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Patrimonio y humanidad

Que los señores y señoras del jurado de la UNESCO pasen y vean las razones que justifican la candidatura de Sigüenza para ser reconocida Ciudad Patrimonio de la Humanidad. Que crucen el patio de la catedral, visiten en su interior la capilla de El Doncel y reparen un instante en el altar de Santa Librada. Que pasen luego por la Sacristía de las Cabezas y por los claustros.

Que se den una vuelta después por la plaza Mayor, suban a las Travesañas, vean las portadas románicas de las iglesias de Santiago y San Vicente y se tomen un fino seguntino en alguno de los salones del castillo-parador de Turismo, para bajar después a la Alameda por el arco del Portal Mayor, la Fuente de los Cuatro Caños, dejando a un lado el Palacio Episcopal. Aconsejable seguir por la calle del Seminario, abocando a la calle San Roque, haciendo una parada frente al callejón de los Infantes y otras dos – obligatorias - en los jardines del Convento de las Madres Ursulinas o en el patio de las Clarisas, que sirve de acceso a la iglesia de Nuestra Señora de los Huertos.

Y, si es necesario y les queda tiempo a los miembros de la comitiva, también sería muy recomendable que repararan en la conservación de nuestro patrimonio arquitectónico y lo compararan con el de algunas de las otras quince ciudades españolas que ya han sido reconocidas como ciudades Patrimonio de la Humanidad. No seré yo quien cuestione los méritos, que los tienen, de ciudades como Ávila, Santiago de Compostela, Toledo, Segovia, Cáceres, Córdoba, Mérida, Cuenca, Tarragona o Salamanca, por citar solo algunas de ellas, pero tampoco creo que tengamos nada que envidiar a otras, como Ibiza, Baeza, Úbeda o San Cristóbal de la Laguna, en Tenerife. Incluso a la cervantina Alcalá de Henares.
Sigüenza, al igual que otras ciudades españolas, tiene méritos más que suficientes para engrosar la lista de los 1.121 lugares del mundo que ya ostentan esta distinción y para sumarse, por supuesto, a las 15 ciudades españolas que ya son Patrimonio de la Humanidad. Cierto que entre las elegidas se podría echar en falta a ciudades como Burgos o Sevilla, pero ese ya no es nuestro problema. Hay que barrer para casa.

Nosotros ahora, una vez que el gobierno regional ha anunciado desde el castillo-parador de Sigüenza el inicio de los trámites para formalizar una candidatura con vistas a hacer realidad este sueño, lo que tenemos que hacer es perseguirlo hasta el final. Trabajar unidos – cosa siempre harto difícil por estas tierras - para que la iniciativa siga adelante y presentar una candidatura sólida y bien argumentada que convenza a los miembros del comité de la UNESCO. Mostrarles, en definitiva, la riqueza patrimonial y la importancia de Sigüenza en distintas etapas de nuestra dilatada historia.

Una historia con letras mayúsculas, que arranca del asentamiento celtibérico instalado al otro lado del Río Henares, pasando por las colonizaciones romana y visigoda o la influencia posterior de la cultura árabe y judía, sin olvidar la Reconquista de la ciudad en el siglo XI – de ahí que ya se estén preparando los actos conmemorativos del IX Centenario que se celebrará en el 2024 – y subrayando también la importancia que tuvo en la Edad Media y en el Renacimiento.

Sería absurdo pasar por alto los desastres de la guerra civil o la decadencia provocada por la despoblación del medio rural y por la falta de alternativas para compensar la pérdida de plazas escolares en los años setenta. Sin embargo, de nada sirve ya lamentarse de posibles errores. Sigüenza necesita ahora mirar al futuro, por mucho que su economía siga dependiendo en buena medida de su floreciente pasado, a través del turismo. Es posible que tampoco la declaración de Ciudad Patrimonio de la Humanidad solucione la caída demográfica y el envejecimiento de la población, pero atraerá visitantes de otros países y nos dará una mayor proyección internacional.

Me parece que estamos ante una buena oportunidad para la promoción de nuestra ciudad y considero que todos los esfuerzos serán pocos para defender con argumentos esta propuesta, de la que ya se había hablado anteriormente, pero que seguía pendiente de concreción.

Sigüenza es una ciudad que ha sabido conservar el patrimonio legado por sus antepasados. La ciudad ha conseguido, con todas las dificultades del mundo, restaurar algunos de sus monumentos de referencia y salvar de las ruinas la Iglesia de Santiago o espacios y capillas que hoy son salas de exposiciones dentro de la catedral. El número de visitantes, gracias en parte a una mayor oferta cultural, sigue creciendo.

Si alguien me pregunta por los motivos que justifican que Sigüenza sea declarada Patrimonio de la Humanidad, la respuesta sería la siguiente: dispone de un conjunto histórico artístico y de un valor arquitectónico que merece la pena ser protegido – y conocido - por el mundo mundial. Otra razón no menos convincente es que cuenta con una de las diez catedrales más importantes de España y con una de las esculturas más bellas en su interior: la estatua de El Doncel.

Aunque sólo sea por estas dos razones, tenemos que intentarlo. En mi opinión, todos debemos arrimar el hombro y colaborar para que la candidatura pase la prueba y convenza a los expertos de la UNESCO. Y luego, si se logra el objetivo, todos podremos presumir con orgullo de que Sigüenza ha sido declarada por méritos propios Ciudad Patrimonio de la Humanidad.

¡Ojalá caiga esa breva! Sería el mejor broche de oro que podríamos ponerle a la celebración del IX Centenario de la Reconquista.

Javier del Castillo

Sigüenza, ciudad patrimonio de la humanidad, un sueño posible

Solo hace una semana que el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, en el marco de la presentación en el Parador seguntino de los eventos IX Centenario de la Reconquista de Sigüenza, anunció que la Junta apoyaba la candidatura de Sigüenza para obtener la dignidad de ciudad Patrimonio de la Humanidad. Dejando bien claro desde ese primero momento que era un proyecto a largo plazo que necesitaba el apoyo de todos.

En estos días hemos ido tomando conciencia de lo que significa este reto, que por muy difícil que pueda parecer no es imposible. Y muchos han empezado a creer que el pasado de su ciudad puede ser el impulso de su futuro. Siguiendo el lema del Año Europeo del Patrimonio, celebrado en 2018, “Nuestro patrimonio, donde el pasado se encuentra con el futuro”.

Y en esta Feria Internacional de Turismo del 2020, en este día de Guadalajara, quisiera enumerarles muy brevemente los motivos principales por los que Sigüenza puede aspirar a ser Patrimonio de la Humanidad.

En primer lugar, por su patrimonio histórico artístico. Recordemos que en 1965 Sigüenza fue declarada Conjunto Histórico Artístico, valorándose no solo sus más de dos mil años de existencia como ciudad, sino también las huellas que esos siglos de historia habían dejado en ella desde el punto de vista del patrimonio arquitectónico: una catedral, un castillo, dos templos románicos, más de una centena de casas medievales, varias casonas de interés y diversos edificios municipales. Y además, una decena de iglesias, ermitas y conventos renacentistas, barrocos y neoclásicos, varios hospitales, un hospicio y una universidad.

Una ciudad que es en sí misma y en sus edificios monumentales es un gran libro de arte, como evidencia, por ejemplo, la propia catedral, que acaba de celebrar los 850 años de su consagración con un año jubilar. En ella podemos estudiar todos los estilos artísticos desde el románico al neoclásico, y sobre todo admirar una joya, que por sí misma, podría ser el motivo por el que nuestra ciudad fuese declarada Patrimonio de la Humanidad, la escultura funeraria gótica de Martín Vázquez de Arce, El Doncel. No en vano los seguntinos de 1965 eligieron como nombre geoturístico de Sigüenza el de “Ciudad del Doncel”.

Pero no solo por esta obra excepcional podría Sigüenza ser Patrimonio de la Humanidad, sino también por ser un libro abierto de urbanismo. Recordemos que conserva gran parte de sus dos murallas medievales y de su recinto renacentista, y que en los pocos metros que distan entre su Alameda y su castillo se puedenestudiar las características del urbanismo medieval en sus Travesañas, del renacentista en la Plaza mayor, del barroco en la calle monumental donde se alzó su universidad, del ilustrado en el barrio de San Roque, del neoclásico en la citada Alameda y del contemporáneo en las nuevas urbanizaciones y barrios de chalet.

En segundo lugar, por su patrimonio inmaterial.

Sigüenza es una ciudad que celebra sus fiestas como las celebraban sus mayores, que logra en ellas una simbiosis perfecta entre lo popular y lo religioso, entre lo gastronómico y lo musical. Música, gastronomía, rituales, todos son ejemplos de patrimonio inmaterial y en nuestra ciudad están presentes a lo largo del año. Gastronómicamente hablando, quiero recordar a nuestras dos estrellas Michelin y a todos los restauradores que tienen a gala seguir las recetas de sus abuelas, de las guisanderas que les enseñaron a utilizar los productos de la Tierra. Y musicalmente hablando, Sigüenza es la ciudad de las mil músicas. Una ciudad que en las últimas décadas no solo ha recuperado la dulzaina y sus bandas municipal y cofrade, sino que a lo largo del año ofrece festivales musicales de todo tipo.También, desde el punto de vista inmaterial, destacamos rituales como el Descendimiento de la Cruz en Viernes Santo, o el paso de “armaos”. Sin olvidarnos del trabajo de artesanos y artistas y de todos los que con su participación contribuyen a que las fiestas seguntinas sean inolvidables, tanto las Jornadas Medievales, como las procesiones de Semana Santa; los Arcos de san Juan o los toros por San Roque.

Y en tercer lugar, por su patrimonio natural. Una de las fortalezas de nuestra candidatura. Íntimamente unido al patrimonio cultural. No olvidemos que con la sal de Imón se financió la construcción de nuestra catedral. Un patrimonio natural en el que se combina la naturaleza diseñada por el hombre, como ocurre en su Alameda, con la que nos ha regalado la geología, en el Barranco del Dulce.

Sigüenza sí, tiene por delante un larguísimo camino para lograr su sueño, pero cientos de razones para conseguirlo. Mientras llegamos a la meta os invitamos a volver a nuestra ciudad y a disfrutar intensamente de todo su patrimonio.
Muchas gracias.

Pilar Martínez Taboada.
Cronista Oficial de la ciudad
Texto leído el 25 de enero en Fitur

Leyendas negras, doradas y nubarrones en el horizonte

Hace unos meses, en junio pasado, se celebraron las jornadas “Españoles de ambos hemisferios. Leyenda Negra: olvidos, símbolos e imagen”. Y creo que fue una gran idea. Aunque esa buena idea no debería quedarse ahí. Debería crecer y mutar. ¿Cómo?, ante todo con cuidado. Me explico: dos riesgos muy grandes que tiene la continuación son, por una parte, caer (seguir en algunos casos) en un pozo de pesimismo. Por otro, construir un relato, igual de grande y fantasioso, pero en sentido contrario: una leyenda rosa, dorada o del color que se quiera. Propaganda contra propaganda, falsedad frente a falsedad.

El hecho de que el tema esté tan vivo ha supuesto una sorpresa para muchas personas (historiadores en su mayoría) que daban por liquidado el caso en documentos de diferente tipo. Lo cual nos hace reflexionar, una vez más, sobre el conocimiento que la sociedad en general tiene sobre el trabajo de los académicos, de los estudiosos en general. La constatación, una vez más, de que vivimos en compartimentos estancos y que el trabajo de muchos, pagado a menudo con dinero de todos, no es conocido y usado, aprovechado, por la sociedad, no consuela por mucho que sea lo más habitual. Y este es un comportamiento extendido, con matices locales, a lo largo y a lo ancho del planeta. Diseminar, divulgar, el conocimiento es una tarea que, cada vez más importante, no debería tener medida. Es cierto que la fuente de conocimientos es más caudalosa y accesible que nunca antes en la historia. Pero sigue habiendo zonas oscuras que, como en este caso, tocan resquemores muy hondos que salen a la superficie rascando muy poco.

Como decía, entre historiadores (de diferentes orígenes) desde hace décadas se ha, podríamos decir, cartografiado el origen y desarrollo de las diferentes acciones de lo que, en conjunto, se bautizó como Leyenda Negra. El problema principal es que ese conocimiento no ha empapado a las personas corrientes que es tanto como decir las sociedades. En ese ámbito, digamos de “andar por casa”, las explicaciones eruditas no se conocen y los estereotipos (heredados durante generaciones) mandan.

Nos encontramos en un momento en el que la difusión de mensajes de todo tipo es abrumadora por la cantidad y continua por la cadencia. Nadie debería sorprenderse de que esa muralla de palabras no sea un ejemplo ni de sensatez ni de conocimiento contrastado. Ante cualquier asunto la mayor parte de las respuestas serán improvisadas, sentimentales, estereotipadas y, por todo lo anterior, huecas. Y si se puede poner un dibujito, mejor.

Caricatura del año 1874 (De La Gráfica Política del 98)

¿Por qué, entonces, es importante hablar ahora, con conocimiento, de la Leyenda Negra? Porque, mucho tiempo después de su creación, vivió una resurrección que es la que, con vueltas y revueltas, ha llegado a manifestarse en nuestros días. En el siglo XIX se crean en Europa los que conocemos todavía como Estados Nación. En algunos casos son continuación de viejos reinos (y pudieron seguir siendo gobernados por casas reales que ya estaban allí), en otros fueron sustituidos o creados por la unión de territorios. En todos los casos se produjo un proceso de creación (normalmente se presenta como un descubrimiento de las raíces ocultas) de un imaginario colectivo que diera sentido, sustrato ideológico, cultural y sentimental al artefacto político creado. Ese es el origen de los mitos fundacionales de los Estados Nación que conocemos. Y de las denominadas Naciones sin Estado, que en Europa siguen apareciendo. Revisar las obras de los apóstoles de todas esas entidades, tengan representación en la ONU o aspiren a tenerla, es una tarea interesante. Muchísimo más increíble que la colección completa de la editorial Marvel y, por supuesto, más aburrida. Es verdad que, en el caso de Marvel, tratamos con profesionales y en el otro, por lo general aunque no siempre, no.

Esa construcción de los pasados legendarios en España coincide con un siglo devastador en lo político y social. Una de las consecuencias, por razones que no caben aquí pero que sería interesante revisar, es la asunción general de que la imagen de España que los demás proyectan, mientras crean su pasado idílico, es cierta. Décadas de inestabilidad y desastres no hacen más que reforzar el estereotipo. Hasta la entrada en la Unión Europea que, parecía, iba a normalizar la situación. Pero llegó la crisis, algunos intereses crearon el grupo de estados miembro de la Unión bautizados como PIGS, y empezaron a chorrear los estereotipos y prejuicios. Si a eso se une la ola de racismo pueblerino que aparece por todos los rincones de Europa, comunitaria y de fuera, la ciénaga de orgullosa ignorancia sólo puede crecer. Nunca es esa una buena noticia, pero en estos tiempos lo que está en juego es la supervivencia de Europa frente a gigantes que pueden hacer que desaparezca de un papirotazo. En términos, deseo, figurados porque siempre les vendrá bien a los USA, Rusia y China tener un Parque Temático Cultural auténtico, sin tener que construirlo otra vez, con lo que costó después de la II Guerra Mundial. Desde luego Europa ya representa bastante menos de lo que, una vez más, la creencia popular da por supuesto.

En este ambiente, a mediados del mes de noviembre de 2019, los resultados de las elecciones generales en España ofrecen un panorama que reconocería un político de mediados del siglo XIX. Sólo falta el Cantón de Cartagena. Pero sólo hay que esperar un rato para que aparezca. Aún así, es conveniente recordar que, a diferencia de lo que se llevaba entonces, ahora la Historia es más una interpretación del devenir humano, para aprender de ello, no nos olvidemos, y menos una lista de efemérides. Por lo menos podemos intentar explicarnos cómo hemos llegado hasta aquí.

Artículo del suplemento de otoño de Sigüenza Universitaria en La Plazuela

Entre el desarraigo y la exclusión

La madre señalaba en el mapa la provincia de Gerona —entonces todavía se escribía con la “e” de España—, delante de sus hijos, y les decía: ahí está papá. En ese “ahí” que señalaba la buena mujer con su dedo índice se concentraron las miradas, mientras uno de los pequeños decía: “pues está en la otra punta del mapa”. Era un 28 de diciembre del año 1966 y no se trataba de ninguna inocentada. Ni mucho menos.

La madre y los cinco hijos habían decidido abandonar aquel pueblo extremeño para reunirse antes de acabar el año con el padre de familia. Con el hombre que unos años antes había hecho la maleta para emigrar a Cataluña en busca de una vida mejor. Para él y para su familia.  
Javier tenía entonces cuatro años. Intenta recordar ahora, 53 años después, aquel viaje a la otra punta de España. Busca entre los recuerdos algunas explicaciones y termina quedándose con la emoción y la odisea del viaje a Cataluña. Le encantó, a pesar de que el día era lluvioso y las nieblas apenas dejaban ver el paisaje.

“Cuando te vas —comenta ahora, desde la experiencia de haber vivido durante más de medio siglo lejos de su Extremadura natal—, ya no vuelves. Te quedas a medio camino. Con el paso del tiempo, te consideras de ese nuevo lugar, pero ahora te dicen que no, que tú no eres de los suyos… Entonces, soy un desarraigado. Pero mejor vamos a dejarlo”.

Aquel niño de Ibahernando (Cáceres) volvía cada verano al pueblo, y lo sigue haciendo. Le queda de pie la casa de sus padres. Estudió en Barcelona Filología Hispana, fue profesor de Literatura en la Universidad de Girona —ahora, ya con la “i”, en lugar de la “e”— y comenzó a escribir libros. Nadie le hizo mucho caso, hasta que escribió “Soldados de Salamina”. Desde entonces, dejó de impartir clases de Literatura y se dedicó exclusivamente a la escritura.

Ese niño, como ya se habrán dado cuenta, no es otro que Javier Cercas, escritor y Premio Planeta 2019, por la novela “Terra Alta”. A través de sus gafas de miope, parece contemplar una realidad que cada día le gusta menos. Pero reconoce que Cataluña le ha dado mucho, que es también su tierra de acogida y de adopción, en la que conoció a su mujer y en la que ha crecido su único hijo, Raúl. También es el lugar donde vive buena parte de su familia desde los años sesenta, y la residencia de su madre, que de vez en cuando le dice: “¡menuda inocentada nos gastaron aquel día!”.

He traído a colación esta historia del escritor Javier Cercas, porque a través de ella se puede contemplar con mejor perspectiva la frustración actual de quienes un día abandonaron su lugar de nacimiento y se instalaron en ciudades y pueblos de Cataluña con el único deseo de trabajar, sacar adelante a su familia y mejorar las condiciones de vida, dentro de lo posible. La sociedad catalana fue partícipe durante muchos años de esas inquietudes y compartía además la riqueza que proporciona, como dice un buen amigo, esa mezcla de ciudadanos. O, si lo prefieren, el intercambio de tradiciones y de culturas. En definitiva, de los diferentes modos de ver la vida.

Siempre he entendido la procedencia y el origen de las personas como algo meramente caprichoso y circunstancial. Si la madre de Javier Cercas se hubiera trasladado unos años antes a Girona, probablemente él sería originario de Cataluña y no de Ibahernando, aunque ello tampoco le impediría hoy ser señalado con una cruz por los independentistas más radicales, a los que la tolerancia y la convivencia les empieza a producir urticaria. Este país no sería hoy lo que es sin las aportaciones de otros pueblos y otras culturas, que nos dejaron un legado impagable. España sería mucho más pobre y mucho más inculta, sin lugar a duda.

Cuando alguien utiliza la expresión “los de aquí somos así o somos asá”, hay que ponerse en guardia. Pero, si además le añaden aquello de “nosotros somos diferentes a los demás”, se acabó lo que quedaba.

Hace no mucho tiempo, entrevistando a un conocido deportista vasco del que prefiero no dar su nombre, me decía que en el lugar más remoto del mundo podría reconocer a distancia si una persona era natural de Euskadi. Y lo trataba de explicar de una forma chusca, pero divertida: lo reconocería por sus andares, por su porte, por los gestos y por los rasgos de la cara.  ¡Imagínense que emoción no sentiría este hombre si se encontrara en el Machu Picchu a un individuo con la chapela calada en la cabeza!

También, hace ya algunos años, me encontré con una situación cuando menos curiosa. Creo que la he contado alguna vez, aunque no sé si en esta “plazuela”. Tenía que hacer unas gestiones burocráticas y la persona que estaba al otro lado de la mesa me preguntó el lugar de nacimiento. Le dije el nombre del pueblo y, tras esperar unos minutos, apartó la cabeza del ordenador y me dijo con la mayor naturalidad del mundo: ese pueblo no existe.

Vamos a ver, le comenté, ¿cómo no va a existir, si hace unos días estuve allí, al pie del castillo, recordando batallitas de mí infancia? Vuelva a mirarlo, por favor, le insistí. Y, efectivamente, no estaba. Menos mal que conseguí convencerle de que existir existía, aunque no figuraba en su listado, por haber sido administrativamente anexionado.

Como dice mi tocayo, Javier Cercas, algunos se empeñan en convertirnos a la fuerza en auténticos desarraigados.


Objetivo: Desbrozar la burocracia

 

Asistimos al segundo Congreso sobre Despoblación acogido y referenciado por Sigüenza. La puesta en escena es calcada a la del año pasado cuando se nos vendió la moto del manifiesto seguntino contra la despoblación y su famoso decálogo, que aún sigue dando la vuelta urbi et orbe hasta encontrar la adecuada órbita geoestacionaria que permita poner, de una vez por todas, manos a la obra en estos asuntos lejanos a palacio... Estamos, pues, en el Parador de Sigüenza, junto a otras quinientas personas más, en torno a un estrado elevado y ceñido por algunas filas de sillas reservadas a las “personalidades”; ¡todo un clásico!

El congreso sobre despoblación. Dibujo: Galia.

Hay caras nuevas, sin embargo, la mayor parte corresponden al equipo de ctxt (revista Contexto), un medio digital que se autodefine de izquierda, y que se ha encargado hogaño de la organización del evento en colaboración con Paradores y la Junta de Castilla-La Mancha; y otras ya conocidas, que no resultarán ser las más interesantes. Pero hay una novedad importante: ¡se va a permitir hablar al público! reparando así el error garrafal de la anterior edición, en la que los auténticos expertos, los experimentados actores y protagonistas de este vilipendiado mundo rural nos vimos ninguneados. El discurso plúmbeo y hueco de los burócratas se va a ver esta vez contrastado con el más cabal y lúcido de los que día a día convivimos, percibimos, trabajamos, sufrimos y también disfrutamos infinitamente estos incomprendidos y, en general, desconocidos territorios del rural.

Se inicia la función con los malabarismos de salón a cargo de las distintas “autoridades”. A destacar positivamente lo expresado por Jesús Casas, presidente de Tragsa. De acuerdo con sus palabras: “estamos al borde de la ruptura con la cultura rural debido al cúmulo de malas decisiones tomadas durante décadas en política territorial. Aglutinando gente en las ciudades estamos perdiendo identidad, diversidad”. De modo que “hay que cambiar el modelo territorial tras decidir qué queremos ser, que es una decisión política. Me da mucho miedo perder la imagen de mi país”, concluye.

Alguien nos habló de “capital natural”, y también nos dio mucho miedo, pues procedería más bien hablar de los bienes y valores que la naturaleza ofrece y que deberíamos usar armoniosa, sabia y mesuradamente a fin de mantener el equilibrio necesario para seguir vivos en el planeta. Los capitales siempre han tendido a esquilmarlo.

A través de la retahíla de intervenciones, entrevistas y mesas redondas quedaron patentes, una vez más, las carencias que han acarreado las malas políticas aplicadas al territorio, desequilibrándolo y destructurándolo hasta convertirlo en un lugar alejado, desangelado, oscurecido e inhóspito. ¡Hay que ver lo que hay que hacer en materia de servicios: transporte, telecomunicaciones, sanidad, escolaridad, centros educativos, cultura, patrimonio…! Pero también comienza a ponerse el acento en la imperiosa necesidad de revertir esa imagen, esa mirada pacata, despectiva y equivocada hacia lo rústico, lo propio del territorio que nos sustenta, y que en verdad es la “gallina de los huevos de oro” de una comunidad; se llame país, región, provincia o comarca. “Antes, salir del pueblo era lo bueno; hoy es todo lo contrario”, dice convencida Maria Jesus Merino, alcaldesa de Sigüenza. “No hay mejor calidad de vida que la que tienen los pueblos”, añade José Luis Vega, Presidente de la Diputación de Guadalajara . “Vivir en el campo es el mejor cortafuegos contra la idiotez”, afirma con rotundidad el cineasta Oliver Laxe...

Antonio Jiménez, miembro de la Fundación Santa María de Albarracín (Teruel) nos anima a restaurar y mantener el patrimonio cultural y arquitectónico como forma de dinamizar los pueblos y como base de una buena elección de vida. Su experiencia en Albarracín le ha llevado a constatar que “las instituciones no son tan importantes; que lo que hace falta son personas comprometidas. Cualquier modelo que se trate de imponer indiscriminadamente estará abocado al fracaso. Hay que contar con la gente que vive en el lugar y apostar por ella”. No podemos estar más de acuerdo. Y además, esto viene al pelo para volver a romper una lanza por los pobladores de Fraguas. Una sociedad no puede permitir que personas de bien que ponen su empeño, su determinación y su energía al servicio del bien común sean criminalizadas por hacerlo, amparándose para ello en unas leyes hechas a medida de unas ideas y de unos intereses que se han mostrado cuanto menos ineficaces; si no especulativos. Si las leyes paralizan, si abocan a injusticias de este tipo, no queda otra que cambiarlas.

Alguien del público se refirió al llamado Proyecto Mosáico (muy recomendable la lectura del artículo “Lúpulo, castañas, cabras, miel… el mosaico del que resurge Gata”, publicado el 4 de marzo de 2018 en El Periódico de Extremadura), una acción de amplio espectro social en la que un centenar y medio de iniciativas particulares y sociales se han unido para recuperar y potenciar cerca de 20.000 hectáreas afectadas por los incendios forestales de hace un par de años en las Hurdes y Sierra de Gata. Muchos proyectos tienen que ver con la cría y el pastoreo de cabras extremeñas, y se han organizado para desbrozar y limpiar con sus animales el monte, a modo de cortafuegos. Algunos están ya en marcha pero a otros les frenan determinadas normativas sanitarias o alimentarias que tratan por igual la actividad industrial y la artesanal, poniendo excesivas trabas o incluso impidiendo a los pequeños agricultores y ganaderos elaborar productos a pequeña escala que contribuyan a mantener y mejorar sus economías sanas e independientes. Si algo atasca o no funciona, señores burócratas, hay que cambiarlo y mejorarlo.

¡Que curioso!…, acabo de caer en la cuenta de que el incendio ocurrido en 2005 en las inmediaciones de La Riba de Saelices (Guadalajara) ha propiciado, a su vez, la recuperación de las salinas de Saelices de la Sal reactivando así una pequeña economía de tradición secular; algo similar a lo que está ocurriendo con la Sierra de Gata. Es decir, parece ser que haya de ocurrir una catástrofe para prestar atención a lo que tenemos alrededor; algo que habla claramente de la ineptitud de los políticos. ¡Ojalá no haya que esperar a que se incendien los montes para valorar, recuperar e invertir en lo que tenemos aquí a mano, como se hace en otras comunidades y países de nuestro entorno. Y me refiero concretamente a las Salinas de Imón y la Olmeda, declaradas bien de interés cultural, reconocidas y protegidas por la Red Natura 2000, suministradoras en su apogeo de la Casa Real. Ningún político local o autonómico tendrá credibilidad mientras no pelee hasta la extenuación por la puesta en activo de este patrimonio al que Sigüenza debe en buena medida su existencia y entidad desde la época romana, uno de los mayores y mejores ejemplos en Europa de arquitectura industrial de los siglos XVIII y XIX; que han sido y podrían seguir siendo un importante motor y referente socio-económico y cultural para la comarca de Sigüenza.

El presidente de Paradores, Oscar López, saca a colación el tema de la sostenibilidad. “Es más sostenible el campo”, asegura “pero ¡ojo!, que hay quien dice que es más sostenible tener a la gente concentrada en los bloques de las grandes ciudades”. No parece que éstas sean más sostenibles, ya que carecen de territorio, lo que las hace irremisiblemente dependientes del suministro exterior. Si la urbe se ha impuesto es porque allí es más fácil manejar a la gente.

Francisco Martínez Arroyo, consejero de Agricultura, Agua y Desarrollo Rural de la JCLM, puso el dedo en otra llaga, refiriéndose al mundo rural: “Donde no hay agricultura y ganadería hay problemas de población”. Este es, sin duda, el mayor agujero negro de la llamada España vaciada. Las políticas neoliberales, la industrialización del mundo agropecuario, la globalización de los mercados, la primacía de la cantidad sobre la calidad han hecho mella en las vidas y esperanzas de la gente, en su identidad y en su dignidad, empujándolas muchas veces al éxodo y dejando huérfano el territorio. Que no nos camelen con el parque temático o la segunda residencia, que eso es evangelización urbanita, no medios para fijar población. La estabilidad y el futuro de lo rural estará siempre en la capacidad de su territorio para dar buenos frutos y cosechas, para engendrar y criar animales sanos, y en la habilidad de sus gentes para elaborar con ello productos de calidad. ¡Que se lo pregunten si no a los pastores de renos de Laponia, cuya densidad demográfica multiplica por doce la de nuestra Sierra Norte!

El rural no es, pues, un mundo oscuro y tenebroso sino un lugar potencialmente libre y abierto, repleto de oportunidades para cargarnos de optimismo y vitalidad. “No es tanto una cuestión de dinero”, decía el consejero de Agricultura, sino de hacer las cosas bien con lo que hay”. Está claro que hay que invertir mejor; del mismo modo que no hay que producir más sino apostar por la calidad. No se va a paliar el hambre en el mundo con enormes cosechas de mierdaDe acuerdo con Emilio Barco, escritor y agricultor, autor del libro Donde viven los caracoles, “hay que hacer agricultura para la despensa, no para el mercado; una agricultura inteligente y diversa”. Y si para ello es necesario, “pasar la desbrozadora por la burocracia”.