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Un recorte

Es época de recortes, por lo que el título de esta columna es poco concreto. De cualquier manera se va a hablar en este artículo de algo tan preciso como los recortes en los juzgados, que reciben el nombre de tasas judiciales.

Hasta ahora la justicia se ponía en marcha con una petición ante un tribunal, presentando a los representantes legales; ahora es necesario pagar unas tasas que encarecen el proceso hasta el punto que en ocasiones suponen un sobreprecio que pone la justicia fuera del alcance de la generalidad. No se puede precisar mucho más, puesto que la chapuza con la que se ha redactado la ley no permite gran concisión.

Iniciar un expediente ahora cuesta más dinero: las tasas han de ser satisfechas. Son palos en las ruedas que harán sin duda retroceder las exigencias del cumplimiento de la legislación; de este modo la petición de justicia puede dejar de ser un derecho, para transformarse en un privilegio más.

En esta época, de protestas continuas motivadas por los recortes de todo tipo que se vienen practicando, se ha sentado la costumbre de que policías pidan indiscriminadamente el carné de identidad a manifestantes; con este dato es suficiente para que se multe (hasta con 500 €), a ciudadanos que asisten a manifestaciones autorizadas por el mero hecho de que esos policías necesitan obedecer las consignas recibidas.

Para reclamar frente a este atropello es necesario pagar la multa y posteriormente las tasas, que fijará el ministerio llamado de justicia, para iniciar el proceso. En este caso el conjunto de la acción se encamina a persuadir a los ciudadanos que es mejor quedarse en casa, máxime cuando les ha sido reducido el sueldo; de paso, se colecta un dinero.

Otros casos en los que la avidez recaudatoria se pone en evidencia se dan en las reclamaciones de asociaciones ciudadanas; si una asociación de este tipo quiere actuar judicialmente contra un hecho o persona, ha de satisfacer las correspondientes tasas. De esta forma se consigue no la bendición de los hechos que pueden justificar la protesta, pero si la impunidad de ellos: es una medida disuasoria.

Al señor ministro de justicia se le conoce bien en Madrid, no en vano fue su alcalde, y presidente de la comunidad; en esas épocas puso un empeño increíble en hacer de la capital sede de olimpiadas. No consiguió esta meta pero el déficit logrado en el intento fue suficiente para que Madrid, tanto ciudad como autonomía, sea una de las rémoras económicas de esta España; por mucho que incida en las tasas no logrará establecer un equilibrio.

Qué razón y qué verdad!

Qué razón y qué verdad!

En estos días en que hemos celebrado la Navidad todo ser humano se llena de sentimientos nobles y buenos, de propósitos que miran hacia su bien y, espero, que al de los demás.  Parece que, en torno al Belén, surge y resurge un brote nuevo en el corazón que siempre tiende a una cosa, a la felicidad.
Me viene a la cabeza una frase que escuché en su momento a un profesor, Don Clementino, al que muchos conocerán, y que me ha hecho reflexionar desde hace una década. Corría el curso 2002-2003 cuando en una clase de ética pronunció, refiriéndose a Pío XII –creo recordar- esta sentencia: “felicidad: novela de muchos, historia de pocos”.
Aristóteles acuñó el término eudaimonia para referirse al estado en el que se obtiene el bien supremo y cuya consecuencia directa es la felicidad. Desde entonces toda reflexión filosófica y existencial ha ido matizando este estado al que todos aspiramos. Una mirada al cristianismo –fuera de matices teológicos- nos hace descubrir que la felicidad se puede entender como el estado “pleno” de la existencia humana. Pleno, lleno, el ser humano en todas sus “facetas”, también la espiritual.
Pero mi intención no es filosofar o divagar por la existencia humana, sino reafirmar la frase que en su momento escuché. Cuando uno recorre el camino de la vida, camino lleno de mil cosas, se da cuenta que es verdad: aquellos que se dicen felices no hacen nada más que vivir o existir en una novela. Y sin embargo, los anónimamente felices, los que trasmiten felicidad sin tener que reafirmarla, son los que están escribiendo de forma plena su historia.
Este riesgo de vivir entre la novela y la historia también sucede en las propias carnes. Muchas veces vivimos sumergidos en algo fantástico, que ni siquiera es lo ideal, y a ello lo denominamos felicidad. Pero la felicidad hace historia porque es algo transversal a nuestra vida y existencia. Es algo que marca nuestra forma de vivir de una forma definitiva y que lo externo, lo de fuera, ya bueno o malo, no acaba con ello, sino que lo madura, lo enriquece y lo fortalece.
Es a esto a lo que tenemos que tender o caminar, a que nuestra felicidad sea nuestra historia y no nuestra novela. Para novela ya esta la imaginación, para la historia la realidad. Por ello, todo lo vivido en estos días que nos induce a la felicidad –familia, ternura, encuentro…- ha de hacerse historia de nuestra vida. Ha de hacerse compañera del camino, no sólo para el nuevo año, sino para toda la vida sin olvidar que las dificultades también están en la historia pero que a fuerza de escribir la historia de nuestra vida, su final, puede ser y por qué no, la felicidad.
Julio Arjona

Una criatura necesaria y deseada

Una criatura necesaria y deseada

A la gente le gusta que haya gente que le cuente historias que le pasan a la gente. Y si esto no fuera así, los periodistas tendríamos que dedicarnos a otra cosa. También es cierto que muchos ya se dedican a otra cosa, pero no porque esa premisa haya dejado de ser válida, sino porque la crisis económica se está llevando por delante el viejo oficio de contar historias a través de los periódicos y revistas.

Corren malos tiempos para los medios de comunicación, especialmente para la prensa escrita. Cada día se cierran puertas y ventanas a la libertad de expresión y al derecho de los ciudadanos a estar informados. Son ya muy numerosos los amigos y compañeros que no pueden asomarse cada día a las páginas de importantes periódicos nacionales para explicar algunas de las cosas que están pasando. Y del panorama de la prensa regional o provincial ni hablamos.

Hace algunas semanas, mientras me tomaba una cerveza en el Bar Kentia, una persona me contaba alarmada la ausencia de información sobre la tragedia ocurrida en la Estación de Ferrocarril unos días antes. Se lamentaba de que las circunstancias en las que se produjo la muerte de una buena señora pasaron prácticamente inadvertidas en los medios de comunicación. Se quejaba de que no hubiera nadie dispuesto a denunciar lo que supuestamente era una muerte anunciada, por la falta de medidas de seguridad en el lugar de los hechos. Como si todo hubiera sido un mal sueño. ¿Dónde están los periodistas de Guadalajara que no cuentan y denuncian este tipo de cosas?.

Pues la mayoría de ellos, querido amigo, están en el paro. Y los que no están en el paro trabajan de forma precaria, rellenando páginas con las notas de prensa que les remiten los gabinetes de comunicación de organismos públicos, partidos políticos, instituciones y empresas. Es triste reconocerlo, pero es así. A esta escasez de recursos humanos hay que añadir la ausencia de compromiso por parte de los propietarios de las diferentes cabeceras, más preocupados por la cuenta de resultados que por denunciar los atropellos – nunca mejor dicho – de los derechos ciudadanos o las corruptelas de los poderosos. La transparencia en estos momentos es un bien escaso y el papel de la prensa en nuestra democracia va camino de convertirse en papel mojado.

Podría seguir enumerando algunos de los problemas actuales de los medios de comunicación, reflexionar sobre las ventajas e inconvenientes de Internet y de las redes sociales o contarles algunas experiencias propias sobre los riesgos que entraña el ejercicio valiente y responsable de esta profesión, pero prefiero dejarlo para otra ocasión.

Ahora lo importante es celebrar el nacimiento de esta nueva criatura informativa y hacerlo con la ilusión y la esperanza de que cumpla el objetivo de cualquier medio de comunicación que se precie: enriquecer el pluralismo, informar con rigor y honestidad de lo que pasa y colaborar en todo aquello que pueda servir para mejorar Sigüenza y las condiciones de sus habitantes.

Sin una prensa libre, no hay auténtica democracia. El poder, incluso para evitar cualquier tipo de tentaciones, necesita transparencia y vigilancia. La desconfianza sobre la clase dirigente es tan grande en estos momentos que su regeneración no va a ser posible sin medios de comunicación que expliquen las actuaciones que alcaldes, concejales o diputados estén llevando a cabo. Está demostrado que la información contrastada es la mejor medicina contra el mal uso del poder delegado en ellos por los ciudadanos.

“La Plazuela” – aunque yo sea más de “La Corrala” por razones familiares – se merece, antes que nada, un voto de confianza. En los últimos seis meses de sequía informativa, tras el cierre de “El Afilador”, me he encontrado con bastantes seguntinos que lo echaban de menos y que lo lamentaban. La gente tiene derecho a estar informada y la gente quiere saber, que diría Mercedes Milá, lo que pasa en su ciudad. Confrontar opiniones y conocer también las inquietudes de sus habitantes.

Tenemos una ciudad que impresiona al visitante. Una ciudad que merece estar en el escaparate. No hay motivos para escondernos, sino todo lo contrario. Es hora de abrir puertas y ventanas

Como esta que se acaba de abrir ahora y a la que espero asomarme de vez en cuando.

Javier del Castillo

 

Las preferentes

Sobre las Preferentes

Se ha liado buena con este “producto” financiero que, si en principio, no debería ser ni bueno ni malo -depende- ha resultado nefasto para muchos ahorradores que, pensando adquirir  manzanas, les han vendido otro tipo de fruta a la que seguramente eran alérgicos. Quede claro que esto no ha ocurrido en todos los sitios y sería injusto meter a todos en el mismo saco.

preferentesLa cuestión es que el negocio bancario se basa en una relación de confianza entre la entidad financiera y sus clientes, como ocurre  en otras muchas profesiones.  Desde la perspectiva que me da el haber trabajado cuarenta y un año en una caja de ahorros, puedo asegurar que es éste uno de los pilares fundamentales en los que se asienta este negocio y que, a su vez, debe ser correspondido con lealtad y profesionalidad. Si esta confianza llega a debilitarse o incluso a perderse, por culpa de la codicia o  presiones para llegar a unos objetivos inalcanzables, comercializando depósitos  de difícil comprensión en un sector que no es el más adecuado, “apaga y vámonos”.    
Todos sabemos los esfuerzos y privaciones que hay que soportar para conseguir unos ahorros que te hagan más llevadera tu jubilación y con esto no se juega. He atendido a muchos clientes que, ante las distintas ofertas posibles, siempre decían lo mismo:  “haz lo que tú creas que  es mejor para mí”, y esta confianza jamás puede ser defraudada, pues en definitiva lo que es bueno para tu cliente acaba siendo bueno para tu empresa, o por lo menos, así debería de ser.
Esto no quiere decir que no se pueda invertir “con riesgo”, con el fin de conseguir una mayor rentabilidad, siempre y cuando sepas en lo que te metes. Y de la misma manera que si las cosas te van bien  no repartes con nadie, si van mal ya sabes lo que te toca. No conviene olvidar que la rentabilidad y el riesgo van muy unidos; es decir mayor riesgo, más “posibilidad” de aumentar las ganancias, por ejemplo acciones, fondos de inversión de renta variable, etc. Pero sobre todo, lo que de ninguna manera hay que olvidar es que “Los duros a cuatro pesetas, no existen”.
Por eso y para terminar yo recomendaría a los pequeños ahorradores que  las prioridades  a tener en cuenta fueran:  Seguridad, Disponibilidad y Rentabilidad. Y en el supuesto de que quisieran invertir con riesgo, lo hagan en una cantidad que, si se viera mermada por circunstancias del mercado, no les suponga un gran trastorno.
Ricardo Checa

Obsolescencia programada

Consideremos por un momento una bombilla eléctrica de las normales (si se prefiere de las antiguas), llamadas incandescentes. Fueron inventadas por Edison, en una versión que disfrutaba de una vida útil de unas 1.500 horas de funcionamiento. Esta cifra se aumentó, gracias a una investigación profunda, llegando como media a cifras superiores a 2.500 horas.

En este momento empezó a funcionar el sindicato de fabricantes de bombillas, que planteó a sus socios la conveniencia de reducir la vida de sus creaciones, para aumentar las ventas, poder iniciar fabricaciones en cadena más mecanizadas (con ahorro por tanto de mano de obra), con el resultado final de ganar más dinero.

El acuerdo debió llevarse a cabo ya que en estos momentos la vida media que se atribuye a una lámpara incandescente es de 1.000 horas; desde principios del siglo pasado, fecha de los acuerdos de los que se habla, hasta el principio de este siglo la tecnología ha mejorado, las técnicas de fabricación han avanzado de manera impensable para nuestros abuelos, y se han aplicado, en este caso, para controlar en negativo la duración de un producto.

Consecuencia de ello han sido los millones de toneladas de residuos en vidrios, casquillos, filamento, … que han ido a parar a los vertederos, privando a la humanidad de cobre, tunsteno, … en igual medida. Además, las personas han perdido dinero.

El vender productos conscientemente deficientes es una estafa; un crimen, dada la cuantía económica, que ningún Estado ha perseguido. ¿Cómo es posible que un crimen de este estilo se deje ipune? ¿Tiene explicación que se persiga a un carterista y se ampare a esta mafia?

Si, tienen explicación acciones de este tipo. Por una parte no se puede abandonar la idea de que la autoridad sea comprada, cuestión que está de moda; las mordidas, los untos, sobornos, son panes nuestros cotidianos. Pero en este caso existen razones más poderosas para permitir el tipo de acciones que se comentan y merece la pena airearlas.

Las bases de este sistema son las empresas que mueven dinero; si una empresa se hace con unas pocas pesetas de cada persona tendrá los millones necesarios para fundar nuevas empresas que den trabajo, que emitan acciones, que compren aviones para sus ejecutivos, y que puedan mantener este estado de cosas. Se han prohibido las lámparas incandescentes; en este momento se actúa en impresoras, ordenadores, en electrodomésticos, …

La verdad es que este sistema vive de la estafa, del robo de particulares. Este sistema está íntimamente relacionado con el crimen; si defendemos el sistema defendemos el crimen.

¿Cuál es la salida?