Coplas a la muerte de una estrella
De Jorge Manrique se recuerda más la muerte de su padre en 1476 que la suya propia, que alcanzó a este joven y fiero partidario de la Orden de Santiago en la batalla de Uclés tres años después, cuando luchaba por defender el trono para Isabel la Católica frente a los partidarios de Juana la Beltraneja.
Tan docto con la pluma como con la espada, escribió unas coplas a la muerte de su padre que se convertirían en un clásico de la literatura española. En esta bella elegía de pie quebrado, Manrique expresa el sentir por nuestra corta existencia y habla de la muerte en su sentido universal.
A continuación nos tomamos una licencia: en unas coplas que carecen tanto de la precisión del lenguaje científico como de la calidad literaria de Manrique, remedamos su lamento reflexionando sobre el ciclo de formación, existencia y muerte de las estrellas. Es difícil decir con el pie quebrado que existen planetas junto a otras estrellas, que la luz de éstas nos llega en diferido y por tanto las vemos como eran hace años o miles de años, o que nuestro Sol no durará siempre; o explicar que los elementos químicos de los que estamos hechos se fabrican en las estrellas o cómo éstas acaban muriendo, bien como enanas blancas, bien en supernovas que dejan estrellas-cadáver de neutrones o agujeros negros. Difícil, pero no imposible; veamos:
Recuerde el cosmos dormido,
avive masas inertes
contemplando
a astros del polvo surgidos,
cómo les viene la muerte
tan callando;
cuán presto los vio nacer,
en nubes de gas condensado;
dar color
a atmósferas de planetas
y a células que dependen
de su ardor.
Y pues vemos en presente
lo que ha un tiempo ha sido
y ha acabado
si juzgamos sabiamente,
lo que vemos es la luz
del pasado.
No se engañe nadie, no,
nuestro Sol no ha de durar
eternamente
cinco mil millones vio
de años ardientes pasar
serenamente,
y otros tantos durará
de su fuego nuclear
la fuente.
Las estrellas son los ríos
y el universo, su mar,
que es el morir;
allí van los elementos
a nuevas estrellas formar
y revivir;
donde en fértil horno cuecen
elementos más complejos
esenciales;
materia de que están hechos
cosas, plantas y hasta seres
racionales.
Voraces consumidoras
las más grandes mueren antes
que las chicas,
pero al cabo mueren todas
las más pobres, las gigantes
y las ricas.
Débiles o fulgurantes,
azules, rojas, naranjas,
da igual
acabado el carburante
implacable les aguarda
su final:
ya rescoldo –enana blanca–
ya supernova detonante,
frenética,
tornada en voraz agujero
o en estrella pulsante,
magnética.
Sin embargo su agonía
aun convulsa y explosiva
no es terminal,
sino etapa necesaria
de la historia del gran ciclo
universal.