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Insectofobia, basurofilia, leyenda verde e imperio del plástico

Aunque cada vez se ven menos insectos por nuestros lares, cuando aprieta el calor y los urbanitas tratan de escapan de los hornos en que se convierten las capitales rumbo a los pueblos serranos, comienzan en estos lugares las rutinarias campañas de fumigación. Se trata de mantener la atmósfera lo más estéril posible soltando química por doquier aunque a la larga al final no solo sean los mosquitos las víctimas de estas campañas sino también las abejas y todo bicho viviente, incluida al final de la cadena trófica, la presuntuosamente denominada por algunos, especie elegida. Resulta un detalle entrañable que se mantengan las zonas de recreo infantil libres de estos rociados, se supone que a su tierna edad todavía no están inmunizados como debe estar ya el resto de la población a la ingestión de su correspondiente dosis de veneno ambiental. También podemos mencionar como al mismo tiempo las carreteras se glifosatean a conciencia para librarlas de esas cosas tan malvadas que crecen en sus arcenes como son las llamadas malas hierbas. Según las estadísticas nuestro país es el campeón de Europa en el uso y abuso de abonos químicos en la agricultura. Ya hay poblaciones cercanas a Sigüenza como La Ventosa del Ducado donde no puede beber agua del grifo debido a la contaminación por nitratos.

Unas vez que se eliminan mosquitos y malezas, estos terribles peligros que acechan a nuestra civilización, empiezan a proliferar en los lugares más insospechados montones de desechos de todo tipo: materiales de construcción, colchones, lavadoras, televisores, frigoríficos, impresoras… objetos, que cada vez con más frecuencia, es necesario desechar para trocarlos por otros más modernos, a ser posible digitalizados. Como molestan en el espacio privado que siempre debe mantenerse impoluto, con mayor o menor cuidado son depositados en la vía pública, esperando que, como por ensalmo, alguien se haga cargo de ellos. Al final toda la basura generada cotidianamente se va guardando debajo de la alfombra: es decir, se entierra junto a productos de incierta procedencia, se quema en incineradoras que esparcen veneno a la atmósfera o se deposita en países del tercer mundo, convertidos ya en países desechables.

Pero la basura, por mucho que se intente esconder al final, siempre acaba aflorando; además esta basura material, como por ósmosis acaba impregnando todo el ambiente en general y así disfrutamos de la comida basura, del trabajo basura, o de la información basura...

Pero al tiempo que se dan estos dos fenómenos paralelos: la insectofobia y la basurofilia, se crea una intensa y pertinaz leyenda verde que intenta blanquear (o mejor dicho, en este caso, verdear) la destrucción ambiental en curso, en la que campan a sus anchas palabras tan inocuas como fitosanitarios para mentar  a los pesticidas, reciclable para nombrar lo obsolescente, los prefijos “eco, bio o natur” que incorpora cualquier producto a la venta o se introduce el polivalente término “sostenible” para calificar cualquier actuación.

Y por último debemos ser conscientes de que nos encontramos ya plenamente inmersos en el imperio del plástico. No hay más que acercarse a cualquier playa cercana para constatar que, junto a las medusas se van acumulando todo tipo de desechos de este material que alegremente fabricamos para usar y tirar. Si un navegante como Magallanes quisiera ahora dar la vuelta al mundo se toparía con unas islas gigantescas compuestas de basura flotando en los océanos y que probablemente le impedirían seguir el viaje.

Y lo más grave es que al final, siguiendo el refrán castellano “de lo que se come se cría”, todos acabaremos plastificados, comiendo y bebiendo el plástico que, en forma de micropartículas poco a poco se van acumulando en el aire, en el agua y en los alimentos. Algunos expertos, se supone que familiarizados con el mundo financiero, han calculado que ahora mismo engullimos ya a la semana el equivalente en plástico a una tarjeta de crédito. Esperemos que las entidades bancarias tomen buena nota de ello y que endulcen sus tarjetas para quitarles su amargor y así dotarlas de un mayor valor añadido.