en la travesía por las divinidades marinas. Y, por supuesto, no faltan las referencias al catolicismo. Encima del sarcófago hay una representación muy dramática del Llanto sobre el Cristo muerto, que busca establecer un paralelismo entre el llanto de la Virgen por su hijo y el llanto de los familiares por el difunto Ramón.
Como consecuencia de la revuelta anticlerical de finales de julio de 1835 en Barcelona, que se extendió por toda Cataluña, los franciscanos de Bellpuig se vieron obligados a abandonar para siempre el monasterio. Después de una especie de campaña en defensa del mausoleo por su valor artístico, en 1842 este sería trasladado a la parroquia de Sant Nicolau, en pleno centro de Bellpuig. Esta vez, fue instalado del lado del evangelio, es decir, el contrario al que ocupó en el convento de los franciscanos.
En 1925, después de que saltaran todas las alarmas al aparecer en la prensa acusaciones contra la Iglesia porque se rumoreaba que tenían la intención de vender el mausoleo de Ramón Folch de Cardona en el extranjero, este fue declarado Monumento Nacional. Así que aún puede contemplarse en la parroquia de Sant Nicolau de Bellpuig. La entrada es libre y gratuita, aunque existe la opción de una visita guiada por un módico precio. ¡Ay, qué diferencia con la pesetera entrada que se exige para contemplar al enrejado Doncel! ¡Libertad, libertad…!
Para saber más
Buena parte de los datos de este artículo se deben al extraordinario trabajo de documentación de Joan Yeguas i Gassó, El mausoleu de Bellpuig: història i art del Renaixement entre Nàpols i Catalunya, Bellpuig, Saladrigues SL, 2009.