Cuando paseamos en primavera y verano por los bosques de nuestra comarca es casi seguro que nos pase desapercibido un pequeño pajarillo considerado el rey del bosque por muchos aficionados a las aves. En la Península Ibérica conviven dos especies muy similares de este rey: el reyezuelo sencillo (Regulus regulus) y el reyezuelo listado (Regulus ignicapilla).
Son las dos aves más pequeñas de Europa, junto con el chochín, con apenas 9 cm de longitud y unos 6 gramos de peso. Son tan pequeñas que apenas se dejan ver entre la espesura de nuestros bosques. Pero como sucede con todas las aves pequeñas son muy activas y si nos paramos un momento a observar atentamente en nuestro pinar, o en cualquiera de los bosques que disfrutamos en nuestra zona, es muy probable que observemos entre las copas de los árboles, buscando alimento incansablemente, a nuestros pequeños reyes.
Hoy nos centramos en la especie que más se puede observar en Sigüenza y alrededores, el reyezuelo listado (Regulus ignicapilla) .En latín Regulus significa rey de un estado pequeño o reyezuelo e ignicapilla deriva del latín ignis que significa fuego y capillus que es pelo.
Lo que más destaca en el reyezuelo listado es el píleo negro de su cabeza (parte superior de la cabeza) surcado por unagran línea central de color naranja en los machos, mucho más pequeña y amarilla en las hembras. Esta franja sobre la cabeza le da a este pequeño pájaro la apariencia de portar una corona y de aquí proviene su nombre común de “reyezuelo”; los jóvenes no tienen el dibujo del píleo definido hasta la primera muda de plumaje que sucederá en el primer otoño de vida.
Además, en la cabeza destaca una ceja blanca y una lista ocular negra sobre el ojo negro, de donde proviene su denominación de “listado”, que crea un dibujo rayado muy contrastado.
Reyezuelo listado.
En febrero el macho comienza a marcar su territorio con su canto discreto para el oído humano, al contrario de nuestro protagonista del artículo del mes pasado.Durante estos días podemos ver a machos peleándose por el territorio y quizás sea el mejor momento para fotografiarlos porque estas absortos en el combate, pelean entre las ramas, bajan al suelo y permanecen un breve espacio de tiempo quietos, lo que concede al fotógrafo el tiempo necesario para disparar la cámara. Cuando llega marzo comienzan a emparejarse y a principios de abril comienza la época de reproducción. El cortejo es muy curioso porque muchas veces el macho confunde a la hembra con un macho rival e intenta expulsarla de su territorio, aunque en cuanto se da cuenta de su error se acerca a ella cantando y desplegando su llamativa cresta naranja mientras sacude todo el cuerpo en una especie de temblor.
Su alimentación se basa principalmente en polillas, orugas de lepidópteros, pulgones y arañas. Se calcula que un reyezuelo puede consumir tres millones y medio de huevos de insectos. Aun así, la especie no es estrictamente insectívora, sino que los frutos carnosos, bayas y semillas también forman una parte relativamente importante de su dieta. Como curiosidad reseñar que los reyezuelos son muy hábiles extrayendo insectos atrapados en las telarañas, aunque a veces esta práctica y su reducido tamaño ha hecho que algunos ejemplares han quedado atrapados en las telarañas y han encontrado la muerte por no poder desprenderse de ellas.
La historia de cómo el reyezuelo consiguió el “Rey de las Aves” y porque luce ese penacho de plumas coloridas en su cabeza, la podemos encontrar en una fábula de Esopo que es más o menos así:
“Cuenta una antigua leyenda, que hubo un tiempo en que las aves se encontraban disputándose el trono de las aves y como no llegaron a un acuerdo todos los pájaros se reunieron en una gran asamblea para elegir al que debía ser su monarca, tras muchas y complicadas discusiones, convinieron que aquel que volara más alto sería su rey. A la señal acordada todos se precipitaron a volar hacia el cielo. Muy pronto muchos los mejores voladores tomaron ventaja y progresivamente se fueron aclarando las posiciones. El Águila real ascendía segura, distanciando más y más al resto de las aves, y con ella, el pequeñísimo Reyezuelo que, aprovechándose de su pequeño tamaño y su astucia, antes de comenzar la competición se había escondido entre el plumaje del águila y viajaba sobre ella. Cuando al Águila real le abandonaron sus fuerzas; de su escondite entre las plumas de la cola del Águila real salió el Reyezuelo y se colocó sobre la cabeza del Águila. De esta manera consiguió ser el ave que más alto ascendió en la cúpula celeste y, por tanto, el Dios Sol coronó al Reyezuelo como “Rey de las Aves” estampando en su cabeza un rayo solar. Desde aquel momento lucen los reyezuelos sus doradas crestas, símbolo de su condición de soberano de todas las aves”.
El reyezuelo junto al petirrojo están relacionados con un rito sobre el ciclo anual. Según nos cuenta el naturalista británico George Graves (1784-1839), en los Reinos Antiguos cuando llegaba el fin de año capturaban un reyezuelo y un petirrojo y llevaban a cabo el siguiente ritual. Metían al reyezuelo en una urna de cristal y lo sacrificaban, mientras que al petirrojo lo subían al altar y lo liberaban. En este aciago rito al reyezuelo le tocaba representar el año que moría mientras que al petirrojo le toca representar el año que nacía.
Existía una curiosa tradición en Vilanova de Lourenza (Lugo) conocida como “La Caza del rey Charlo”, que consiste en la caza de un reyezuelo por parte de los vecinos del pueblo el día de Año Nuevo. Una vez capturado se le ataba a la punta de una vara y se llevaba en procesión al monasterio de San Salvador. Allí se entregaba el pequeño pájaro al abad del monasterio, este mandaba repartir vino y pan entre los asistentes, después de quitarle cuatro plumas al reyezuelo, lo liberaban. Tras la suelta del ave los presentes se dirigían a la Casa del Concejo para elegir a los cuatro candidatos a alcalde de localidad. Si por casualidad el día de Año Nuevo no se conseguía cazar al reyezuelo, el abad concedía una prórroga hasta el día de Reyes.
Para finalizar otro curioso rito que se realizaba sobre todo en pueblos de Francia. El ritual consistía en transportar al minúsculo reyezuelo en una jaula sobre un carro tirado por varias parejas de bueyes y después preparar un enorme banquete que se decía realizado con el cuerpo del ave. Algunos autores creen que este rito tiene que ver con la idea de que las apariencias engañan y que no debemos juzgar a personas o situaciones por su apariencia.
Texto y fotos: Javier Munilla