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Los paisajes salineros

Los paisajes salineros son lugares especialmente evocadores, que transmiten una aparente sencillez. Por un lado, están formados por una mezcla de elementos naturales, condicionados por la aridez y la paradójica presencia del agua, y las condiciones extremas que soportan. Por otro, se componen de esos elementos artificiales, realizados por la mano del hombre, que aportan estructuras geométricas rectilíneas, con interesantes puntos de fuga. Esto hace que los tonos pardos y verdes de las montañas onduladas sirvan de fondo a un paisaje artificial de líneas rectas, colores planos y apagados y puntos de fuga muy marcados que crean un peculiar paisaje salinero. Tan natural y llamativo al mismo tiempo.

El sustrato sobre el que se construyen las balsas suele ser el propio suelo, al que se puede añadir una base de piedra seca o planchas de caliza, selladas generalmente con arcilla para evitar las fugas de agua. La construcción de caminos, canales y diques es una tarea compleja en la que se tiene muy presente los materiales empleados, porque van a estar en contacto con el agua y la sal, dos sustancias muy erosivas. La madera empleada para la construcción de los diques suele ser de sabina por su alto poder de resistencia y la conducción del agua es realizada por gravedad. Los edificios y otro tipo de estructuras verticales, como almacenes o norias, se construían siguiendo las directrices de la arquitectura local. Sin embargo, los almacenes (o alfolíes) más importantes mantenían una clara tipología protoindustrial, consecuencia de los esfuerzos de racionalización de la industria salinera que promovió el rey Carlos III en el siglo XVIII y que aún hoy se evidencia en las Salinas de San Juan, de Saelices de la Sal. Estos almacenes son, por lo general, edificios de paredes muy altas, espacios interiores diáfanos rodeados de muros robustos, capaces de sostener la presión de la sal, y contrafuertes exteriores. Con frecuencia, los almacenes tenían una entrada de carga en altura, como en el caso del alfolí de San José, en Imón, para dejar caer la sal hacia el interior, y una zona de descarga desde la puerta más cercana a la carretera. Los mecanismos de bombeo, para la extracción de la salmuera, suelen estar protegidos de la intemperie por pequeñas construcciones de planta octogonal. En el pasado, consistían en norias llamadas de tiro o de sangre, labradas en madera según modelos árabes o, incluso, romanos, y han sido reemplazadas en los tiempos modernos por bombas mecánicas. En el interior de estas norias trabajaba una mula, haciendo girar la rueda motriz, dispuesta en horizontal, que accionaba la rueda elevadora de la salmuera, en vertical. De ahí pasaba la salmuera a un depósito exterior adyacente.

La variedad de ambientes donde se puede encontrar sal (en valles cerrados, en llanuras, en laderas de montaña, en riberas de inundación; a gran altitud o a nivel del mar) no es un impedimento para encontrar, entre su diversidad, una estética similar. Los paisajes de la sal presentan por lo general una topografía llana o aterrazada, con una vegetación marcadamente afectada por la sal. En ellos no crecen más que pequeñas gramíneas o plantas crasas sobre suelos empobrecidos, que imposibilitan cualquier tipo de cultivo. En las zonas inundadas, la vegetación es más bien rala y las plantas aparecen por lo general en orlas, haciéndose más abundantes y diversas a medida que se alejan de las zonas con mayor concentración de sal. Si la salinidad del agua es elevada, se tiñe de tonos que van desde el anaranjado al violeta, en función de la composición mineral de la salmuera y los organismos que en ella viven. El calor del verano hace que las aguas someras y el suelo húmedo se sequen y adquieran un tono blanco muy característico. Las salinas ofrecen, así, una paleta de colores sutil y variada, de una belleza árida que atrapa por su aparente sencillez al observador. Es, no cabe duda, un paisaje con entidad propia, tanto desde un punto de vista natural como cultural.