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El Partenón de Pozancos y la gaznápira

Construiría un Partenón en el monte de Pozancos, con su escultura de Atenea, pero sin oropeles, y dejaría mudos su frontones y metopas, de caliza limpia y gris de la tierra, buscando el redondeo mediante la sencillez de un dórico, de partida, casi perfecto. Y después permitiría, inmisericorde, que se arruinara. Que se le partieran los arquitrabes, que el suelo de la naos se poblara de tejas de piedra caídas, que la sufrida chaparra meseteña y la hierba escueta de majada arraigaran en las juntas de los fustes de las columnas. Tendríamos las ruinas más perfectamente románticas en un monte de chaparra y aliaga, de rebaño de pécora y horizonte limpio. Y vendrían pintores de todos los países en un nuevo Grand Tour para atrapar en sus apuntes las ruinas más inspiradoras. Que lo serían, no por la arquitectura, sino por su ubicación: en pleno centro de la más pura autenticidad rural. Competiríamos con el templo del cabo Sunión o con la mismísima acrópolis de Agrigento. Un edificio de pega en un paisaje sin artificios. Y es que lo segundo sería lo admirado, porque un templo griego más o menos entero es una rareza, pero la autenticidad, hoy en día, es un privilegio.

Lo que no pondría jamás en ese monte ni en los siguientes hasta límite aún no determinado, aunque tiros ya hay, lo que ni en un solo segundo se me pasaría por el pensamiento, sería una desmesura de modernos aerogeneradores desnaturalizantes y ajenos. Te pueden gustar más o menos como concepto, pero el problema, y es grave, es que son una vulgaridad. Y no por estar en contra de la vulgaridad, todos somos vulgares en alguna medida, el problema es que la vulgaridad es la ruina: cualquier pueblo tiene aerogeneradores, a patadas algunos, pero, ¡ay!, templos griegos casi completos no hay más de una docena en todo el vasto mundo. Una rareza en un ambiente único es la unicidad al cuadrado. Pero una vulgaridad plantada en lo prístino es una chaladura, un dispendio. Porque la vulgaridad es muy poco rentable: sería como enfoscar la catedral de Sigüenza o como rehacer las Travesañas enteras en bloque de hormigón “cara vista”.

Falleció Andrés Berlanga hace mes y medio y pasó desapercibido por estos pagos. El autor de la mejor novela rural en español del siglo XX luchó en su día porque en su pueblo, Labros, no se prodigara la pala de policarbonato al viento. No podía ser de otra manera para cualquier amante de la calidad que proporciona lo auténtico, digamos por ejemplo un turista “de poder adquisitivo” o cualquier residente de fin de semana necesitado de paseos al atardecer hacia el infinito. Véase la Provenza francesa, que hay que visitar, con su conjunto de bellas localidades del tamaño de una Alboreca, un Riosalido, una Villacorza, con sus bien conservadas casas de pueblo a millón (literalmente), por supuesto carente de chatarra disruptora en los horizontes de olivo y maquia mediterránea. Es a una Provenza, a una Toscana, a unos valles de Yorkshire en Inglaterra, a lo que podemos aspirar, a lo que debemos aspirar aunque sea en nuestra humilde medida, por la sencilla razón de que cualquier otra opción, como se demuestra con tozudez cada vez que sale lo de “plan rural” en la prensa, es directamente inviable. Tenemos algo valioso, y aún no le hemos sacado apenas nada de su potencial. Porque lo auténtico es cotizadísimo, como los cuadros del provenzal Cezanne, que ya murió hace mucho, al ser su cantidad cerrada y tasada, es decir, limitada. Bien escaso y en vías de extinción que, como rara gema, cada vez será más demandado y, en este mundo brutalmente global, cada vez más determinante de la competitividad entre comarcas, regiones, ciudades, países. ¿Quién iría a gastar el fin de semana, no digamos a vivir, a un lugar en el que solo es posible pasear entre enormes máquinas zumbantes, emisoras de desagradable destellos nocturnos, pudiendo elegir otro lugar carente de ellas?

Más de doscientos millones de euros por ingresos turísticos se pueden perder cada año por la implantación de eólicos en localidades costeras catalanas, según uno de los pocos estudios realizados en territorio nacional sobre su efecto en la demanda turística. Y eso que la playa tira mucho. Sigüenza, más allá de sus monumentos —creánme, hay mucha comarca ahí fuera—, solo puede “tirar” por su potencial apenas desarrollado de aliaga en flor y mapostería vieja exquisitamente emplazadas por la acumulación insensible del tiempo ante un gran horizonte limpio, cada vez más raro de ver. Porque es en esto, no les quepa ninguna duda, donde está al menos la mitad del futuro de una comarca en la que, no nos confundamos, todo el mundo, repito, todo el mundo, incluidos el carnicero, el cartero, el constructor, el banquero o el maestro, vive directa o indirectamente del turismo y sus variedades, que es como decir de la belleza. Ya que si se careciera de ella, tan frágil, no tendríamos un problema de despoblación, como a menudo se denuncia y nos quejamos: seríamos directamente un desierto. Vivimos todos de esa mena en gran parte inexplotada, apenas siquiera prospectada más allá de los sillares catedralicios, que es la rareza de la autenticidad. Esa que sólo se pierde una vez. Que tampoco hay que ser muy peligarza, como diría una gaznápira de Monchel, para darse cuenta de ello.

 

Un maridaje de ilusión y esfuerzo

Son dos historias de superación, dos historias paralelas, labradas con la ilusión de hacer realidad sus propios sueños. Ni la estrella Michelin del restaurante “El Doncel” les ha caído a Enrique y Eduardo Pérez del cielo, ni los premios recibidos por los vinos “Río Negro” les han tocado en la lotería a los hermanos Fernando y Víctor Fuentes. Sin embargo, en la trayectoria de estos emprendedores hay muchas cosas en común que conviene subrayar, aunque sólo sea para crear afición en otros emprendedores. Y, también, para dejar constancia de una cosa: detrás de las estrellas y de las medallas no hay un golpe de suerte, sino muchas horas de trabajo bien hecho.

Los hermanos Pérez, como los hermanos Fuentes, ponen en valor algunas de las cualidades que conducen al éxito. En una ciudad con mucha historia y escasa tradición emprendedora, aparentemente adormecida entre recuerdos del pasado, Enrique y Eduardo afrontaron el riesgo de innovar sobre los cimientos que habían heredado de sus progenitores. No era fácil la tarea. Tras la muerte del padre, había que decidir entre dos opciones: vender el negocio o tomar el testigo con nuevas ideas y con una buena formación profesional, que ya hubieran querido para sí sus antecesores.

Lo contaba muy bien hace unos días, en una mesa redonda organizada en Guadalajara por la Fundación Siglo Futuro, Enrique Pérez, que tuve el honor de moderar. Su madre, Elo, no acababa de entender la apuesta por una nueva cocina, por mucho que le insistiera Enrique en la idea de no desprenderse de algunas de las recetas y sabores tradicionales de la casa. Miedo a lo desconocido e incertidumbre: una ciudad como Sigüenza, tan poco permeable al cambio, no parecía el mejor escenario para el nuevo modelo de negocio.

Diecisiete años después, los inspectores de la Guía Michelin han otorgado al restaurante de los hermanos Pérez una de sus cotizadas estrellas “por brindar, desde la honestidad y la delicadeza, una cocina de intensísimo sabor”. La cuarta generación de esta familia, proveniente de Arcos de Jalón, culmina una trayectoria iniciada en condiciones mucho más precarias que las actuales; en una España donde la gastronomía era casi sinónimo de supervivencia.

Los olores y sabores de esa cocina han saltado de una generación a otra, sin que exista una ruptura con ese pasado que todavía recuerdo representado en los mejillones en salsa que salían humeantes en cuencos de barro de la cocina de “El Motor”. Me imagino la cara de asombro que pondrían ahora los abuelos de

Enrique y Eduardo delante de unos “torreznos crujientes por los cuatro costados”, también denominados “4x4”, o intentando comprender los ingredientes y artilugios empleados en la elaboración de algunos de los cócteles del nieto pequeño.

El reconocimiento a esa cocina creativa, moderna y con personalidad propia incluye otro premio añadido: poner a Sigüenza en el escaparate de la alta cocina y aportar un nuevo valor gastronómico a la oferta turística de  la ciudad. Enrique y Eduardo tienen el mérito de ser los primeros en conseguir una estrella Michelin en la provincia de Guadalajara y eso puede ser un aliciente para otros restauradores.

Víctor Fuentes en una cata en su bodega de Cogolludo.

La otra historia de superación la interpretan los hermanos Fernando y Víctor Fuentes, que llegaron a la Finca Río Negro, junto a Cogolludo, a finales de los años noventa. Su padre había visto en las 600 hectáreas de terreno, parte cultivable y otra de monte bajo, una reproducción a pequeña escala de los escenarios de su infancia y juventud en Cisneros (Palencia). En este nuevo territorio, aparentemente hostil, donde se habían cultivado viñedos hasta los años sesenta y se hacían caldos muy apreciados por la Corte, han conseguido con tesón y empeño elaborar uno de los mejores vinos de toda Castilla-La Mancha.

Los dos hermanos han estudiado Administración y Dirección de Empresa y los dos han arrimado el hombro desde el primer día para hacer realidad el sueño del padre: lograr “un vino de altura” a los pies de la Sierra Norte, en una altitud de 992 metros. Lo que se inició como un reto difícil, se ha convertido en un negocio familiar consolidado y en un compromiso con la calidad que empieza a dar sus frutos.

Para empezar, encargaron análisis científicos de la composición del terreno cultivable y contrataron a un cualificado enólogo, Mariano Cabello, que ha sabido sacar el máximo rendimiento a un suelo pedregoso y sometido a una climatología desfavorable.

Como nos explicaba hace unas semanas Fernando Fuentes, esta maduración pausada que determinan las bajas temperaturas incide negativamente en la producción de uva por hectárea —5.000 kilos en Río Negro, frente a los 7.000 de La Rioja— y requiere, además de paciencia, una gran dedicación y “gusto por el trabajo bien hecho”.

Las excelentes puntuaciones que vienen obteniendo los vinos “Rio Negro” en la prestigiosa  Guía Peñín tampoco son un regalo del cielo. Desde que comenzaron los primeros trabajos con las viñas —en 1998— tuvieron que pasar casi diez años para sacar la primera añada de tinto “Río Negro”. Las nuevas barricas comienzan a llenarse en el otoño de 2007 y la comercialización no se inicia hasta el año 2010. Todo con mucho esfuerzo.

El maridaje de la alta cocina de “El Doncel” con los vinos de altura “Río Negro” no es una casualidad. Han seguido caminos paralelos, basados en la tenacidad y en la búsqueda de la excelencia.

Enrique, Eduardo, Fernando y Víctor son todo un ejemplo.

Demasiado ruido y pocas nueces

Hace unas semanas cayó en mis manos un libro de viajes de Julio Llamazares, “El río del olvido”, que en su momento —principios de los noventa— debí dejar aparcado para mejor ocasión. En esta obra el escritor recorre el territorio y los paisajes de los veranos de su infancia, siguiendo el curso del río Curueño —“el solitario y verde río que atraviesa en vertical el corazón de la montaña leonesa”— con incursiones a los pueblos casi deshabitados que encuentra en sus inmediaciones. El silencio y la soledad se le aparecen en buena parte de su recorrido.

Aunque el reencuentro con este interesante relato viajero de Llamazares no fuera premeditado, llegó en el momento más oportuno. Cuando cualquier distracción es buena para contrarrestar el hastío que produce la actualidad política y el ruido que provocan las declaraciones de unos y de otros en las redes sociales. Especialmente, las idas y venidas del prófugo Puigdemont y los consiguientes debates que genera el problema catalán. Da mucha pereza tener que aguantar las últimas ocurrencias y estrategias del independentismo, mientras millones de ciudadanos siguen sin saber que va a pasar con lo suyo: cuándo se van a ocupar de los problemas y hasta cuándo durara este sinsentido.

“El río del olvido” de Julio Llamazares, como la última novela de Javier Marías, “Berta Isla” que estoy leyendo en estos momentos, no hacen ruido y puede que incluso tengan efectos terapéuticos para quienes vivimos pendientes de la actualidad. No es fácil desconectar, pero por intentarlo que no quede. Y  tampoco es incompatible la lectura sosegada y el silencio con el ruido y el enfrentamiento dialéctico.

Alguna vez me he preguntado, como se preguntaba el escritor y periodista de Palafrugell (Girona), Josep Pla, al verse sorprendido por la grandiosidad y la iluminación de la ciudad de Nueva York, lo siguiente: “¿Y quién paga todo esto?”. ¿Quién paga los gastos de esta endemoniada fiesta secesionista y los destrozos ocasionados durante la misma? ¿Y quién paga a los ciudadanos catalanes, víctimas colaterales que asisten a la fuga de empresas, al incremento del paro o a la crisis del turismo? O, si lo prefieren, ¿por qué la incertidumbre generada por el proceso independentista tenemos que sufrirla también el resto de los españoles en forma de un menor crecimiento económico? Son interrogantes que podrían extenderse a otras cuestiones políticas y sociales que están en la mente de todos.

No, no es fácil salir corriendo o mirar para otro lado. En cuanto bajas la guardia, ya estás de nuevo atrapado en este bucle que no parece tener fin. Por mucho que te quieras aislar, por mucho que intentes desconectar, apagando la radio o cambiando de canal, al menor descuido, te toparás con el “procés” y sus circunstancias.

Siempre habrá una emisora, una tele o un periódico —en papel o en versión online— que te recordará, como en el cuento de Augusto Monterroso, la misma pesadilla: “cuando despertó, el dinosaurio seguía allí”. Este es el problema. Que el conflicto no acaba, que han vuelto a colocar de nuevo las fichas en la casilla de salida y que la partida va para largo. Inasequibles al desaliento, los independentistas han conseguido con un esfuerzo digno de mejor causa deteriorar la imagen de España en el exterior. Han infringido un daño irreparable a nuestras instituciones democráticas, que tendremos que pagar todos los ciudadanos de este país, con una hipoteca incluida que se verán obligados a amortizar nuestros hijos. Un futuro nada halagüeño para las nuevas generaciones.
Otro de mis autores favoritos, Antonio Muñoz Molina, apuntaba recientemente,en un artículo publicado en “El País” otro de los males que aquejan a nuestra convivencia en democracia: el peligro que acarrean las declaraciones improvisadas, las incontinencias verbales, las reacciones inmediatas en redes sociales y la clamorosa falta de argumentos y debates sosegados en los que se intente recuperar el sentido común y se priorice el interés general sobre los intereses partidistas y electorales.

Mientras Julio Llamazares recuperaba la memoria de su infancia a orillas del Río Curueño, los que nos despertamos al mundo junto al Río Salado y pasamos después nuestra adolescencia y parte de la juventud a orillas del Río Henares, pensamos que ya va siendo hora de poner fin a esta espiral del “y tú más”. España no se merece este ruido, casi siempre innecesario, de nuestros dirigentes. En medio de las refriegas, y antes de que sea tarde, alguien tendrá que reflexionar y recapacitar. Si no queremos perder los logros conseguidos en cuarenta años de democracia, alguien tendrá que poner fin al espectáculo que estamos dando; alguien deberá reparar en la necesidad de recuperar la cordura para sacar esto adelante. Y dejar de echar la culpa al adversario…

Muchos lo agradeceríamos, hasta por adelantado. Aunque solo sea para poder disfrutar con un poco más de calma de las cosas pequeñas. Para disfrutar también en silencio de esos paisajes que permanecen en la memoria; de ese  silencio apenas alterado por el rumor de los ríosde nuestra infancia.

Como me ha hecho recordar recientemente la lectura de “El río del olvido”, de Julio Llamazares.

Los recreos de mi instituo

Nacho y yo no sabíammos muy bien de qué escribir este mes, pero al final decidimos cambiar un poco el hilo que llevábamos. Hoy vamos a mostrar un poquito de lo que vemos nosotros dos en los recreos del IES Martín Vázquez de Arce, donde vamos a estudiar y donde muchos estudiantes pasan una gran parte de su vida como adolescentes, convirtiendo un centro de estudios en un centro social bastante importante.

Hasta hace poco, no nos habíamos parado a pensar en las personas que nos rodean allí. Es cierto que tenemos amigos y amigas, compañeras y compañeros, pero aquellas personas que nos cruzamos siempre, que conocemos de vista pero nunca entablamos conversación, no sabemos realmente nada de ellas.

Por eso, hemos pensado que, más fácil que conocer a todas las personas de forma individual, lo mejor sería analizar los grupos sociales que se han formado en el instituto durante los recreos, teniendo en cuenta las actividades que se desarrollen en ellos, las personas que lo integran, las relaciones entre los grupos, etc.

Primero veremos los grupos donde se practican deportes, pero pasaremos también por los grupos de amistad y hasta por los grupos de la biblioteca.

Intentaremos hacerlo lo más completo posible. A lo mejor os podéis hacer una idea de cómo se vive el instituto en estos tiempos modernos (probablemente las cosas tampoco hayan cambiado tanto).

Si entráramos al instituto justo a la mitad del recreo veríamos, además de las personas que están en la puerta (estudiantes de bachillerato y profesores), diferenciaríamos dos grupos bastante claros, los grupos del ping pong. Originalmente, solo había una mesa disponible, pero el número de personas que querían jugar aumentó, dando lugar a alguna que otra discusión. En vez de quitar la mesa, se instaló otra nueva. Así, resultaron dos grupos de juego y se terminaron las discusiones. En la primera mesa se encuentran principalmente chicos de 1º y 2º de la ESO, mientras que en la otra se encuentran grupos de 3º para arriba. Se nota una clara falta de chicas.

También existe otro grupo bastante diferenciable, que usa la mitad de la cancha de baloncesto, donde juegan a algún que otro juego de fútbol. Suele estar formado también por chicos de los cursos bajos. En la canasta juegan grupos que varían casi siempre. De todas las edades, tanto chicos como chicas, juegan al baloncesto de forma esporádica.

Siguiendo por los lugares orientados al deporte, pasamos al gimnasio, donde hay un poco de todo, aunque vemos que los chicos más mayores suelen habituar esa zona en especial. No suelo pasar mucho tiempo allí, la verdad. No puedo hablar demasiado de lo que ocurre dentro.

Como último lugar de deportes, tenemos las pistas de fútbol posteriores al gimnasio. También suele variar, pues el día que fuimos a observar, estaba casi vacío. De todas formas, la gente suele jugar partidos de fútbol, hacer grupos sentados en el césped o hablar al final, pegados a la valla. De todas formas, estos grupos varían cuando hay torneos deportivos.

Del mismo modo, encontramos otros espacios en el instituto como la Biblioteca, donde se forman grupos de estudio solo en época de exámenes, aunque siempre suele haber algún grupito casi permanente, son los que pasan los recreos allí. Como es de esperar, se agrupan por cursos, pero se comparte el espacio con chicos y chicas de todas las edades.

De estos espacios de deportes pasamos a otros muy distintos: los pasillos. En los pasillos del edificio principal podemos encontrar variados grupos de amigos y amigas, más o menos de forma similar a los bancos del exterior. En el pasillo de la cafetería encontramos un cúmulo importante de personas. El futbolín atrae principalmente a los chicos, pero alrededor vemos otros grupos que se dedican a hablar y pasar el rato. Además, un poco más metido en el edificio, se encuentra el grupo que yo suelo frecuentar y que, cuando alguien lo ve desde fuera, lo primero en que se fija es en el ukelele naranja chillón que toco mientras algunas chicas cantan (un ukelele, para quien no lo sepa, es un instrumento de cuerda pulsada parecido a la guitarra, pero más pequeño y de solo cuatro cuerdas). A decir verdad, a mí me conocen como “El del ukelele”, algo que me ha resultado siempre muy gracioso.

Bueno, más allá de esta vista por encima, queremos recalcar algunas cosillas.

Hemos notado que hay quien usa el móvil a escondidas, pero esto se puede ver desde dos puntos de vista distintos. Por un lado, están quienes usan el móvil para aislarse casi completamente de los demás y convertir lo que habría sido un momento agradable de socialización en una experiencia muy solitaria y triste, provocada por esa adicción a las nuevas tecnologías. Pero por otra parte, hay personas que usan sus móviles como herramientas para socializar de forma más completa en el instituto. Por ejemplo, cuando alguien dice “¡Oye, escucha esta nueva canción!” está aprovechando el momento del recreo para mostrar algo que solo podría enseñarle si le envía un mensaje desde su casa. Teniendo en cuenta que una gran parte de los estudiantes somos de fuera de Sigüenza, los recreos son los únicos momentos que podemos ver a nuestros amigos. Además, el IES es donde los jóvenes socializamos día a día, por eso consideramos que deberíamos aprender a vivir al igual que haríamos fuera, cuando nos hagamos mayores y tengamos que vivir de forma independiente en la sociedad, donde los móviles tendrán un lugar importante. Aunque ahora se está intentando ignorar su existencia para que no causen problemas, en vez de enfrentarnos a ellos.

Otra cosa que queremos aclarar es que no suele haber personas excluidas que no estén nunca en ningún grupo, pero sí que nos preocupa que hay personas no hispanohablantes que sí que notarán esta discriminación, mejor definida como “vacío”. Queremos reflejar la idea de que el hecho de que una persona forme parte de uno de estos grupos, no conlleva siempre su adecuada integración. Esto puede generar un sentimiento de soledad incluso estando rodeados de gente.

Sobre el tema de la limpieza de las instalaciones, pensamos que existe un sobreesfuerzo del personal. Esto se debe al poco cuidado de las mismas. Cada vez que doy un paso, me sorprende de forma extraordinaria el poco respeto que los y las estudiantes tienen por el mantenimiento del instituto. Pero por otro lado, considero la solución que se aportó desde el centro muy poco resolutiva. Para evitar ensuciar los pasillos y las aulas, se ha prohibido comer y beber en el pabellón de aulas. Sin embargo, también han quitado las papeleras de los pasillos. Creo que es un poco paradójico que la solución al problema de la basura sea retirar todas las papeleras.

Esto más que una crítica es una vista general de nuestra vida en los recreos. Esto puede servir para poder hacernos una idea de lo que vivimos los jóvenes diariamente y de lo que podríamos mejorar. Hacemos un llamamiento a estudiantes y profesores para intentar mejorar nuestra convivencia en cualquiera de estos aspectos y cambiar la educación hacia mejor.

Nacho Caballero Albacete
y Javier Rodrigo López

Una manita, que no es poco, y a por el 2018

Está claro que cada año tiene 365 días, salvo que sea bisiesto, pero convendrán conmigo en que hay años que se hacen más largos que otros, por mucho que tengan los mismos días. También los hay que llegan torcidos y no se enderezan en los doce meses restantes. Y el año que acaba de terminar —quizás por la matraca independentista o por contemplar el panorama político con un escepticismo e incredulidad desusada— pertenece al segundo grupo. Han pasado muchas cosas en España y en el mundo, todo está cambiando muy deprisa —para lo bueno y para lo malo— y nos asomamos al futuro sin tener una percepción clara de la transformación social que están generando las nuevas tecnologías.

En el 2017 se ha puesto de manifiesto que el terrorismo ya no actúa de forma selectiva y también hemos podido comprobar la fragilidad del sistema democrático y la vulnerabilidad de algunas de las estructuras que hasta hace algunos años nos parecían sólidas y resistentes a cualquier eventualidad. Prácticamente inamovibles. Ya no vale aquello que tantas veces escuchábamos en boca de nuestros progenitores y que venía a decir lo siguiente: “estas cosas siempre han sido así y lo serán toda la vida”.

Nunca hubieran imaginado que aquella leyenda del señor de las 365 narices que supuestamente se paseaba por el pueblo el día 31 de diciembre de cada año, pero al que nunca conseguimos localizar en nuestra más tierna infancia, perdería la credibilidad y el encanto por culpa de una nueva cultura dependiente de los móviles, las redes sociales, la inteligencia artificial olos algoritmos. Y que los Reyes Magos dejarían de tener como principal referencia y punto de encuentro la tienda de ultramarinos o el puesto de chucherías de la esquina. Hoy su atención se concentra en las tiendas de electrónica o en los servicios a domicilio de alguna distribuidora de videojuegos y artículos de alta tecnología.

Hay algunas cosas que permanecen, pero otras muchas han pasado a mejor vida y probablemente el uso que tenían ya nunca volverá a ser el mismo. Entre las cosas que permanecen, está la necesidad de contar historias y la demanda de información de los ciudadanos. Lo de menos es que ese derecho a estar informado se establezca a través de la prensa escrita, la radio, la televisión o Internet.

Hace ahora cinco años, concretamente en el número cero de “La Plazuela”, recordaba la importancia de contar con medios de comunicación que informen con rigor y honestidad de lo que está pasando. De medios dispuestos a confrontar distintos puntos de vista y a recoger en sus páginas las diferentes opiniones y sensibilidades de los ciudadanos. Pero también advertía —sin que tenga que cambiar ahora ni una coma— de la difícil situación que atraviesa la prensa escrita. “Cada día se cierran puertas y ventanas a la libertad de expresión y al derecho de los ciudadanos a estar informados. Son ya muy numerosos los amigos y compañeros que no pueden asomarse cada día a las páginas de importantes periódicos nacionales para explicar algunas de las cosas que están pasando. Y del panorama de la prensa nacional y provincial ni hablamos”.

La situación apenas ha mejorado. La recuperación económica es evidente, pero el daño es en muchos casos irreversible. Desde 2007 hasta hoy, se han quedado sin trabajo gran cantidad de profesionales excelentes y han dejado de visitar los kioscos de prensa millones de lectores. Aunque la influencia de los periódicos está por encima de la competencia “online”, ese valor añadido no ha impedido la caída continuada de las ventas durante la crisis de estos últimos años ni en los inicios de la recuperación económica.

Sin embargo, tampoco deberíamos enterrar el papel antes de tiempo. Los periódicos, por lo menos en mi caso, son aquellos que huelen a tinta, los que te manchan los dedos, los que te permiten releer o detenerte en el artículo que ha escrito uno de tus columnistas de referencia, aunque a veces te parezca pedante y rebuscado.

Recordando aquel primer artículo de bienvenida en “La Plazuela”, me parece obligado insistir en que sin medios de comunicación no hay democracia. O, si lo prefieren de otra manera, que sin una prensa libre los abusos quedan muchas veces impunes y no se dan las condiciones necesarias para el buen funcionamiento de una auténtica democracia. Por esta razón es tan importante la solvencia y la responsabilidad en el ejercicio del periodismo. Todos deberíamos de tomar nota y asumir la correspondiente dosis de autocrítica que a cada uno le corresponda.

Es verdad que la falta de profesionalidad de algunos y el sectarismo de otros han propiciado cierta desafección y descrédito en la opinión pública; pero no olvidemos tampoco que uno de los recursos más habituales de los poderes públicos y de sus representantes frente a las críticas es intentar matar al mensajero. O, como ya viene siendo habitual, utilizar las redes sociales para machacar al adversario. No voy a poner ejemplos, pero seguro que a todos nos vienen algunos nombres a la cabeza.

La transparencia que tanto pregonan algunos, y que rara vez ponen en práctica, tiene que dejar de ser la asignatura pendiente de nuestra democracia. La regeneración democrática —otra materia que sigue en suspenso desde hace algunos años— no se entendería sin unos medios de comunicación solventes y dispuestos a  explicar y a contar sin cortapisas a los ciudadanos la gestión que están llevando a cabo ministros, diputados, alcaldes y concejales.
De ahí la necesidad de que periódicos como “La Plazuela” sigan cumpliendo años.