El sello del año
El tiempo en que las encinas andan desprendidas de sus bellotas; quedan los cascabillos mezclados con las hojas perennes y grises. Es tiempo de majuelas enrojecidas en racimos brillantes sobre las angulosas ramas desnudas de los espinos. Es tiempo de escarcha permanente sobre la hierba al final de la tarde. Cambio de fechas, inicio del calendario.El campo, durmiente. Hay restos de la vida anterior. Las jaras portan las cápsulas vacías que derramaron su semilla con los vendavales de otoño. En los cantuesos persisten las ramas secas coronadas por secas inflorescencias que fueron verdes y moradas y que contuvieron el néctar que ahora es miel. Miel de espliego en las colmenas de las abejas ahora aletargadas y en las alacenas de las casas de chimeneas ahora humeantes. En los espinares, los escaramujos que fueron blanca rosa de campo aparecen picoteados por los zorzales y por las currucas cumpliendo su función biológicamente determinada de dispersión de sus propágulos mediante la atracción de las aves. Las zarzas, las humildes zarzas de las veredas y de las tapias, mantienen algunas hojas, apurpuradas por los rigores invernales, mientras los receptáculos vacíos denotan lo que fueron racimos de moras negras, ya agotados.
Hay también señales de vida activa en pleno invierno. Hozaduras recientes de jabalí atravesando los prados, lineas de Nazca en el desierto de hierba enralecida de la dehesa. Hay gazaperas frescas de la noche anterior. Pequeños montículos de tierra removida que delatan la red subterránea de los topillos. Una huella, otra, un rastro congelado de corzo saltarín. En las tejoneras, los tasugos hibernan a la espera de un próximo despertar. Cae la tarde, caen las luces rasantes sobre las piedras areniscosas, y toda la vida, la discreta vida invernal, aflorará en unas pocas horas, quizá con el sobrecogedor ulular del gran búho como fondo.
Son también indicios de la nueva estación que pronto ha de venir. Los avellanos ya habrán florecido con sus gatillos de polen. Lo llevan haciendo hacia el día de San Vicente desde que tengo conciencia de ellos, últimamente unas semanas antes. Será el cambio climático. O será la temperatura, qué sé yo. Me acuerdo de los narcisos, voy a ver si ya hay narcisos. No hay, es pronto —¿era por marzo?—, es demasiado pronto para el narcisismo de las fragas y de las praderas. Los narcisos amarillos me recuerdan otros paseos en otros momentos, otros paseos en idéntico momento. Me recuerdan aquellas plantas que son capaces de florecer aún entre la nieve. Las campanillas de invierno (Galanthus nivalis) de las montañas. El heléboro (Helleborus foetidus), de los rincones de alturas medianas, por ejemplo al sureste de la provincia. Con el heléboro me voy a la mandrágora, al beleño, a la belladona, al acónito, a la cicuta, a todos los venenos míticos del reino vegetal, a la Edad Media, a los aquelarres, a Discórides, al Decamerón, a Homero, a Sócrates.
El heléboro, la hierba de ballesteros, que se utilizó, junto a otras, para emponzoñar las saetas que se disparaban con las ballestas de aquellos asedios. Me voy también a tierras más cálidas, tropicales. Al curare de las flechas de los indios —me gusta la palabra “indio”, denostada por la falsa corrección predominante, más que “indígena”, que tiende a prosperar; la primera me sugiere dignidad de pueblo orgulloso, la segunda me sugiere antropología, zoología taxonomista—, al curare de las selvas, digo, venezolanas y colombianas. Y, una vez en América, me voy a las pequeñas ranas-dardo de vivos colores, tan tóxicas que cada una contiene sustancia para matar a veinte hombres. Son usadas para mojar la punta de los proyectiles de las cerbatanas, para cazar pequeños animales en las ramas intrincadas de aquellos bosques insondables.
Pero vuelvo a nuestro invierno de meseta escarchada. Invierno suave, en el que los caminos se descongelan en las horas de sol y se endurecen cada noche, hielo, deshielo, hielo, deshielo, hielo, deshielo. No hay heléboro en nuestros prados, menos en este campo silíceo que da asiento a jaras y pinares que fueron resineros. No hay heléboro, hierba de ballesteros, también llamado “sello del año”: porque florece cuando uno termina y otro comienza. No hay heléboro, y es una pena, porque el símbolo lo merece. No obstante, sin él y todo, desearemos que el 2013 sea bueno, o que al menos no empeore al 2012. Y que venga sin veneno dentro de lo posible. Así pues, ¡feliz año nuevo!
Julio Álvarez Jiménez